Torrente de consciencia en un 4 de agosto

A las 5:56 de la mañana me “cayó el veinte” de que Uber hubiera podido llevar a C. Sin embargo, ya le había hecho el favor. Me sentí bien de llevarlo a la estación que le llevaría a San Francisco: C se reuniría con una amiga suya que venía de visita a EUA. He estado muchas veces en esa situación y comprendo la ilusión y entusiasmo de dos amigos que se encuentran en escenarios y contextos nuevos. Una vez que hube dejado a C puntualmente en la estación, yo, atontado y con escasas horas de sueño intermitente, manejé por el “freeway” hasta llegar a mi casa y me preparé un café y un Egg in the hole, desayuno infantil hecho con un pan al que se le ha sacado el centro y en el que se le vierte clara de huevo con sal y se fríe en mantequilla para que todo se mezcle.

Una vez desayunado, no tuve más sueño y me dispuse para salir a la universidad: tendría mi conferencia de orientación con la que comenzaría el curso de pedagogía que durará un año y me permitirá ejercer como maestro en EUA.

El evento transcurrió sin ninguna eventualidad. Aprecié enormemente la ayuda de A, compañero de trabajo y amigo, quien tan pronto supo que yo me encontraba confundido (lo cual no sabe que en mí se trata de un estado perenne), me ayudó a disipar las dudas que tenía. Es verdad lo que dicen sus alumnos: tiene muy mal aliento. Tendré que corresponder su buena voluntad para conmigo y decirle que cuide su aliento (al más puro estilo de la corrección fraterna). Quizá le deba regalar una caja de mentas.

Durante la conferencia conocí a quien será mi supervisor. Me llamó la atención que fue de los pocos (si no es que el único) que no se reunió con sus aprendices de maestro; se limitó a tomarnos nuestros datos de contacto alegando que él se pondría en contacto con nosotros y a comunicarnos con aspavientos que nos marchásemos cuanto antes. Esta actitud contribuyó una vez más al sentimiento de vergüenza que tengo de la gente con la que comparto raíces étnicas y culturales: generalmente conseguimos resultados modestos debido a nuestro descuido, afán de cortar camino y, me parece a mí, una tara genética en la que se mezcla la estupidez con la desgana.

Después que hube pasado a resolver aspectos técnicos de mi inscripción de materias y su pago, me dirigí a la tienda de anteojos. Desde que me hicieron unos anteojos con los cuales no quedé satisfecho ahora desconfío de los oculistas. Para colmo, llevaba aquellos lentes malogrados. Aunque se lo hice saber a la doctora, ella declaró que su equipo había determinado cuál eran mis dioptrías a partir de mis anteojos anteriores: aquellos que yo no bendecía. Así, inseguro de haber decidido lo mejor y después de haber pasado unas dos horas en esa descuidada tienda, me fui a mi casa y comí tres hongos: vivo retrato de mi ser más profundo.

Terminé llevando a mis niños al parque en donde pude escribir esto con un vivo afán de exorcizar cualquier demonio que se haya quedado por allí al cabo del paso de estas horas…

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