Mi Diario Toby

Recuerdo perfectamente que en la primaria me dejaron hacer un diario. Mi profesor me pidió darle un nombre y, después de mucho deliberar, decidí nombrarle «Toby»: mi diario Toby.

Se supone que sería un amigo, un confidente. Alguien a quien yo le revelaría mis secretos, mis pensamientos, mis ideas, mis sentimientos. Al menos «esa era la idea». Pero… terminó siendo un decepcionante cúmulo de relatos insípidos que comenzaban y terminaban con el recuento de actividades diarias, ordinarias, tales como: «Querido Toby: hoy me levanté, desayuné, fui a la escuela, regresé, hice la tarea, cené y me dormí.» La otrora emocionante idea de escribir un diario, no hizo más que recordarme lo monótona e irrelevante que era mi vida.

O tal vez, quizá no entendí el hecho de que lo que debería contarle a mi diario eran los sucesos extraordinarios y únicos de cada día: aquello que, escondido en los pliegues de la monotonía de mi existencia, sería digno de ser contado, compartido y releído: una «epifanía» interpretada, re-nombrada, re-pensada y, al final, narrada.

Nunca prosperó el diario. No sé si fue porque fue mi vida nunca se tornó emocionante, mágica o fantástica, o porque me cansé de buscarle tres pies al gato. O quizá porque la escritura no sería para mí la manera de exorcizar mis demonios (todos tenemos demonios y los exorcizamos de múltiples y variadas maneras; ah, sí: y en distintas cantidades e intensidad).

Sea cualesquiera que fueran mis demonios y sus rutas de fuga, la escritura se volvió literatura: mi avidez intelectual se concentró en conocer a Julio Verne, Lewis Carrol, José Luis Martín Vigil, Michael Ende, Agatha Christie, Robert L. Stevenson, Emilio Salgari, Arthur Conan Doyle… y muchos otros autores cuyos personajes y mundos poblaron mi imaginación hasta que descubrí la mayor fuente de inspiración para la imaginación y la vida fantástica: la religión.

Siempre he reconocido el impacto que la religión ha tenido en el desarrollo de las artes; únicamente hay que darse una vuelta al British Museum o al Tate Museum en Londres o al Louvre en París, para confirmar la fecunda y extensa influencia de temas religiosos en la factura y contenido de la obra artística europea y, por lo tanto, latinoamericana.

La lectura de las vidas de santos, sus milagrosas existencias y sus papeles de hacedores de bien y derrochadores de sabiduría e invencible poder – que descendía de la vida «interior» que sostenían con la divinidad – terminó volteándome como a Gregorio Samsa (Kafka) sin que pudiera hacer nada al respecto: totalmente de cabeza y sin ningún argumento que blandir en contra – tal es la fuerza persuasiva de las historias beatíficas en una mente inocente, abierta y acrítica.

Sin embargo, siempre pensé que esta etapa de creyente fue una etapa superficial, vana. ¿La razón? La acrasia y la ausencia de posibilidad de la crítica. Las ideologías y las religiones son, esencialmente, un pensamiento único, jerárquico. El cual, por principio, no permite el cuestionamiento, la duda, la confrontación o la autocrítica. Esto – juzgué siempre (de modo vergonzante) – no permite la vida plena, el ejercicio libre del juicio, de la razón que duda, que pregunta, que hiere, que rezonga. La claridad (?) de principios y su irrefutabilidad me hacían sentir vacío y superficial, sujeto a otra inteligencia, a otra voluntad; definitivamente no a la mía: falible, errada, lastimeramente ignorante y flagrantemente contingente.

Mi diario Toby nunca llegó a conocer semejantes parvadas de cuentos, historias o relatos. Ese diario sigue vacío. Sigue sin saber encontrar lo mágico, lo extraordinario de la vida ordinaria. Sus letras continúan narrando: «hoy me desperté, desayuné, trabajé, comí, hice mi tarea, cené y me dormí». Y por eso, no escribo.

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