El huevo y la gallina

“El mundo era tan reciente que muchas cosas carecían de nombre y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo”. (‘Cien años de soledad’, Gabriel García Márquez)

A veces Dios crea con los dos ojos abiertos. Une gametos con especial gracia. Entonces lo imagino con una túnica de satén gris perla, piel color rooibos y la cara recortada de mi amiga Blanca flotando sobre la suya mientras sacude un bote de purpurina dentro de una olla exprés y murmura palante. Mi amiga Blanca una vez nos invitó a comer fajitas y como no había ido a comprar ternera ni pimientos ni cebolla, nos enfundó un revuelto de salchichas en tortillas Old El Paso. En otra ocasión –confío en que antes del sacrilegio mexicano– le encargamos una tarta de galletas y chocolate y cuando se le acabó la leche donde empapuchaba las galletas, agarró lo más parecido que encontró en la nevera y se puso a batir. Gastó tres yogures de fresa desnatados. Lo confesó cuando alguien pidió una servilleta de papel mientras sujetaba en la mano otra de tela.

De las secuencias de providencial eclosión creativa, nacen las Julie Houts, las Anna Kendricks, las Joan Didion y las Emma Watson. Aunque la última en ocasiones petardee. Son ejemplares de humano equipados con ingenio, cerebro engranado, atractivo físico, afinidad para algún tipo de arte (Watson la despilfarró toda en siete años) y apariencia de no cretinas. Son lo que deberíamos presentar a los extraterrestres como muestrario de la raza humana cuando nos pregunten por qué deberían dejar que continuásemos reproduciéndonos. Orgullo evolutivo, un te-lo-dije de Darwin. Cuando se puso conmigo, Dios acababa de despertarse de una siesta de tres horas y media.

Hay gente, pues, que, además de ideas, tiene equilibrio estético. Y además de armonía facial, gracejo.

Una foto de Didion me fascina. Digo fascinar, verbo en peligro de cursilización, porque tiene la imagen algo magnético. Cuando me dispongo a cerrarla, me enreda y me saquea los segundos. Me lleva a lo que hay más allá de la fotografía, lo que se quedó en el margen de lo encuadrado. Didion aparece recostada sobre un coche. Lleva sandalias, el pelo suelto y un vestido hasta los tobillos. Mira a cámara. Fuma un cigarrillo.

Me fascinan ellas porque tienen algo que yo querría tener. Frescura, agilidad, respeto del que sabe, elegancia en el humor, uno fino, ligero, no lo ves si no estás atenta. La prosa de Didion ni siquiera me gusta. Sólo no me desagrada. De ella me atrae el mito. Por eso necesito que algo lo quiebre.

Conocer la historia de Didion cuaja mi fascinación. El trozo de mí que aspira a ella suspira. No se alegra, pero le alivia la posibilidad de convertir el dolor en arte y la imposibilidad de la vida perfecta. Le consuela radicalmente su humanidad.

A otros no les fascinan mis mujeres. Les fascinan Paula Echevarría, Blanca Suárez, Kendall Jenner y Gigi Hadid. Siete billones de almas dando bandanzos por el mundo. Será por aspiraciones. También ellos necesitan quebrar el mito. Al menos, rasgarlo. Es un castigo por encarnar lo inalcanzable. Y eso que en realidad no lo hacen. El mito lo crea el otro. A su portador se lo encasquetan, se lo endosan como un cupón de descuentos para pizza por la calle. Periodistas y seguidores se lo ahuecan y colocan. El mito recubre la carne, lo humano. Es un abrigo.

Un titular ridiculizador al trimestre supone un precio razonable por concentrar belleza, suerte y dinero. Los periodistas, aleccionados en que las entrevistas son siempre un duelo, se encargan de concebirlo. Al contrario de la idea extendida entre frustrados estudiantes de Derecho (el mayor volumen de vocaciones periodísticas se encuentra en las aulas de su facultad y no en las de Comunicación), los periodistas son personas que dejan a su perro lamer la tapa del yogur, anclan la vista al frente cuando en un semáforo les piden dinero para un café con leche y cuando el mando se les cae del sofá lo recogen con los pies. Tan miserables como cualquiera. Periodista es, además, un eufemismo para pobre. Son la sociedad y no una especie aparte. Son reflejo y confirmación.

Para arañar el mito con el que han revestido a actrices, modelos, DJs, cantantes e it-girls, los periodistas necesitan solo una pregunta. El filtro de 2017 para acceder al lado correcto de la historia.

¿Te consideras feminista?

Aspira a ordenar, clasificar y tamizar intelectos de quienes no viven de muscularlo, a extirpar el titular y convertir a la víctima en la piñata semanal de internet. Busca consolar el cerebro deshidratado del periodista, que, para su desgracia, debe pensar para cobrar. Coletea el afán por pillar a la famosa que no chilla feminismo ni en Twitter ni en Instagram, y que, además, sospechan, no vota como ellos.

A la pregunta, Blanca Suárez respondió que creía en la igualdad. Alguien de su equipo, tras un par de días de borrachera de Lo + leído, matizó la cita. Claro que Blanca es feminista. Yo la conozco bien. No quería decir eso.

Con lo natural que es que le chirríe la palabra feminismo. Sus embajadoras, quienes con más fuerza suenan, son una invitación para saquear el Mercadona más cercano, instalarse en un búnker, disolver la llave en ácido y tragársela. Quién a sueldo de su propia imagen querría asociarse con las escandalosas –por los berreos que profieren, que enseñar pecho en 2017 es como llevar unas mechas californianas– de FEMEN o con los desbarres de Barbijaputa o con las que se ofenden y duelen porque en el trabajo un hombre las ha tratado con condescendencia y, sin haberle recriminado primero la actitud, en Twitter reescriben indignadísimas El segundo sexo.

Y, por ellas, si me preguntan si soy feminista, respondo qué voy a ser si no. El espectro necesita dilatarse. Feminista es quien hace, no quien tuitea, que la igualdad exista. Quien, por saberse, se comporta como igual al hombre.

El feminismo no es un hashtag ni el latosísimo palabro empoderar. Feminismo es hacer. La realidad precede a la palabra que la encapsula. La palabra es solo un medio para designar una realidad, pero la realidad sucede con o sin ella. Las palabras señalan, no crean. El adjetivo feminista, el sustantivo feminismo, no es necesario para serlo. Las cosas son y luego adquieren su nombre.

Responder con suficiencia a un eh, bueno, no sé, yo creo en la igualdad solo es signo de necedad y de sabihondismo mesetario. La palabra empleada es un asunto coyuntural. Qué vergüenza calinosa abandonar el Camino de Santiago por un chino en el zapato.

Pero causan las palabras un efecto inesquivable: cohesionan. Construyen grupos. Y cuando se busca un propósito mayor que uno mismo, los grupos son casi imperativos. La palabra que designa a un colectivo, a una institución, es en sí un lobby. Le voy a decir a Mamá que has sido tú. La frase desencadena una acción, hacía que dejara el candelabro sobre la mesa e intentara pegar la vela con saliva en cuanto mi hermana desaparecía del salón. Hay palabras fácticas, performativas, palabras que son consecuencias. Las que aglutinan personas pesan y aceleran. Pero el cambio, cualquier cambio, está en el individuo. Por mucho que se conjure la palabra feminismo tras una almohadilla, que se barran las migajas de la desconsideración con carteles de metro y que se escriban libros de título toscamente soez, el cambio está en la acción. Los cambios se provocan, no invocan.

Cuando a Blanca Suárez le preguntaron en la misma entrevista si creía que el feminismo era una moda, contestó que sí, totalmente. ¡Si hasta hay camisetas! Alguien en Twitter respondió, técnica del tuit citado mediante, que Blanca, querida, la moda eres tú y el feminismo lucha por que no te quedes sin trabajo cuando la industria te considere demasiado vieja.

Ya son ganas de darle la razón al informe PISA.

Martillear el teclado cuando alguien prefiere hablar de igualdad en lugar de feminismo despilfarra una energía preciosa que bien podría estar invertida en aprender por qué a las mujeres en Afganistán apenas se les permite practicar deporte. El del post rápido es un feminismo de currículum, occidentalísimo, oriundo de donde los derechos están bien amarrados. Un activismo de sofá caliente y conciencia limpia.

Cuando habló del feminismo como moda, lo más probable –esté librada yo de tener acceso al cerebro de otro ser humano– es que Blanca Suárez se refiriera a la moda del feminismo. La propiedad conmutativa se disuelve mejor entre números. Entre letras a menudo se coagula.

Claro que el feminismo hoy es moda. Es un movimiento ahora acampado en los titulares, como los pantalones de talle alto en las cinturas de las mujeres. Tampoco ellos habían muerto. Hibernaban. Las madres y las profesoras de francés se encargaban de mantenerlos con vida. Ahora son, gracias a los ángeles, a los santos y a los señores de Inditex, todo lo que hay.

El bamboleo de la expresión feminista ha sido parecido. Dice Google Trends, espejo de Oesed global, que las búsquedas del término incrementaron a partir de 2014. No tengo yo noticia de que durante los años previos a la escalada una masa de mujeres hubiera renunciado a su voluntad y fundado una república subterránea de Gilead. Ninguna súbita represión tuvo que despertar las conciencias. Antes de aquel año, los derechos se mantenían y avanzaban. El feminismo continuaba haciéndose. Había un desuso de la palabra, no de la acción.

De soplarle el polvo de encima se encargó Chimamanda Ngozie Adichie. En diciembre de 2012 impartió una TedTalk en la que contó anécdotas sobre su experiencia como mujer en Nigeria. El vídeo comenzó a apiñar visitas y, más tarde, la charla se editó, imprimió y vendió como baguettes recién hechas bajo el nombre de We should all be feminists y una tapa calabaza. Pasaron los meses y Beyoncé incluyó fragmentos del ensayito entre los versos de su single ‘Flawless’. En verano de 2014, durante los MTV Video Music Awards, la cantante actuó sobre un escenario de iluminación tacaña. Unos focos enquistados en el borde de la pantalla y la contraluz de un feminist blanco escrito en tamaño coliseico le recortaban la figura. La imagen encharcó Twitter, Facebook y las portadas de los periódicos digitales.

El interés en Los Asuntos de la Mujer®, por razones sociales y comerciales, se ha extendido. El feminismo se ha hecho pop. Dejar de estar de moda no implica desaparecer. Solo quien de verdad crea que lo que no se ve no ha ocurrido podría sostener lo contrario.

La ciclitud de las cosas no debería ser un lastre. Supone una ocasión de revivir la historia. Permite recrearla, personalizarla, la remasteriza. Encaramarse al péndulo de las tendencias es un ejercicio de reflexión frustrado si el cerebro está relleno de la altivez del yo ya en tus tiempos y la altanería del conocimiento. El regreso de las modas puede –alguno debe– ser bienvenido.

Menos el de las cejas finas. Por el amor de Dios, que nunca vuelvan las cejas finas.

One clap, two clap, three clap, forty?

By clapping more or less, you can signal to us which stories really stand out.