
La merienda
Los arañazos en el cristal la despertaron. Se liberó de las sábanas, se sentó en el borde de la cama y esperó a que sus ojos se ajustaran a la luz que se colaba entre las cortinas. Se incorporó con un suspiro y abrió la puerta de su habitación. Recorrió el pasillo con la mano izquierda acariciando el gotelé y el oído deshilvanando los gemidos procedentes del jardín.
Las tres bestias se abalanzaron sobre ella cuando descorrió la puerta de cristal. La cubrieron de marcas rojas y babas amarillas, y, tras husmearle los pies, se apresuraron hacia la cocina. Movían los rabos de un lado a otro como si intentaran coger impulso para echar a volar. Las observó inspeccionar el suelo de la cocina desde el recibidor y se revolvió el pelo. Intentaba recordar dónde había dejado la fregona por última vez.
Se abrió paso entre los animales e introdujo tres rebanadas de pan de molde en el tostador. Un hocico le rozó el gemelo y una lengua le lamió el meñique del pie. Se puso de puntillas para alcanzar el bote de Nutella y desenroscó la tapa. Chasqueó la lengua y cambió el peso de pierna. Un aullido le rasgó el tímpano y devolvió la vista, anclada en el temporizador de la tostadora. Miró de reojo el reloj del horno. Las seis menos veintisiete minutos. Ni siquiera era tan tarde.
Cuando el aparato hizo click, los quejidos se convirtieron en jadeos. Untó la crema de chocolate en el pan. Lo despedazó y lo dejó caer al suelo. Las bestias se lanzaron a por su presa, que nunca llegó a rozar el mármol. Uno a uno, en el lugar donde habían estado sentados los animales, aparecieron sus tres hijos.
