La siesta de la gomaespuma

Las cuatro de la tarde es la hora del día en que los minutos pasan más despacio. Se arrastran por el reloj, se pegan al segundero como un caramelo de la cabalgata de Reyes a la suela de unos zapatos nuevos. El pulso se ralentiza y tamborilea en los oídos. Roberto Brasero anuncia un sorteo de la Once y una nueva ciclogénesis explosiva, la cafetera gorgotea y la cocina huele de nuevo a mañana recién estrenada. Si las cuatro de la tarde fueran un pecado capital, serían, sin lugar a dudas, la pereza.

O la ira. Porque son las cuatro y tres minutos de la tarde, y una señora al borde de la cuarentena pero con cuerpo de veinteañera acaba de quitarme el hueco que mentalmente había proclamado mío en la sala de clases colectivas del gimnasio. Conversa con otras dos mujeres más jóvenes que ella. Da coletazos con el pelo cuando cambia de interlocutora y mueve los dedos a la altura de la barbilla como si estuviera calentando para tocar las castañuelas.

— O sea, tía, lo que pasa es que llovió y nos quedamos encerrados en el campo, así que hasta ayer al mediodía no pudimos volver a casa. Y un fastidio, la verdá, porque los niños han estado sin ir a clase y Borja tenía una reunión importante y allí estábamos sin cobertura. Y, tía, además, imagínate tú cómo le decía yo a la chica que viene a casa que no le iba a poder abrir nadie. Un rollo, tía, la verdá.

¿Ha dicho “o sea, tía”? Ha dicho “o sea, tía”. El chiste de la parodia de Tamara Falcó me ha usurpado el sitio. La observo durante un momento con los ojos entornados y la cabeza ladeada. Que note mi cólera a través de las lentillas. Se me están secando, ahora que lo pienso. ¿Por qué está el aire acondicionado encendido? Cojo mi colchoneta azul Facebook y me coloco a unos tres metros de Tamara. Tampoco quiero que se me escape una patada: que tiene marido e hijos, tía.

El profesor llega tarde y con la cara hinchada. Nunca le he visto tan pálido. Pienso en la masa de una hogaza de pan antes de pasar por el horno y en ese momento sé que hay un billete al infierno con mi nombre. Es mi primera clase de pilates después de que el curso pasado sustituyera mi club de siempre por un gimnasio a una canción y cuarto de mi casa. Era uno de esos sitios low cost, lleno de universitarios y jubilados, que abren desde la madrugada hasta la medianoche. Un bazar chino del refinamiento físico. Los manillares de las máquinas siempre los encontraba inquietantemente húmedos, los asientos brillaban de una manera sospechosa y no recuerdo un día en que los cristales no sudaran vapor. Estaba segura de que cada vez que inspiraba el aire de aquel lugar el Cielo me descontaba un mes de vida. Así que, como propósito de Curso Nuevo, decidí volver a las caras de limón mordido de mi antiguo profesor. El mismo que ahora grita algo de coger una pelota, una cuerda y una posición inicial. ¿Qué os pasa? ¡Venga! Vamos, vamos, vamos. Os quiero ya. ¿Pero por qué vais tan lentas? ¡Venga!

Todas las sombras de gris se arremolinan en la puerta. Media docena de señoras cuchichean y miran al monitor entre risitas apagadas. La mitad pasaron los treinta años hace unos diez; de la otra, cualquiera podría ser mi madre. Señoras de Sevilla. Tienen la serena elegancia de lo clásico, los tobillos finos y la manicura burdeos. Les rodea ese aire de parisina andaluza, esa neblina dorada de chica Telva. Las jóvenes visten chalecos de cachemir para el invierno, bailarinas nude para la primavera y pantalones de campana para recoger a su tropa de niños rubios del colegio bilingüe. En el gimnasio, todas llevan leggings oscuras y camisetas de hilo delicadas, fluidas, de colores empolvados. La verde de la señora morena es de Zara. Tengo la misma en el cajón de Para Salir. Estiro mi camiseta de Welcome to Cancún y me miro en el espejo. Se me está poniendo cara de Zooey Deschanel en New Girl. El espejo. Tendría que haber luchado por mi sitio. Me ha tocado frente a una columna y el reflejo me devuelve la pierna derecha con dos tallas más y la izquierda con seis centímetros menos. Miro de reojo a la mujer de Borja, a la Falcó folclórica. Comenta algo con la que tiene al lado y se ríe. Se le está poniendo cara de Rachel McAdams en Mean Girls.

Espalda recta, al suelo. Ahora todas, vér-te-bra a vér-te-bra, os despegáis y así hasta que toquéis los dedos de los pies con los dedos de las manos. El roll up. No, no, no. Las manos frente al pecho. Venga. Manos en la colchoneta y dais cuatro pasos atrás, hasta que pongáis los pies en el suelo. Culo al techo. Os quedáis ahí un momento. Brazos flojos. Arriba.

Cuando una mujer está embarazada, sus órganos se mueven y reordenan para dejar espacio al niño. Si alguna vez tengo un hijo, ya voy con parte del proceso biológico completo: el estómago se me acaba de encajar en la laringe. ¿Les gustarán a estas señoras las verduras salteadas? Están a veinte segundos de ver una deconstrucción de brócoli emplatado en un superficie de gomaespuma añil.

El talón me roza la gomilla del pelo y mi cadera está verticalmente elevada sobre mi cabeza. Tres patadas y cambio de pierna. Otras tres. Diez repeticiones con cada una. Con la vista, busco el reloj del fondo de la habitación. Son y veinte. No pueden ser y veinte. Es evidente que el reloj se ha parado porque es que ese reloj está parado. ¿Por qué está el reloj parado? Elohim, Elohim, por qué me has abandonado.

El profesor decreta treinta segundos de descanso y las diez mujeres suspiran un Es la Primera Vez que Me Siento en Todo el Día. Venga, a cuatro patas en el suelo. No, Pilar, no. Estás haciendo la plancha y he dicho el tigre. No recuerdo cómo era esta postura. Espío a mi compañera a través del espejo: brazo derecho estirado, pierna izquierda en el aire. Descubro que mi cara se ha convertido en una mancha de cal con parches rojos. Me observo fascinada ante la celeridad de mi propia decadencia. No a todos les conceden la oportunidad de mirarse en el espejo segundos antes de morir. Copio la posición de la señora de mi derecha y bajo la vista. Tengo la gracilidad de Rebel Wilson haciendo la sirena.

Qué pasa, ¿eh? El veranito, ¿o qué? Mucho tumbing y mucho chiringuito, y ahora pasa lo que pasa. Que no me habéis hecho la tabla que os mandé, ¿eh? Si es que no os conoceré yo ya. Si es que menudas sois.

Las señoras mayores ríen como niñas de trece años junto a la mesa de las bebidas en su primera fiesta con chicos. En ese carcajeo se escapa el manifiesto de un estilo de vida, una declaración de intenciones y el ahorro de una infiltración de ácido hialurónico. A Amelia y a Abigail se les han caído las plumas mientras basculaban las caderas.

El desasosiego es una sensación inherente a todos los gimnasios. Nada más cruzar la puerta, el aire se vuelve denso, pringoso, tibio, gris marengo, infectado de un leve tufillo a plástico y a lycra mojada. No huele bien y mis aductores comienzan a chirriar. Estoy en medio de una genuflexión en la que los codos alcanzan el suelo. Algún tendón de la pierna derecha está a punto de romperse como la cuerda de una guitarra al final de un concierto de rock. ¿Hará ruido? ¿Hará tilín? ¿Los tendones se pueden coser? ¿Cuánto se tarda de aquí al hospital? Cinco minutos si no nos pilla ningún semáforo. ¿Me llevan al público o al privado? Pero si no tengo ni el DNI encima. Me van a dejar en el botiquín de la piscina. No me voy a poder poner tacones hasta el verano de 2018.

Los brazos me hormiguean, me cuelgan de los hombros como dos elásticos vencidos. Me hierve cada músculo del cuerpo y comprendo que esto fue lo que sintió Mr. Krook antes de morir por combustión espontánea. Estoy a punto de ser candela, ser una llamará, pero ni siento el ritmo ni mi cuerpo quiere ma-a-ás. Voy a dejar esto perdido y apestando a grasa frita. Si fuera un cerdo, al menos olería a bacon. Dios mío, por qué no soy el cerdo vietnamita de una rubia oxigenada del sur de California.

Unas palmadas huecas arrancan un aplauso remilgado y viscoso. Fin de la clase. Noto cómo mi mente forma un comentario sobre los aterrizajes de Ryanair, las sesiones grupales del gimnasio y los paseos por el infierno, pero dejo que se hunda en alguna grieta del cerebro. Hecha un nudo, me dejo caer en la colchoneta y opto por quedarme a ver la siguiente clase mientras mi cuerpo se ajusta a su postura natural: la horizontal. Toca body pump. Cierro los ojos. Que alguien me barra hasta los vestuarios.

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