Losers

La estrella de Vine Lele Pons habla del terrible acoso escolar que sufrió en el instituto.

Mis sospechas se confirmaron al leer aquel titular. Había intentado arrinconar el pensamiento durante los últimos cuatro años, pero entonces lo vi claro. Era un hecho casi palpable: estaba destinada a fracasar en la vida. Mi existencia estaba abocada al fracaso. Una entrevista de la revista People había desencadenado mi gran epifanía postescolar. Con las buenas notas que yo había sacado en el colegio, que tenía a la directora encantada porque su alumna de 15 años ya había obtenido el Advanced y pedía discos de Frank Sinatra los seis de enero. Esperaba grandes cosas de mí, Carmen. Me regalaba novelas firmadas por sus autores (más tarde comprendí que sólo me las había dejado prestadas, pero ya se encontraban en la base de la columna de libros de mi habitación y, a menos que pretendiera causar un alud de papel que arrasara con mi vida, la de mi familia y la de los vecinos de abajo, eso ya era inamovible), me organizó entrevistas con universidades fuera de plazo y me invitaba a Nestlé Caja Roja en su despachito. Me trataba muy bien. Que me arruinó la vida, o sea.

A mí en ese colegio no me habían hecho bullying, ni las profesoras me habían lanzado una tiza a la cabeza desde la pizarra, ni había encontrado hormigas en los garbanzos del comedor. Tal vez porque ya llevaba yo la comida de mi madre en un termo y lo único que debía hacer era limpiar el plato con una servilleta antes de servírmela, pero no es ese el asunto que aquí nos concierne. A mí nadie me había tratado mal en aquel lugar, y ahora –sola en una ciudad que aún no era la mía y alimentándome a base de avellanas sin sal, fiambre de pavo y sopa de sobre, porque con la pereza que me provocaba que ese piso oliera a comida se me iba el hambre, – pagaba las consecuencias. La culpa era de mis amigas, que siempre tenían fiestas y fines de semana que llenar con excursiones, y de mis padres, que se dedicaron a apuntarme a todos los deportes que se impartían en Pineda como si por cada nueva actividad ganaran puntos para entrar en el sorteo de un viaje a las Barbados y un Mercedes Clase A. Una vez mi perro intentó comerse una gomilla de la que colgaba una jirafa de plástico rojo. Creí que iba a morir atragantado, pero sobrevivió. Fue un mal rato porque por mi casa pululaba entonces una amiga de mi hermana pequeña que aquel día de diciembre decidió cambiar la película de dibujos por observarme tirada en el suelo mientras berreaba el nombre de mi perro y a ella los mocos le organizaban una carrera de fondo desde la nariz hasta la comisura de los labios. Cuando mi padre (qué navajas suizas son los padres) extrajo la figura de plástico de la garganta del animal, encerré en mi cuarto a mi perro y a las galletas que mi madre había comprado para la merienda de las niñas. O sufríamos todas o no sufría ninguna.

Entiendo que con las estancias en el extranjero se selló el rumbo de mi decadente futuro. De Dublín, por ejemplo, regresé con siete kilos más, y cuando pisé de nuevo las calles de Sevilla, esperé que me increparan nada más poner un pie en los adoquines. Pero se empeñaron en guardar las formas y cuchichear cuando ya me había ido. Examinaba a quienes me cruzaba, adivinando la intención de gritarme gorda, fea, irlandesa, y nunca ocurrió nada. En una ocasión me dijeron pija, pero llevaba el uniforme del colegio, y, como insulto, pija deja bastante que desear. Es perezoso, plano, borroso. Ni es un insulto ni es nada. Por tanto, mi vida discurría tranquila y segura, encaminada hacia la natural mediocridad de la empollona juvenil. Lo más grave que me sucedió antes de los 18 fue que me rompí la barbilla, que una amiga cerró la puerta del maletero con mi mano debajo y que un caballo me tiró al suelo después de haberle regalado una zanahoria. Ahí fue cuando empecé a desconfiar de todo ser vivo cuyo contorno necesitara más de un brazo para ser abarcado.

Como digo, ahora pago el precio de una infancia feliz. Los hombres me salen emocionalmente lisiados, el café me hierve todas las mañanas sobre las placas de inducción, uso la misma percha para dos camisas, y tengo que fregar a mano los platos, porque esta casa es el único rincón de España con una puerta espacio-temporal que conduce de manera directa a 1943, sin lavavajillas, televisor ni calefacción. Así que ya he aceptado mi sino. Lo he asimilado al fin. Al igual que interioricé la cancioncilla del anuncio de Oreo que hace tiempo el universo se encargó de arrebatarme. Y es que todo lo bueno acaba pronto. El tiempo pone a cada uno en su lugar. La paciencia es la madre de la ciencia; quien espera desespera; a todo cerdo le llega su sanmartín; los buenos siempre ganan; extienda los brazos al cielo si quiere aumentar su confianza en sí mismo de manera inmediata y eficaz. He ahí la esencia de la vida: un puñado de refranes populares, dos TedTalks y diez frases sacadas de una guía de iniciación en alguna filosofía oriental.

Me toca lo que me toca. El tiempo, la vida, las ondas gravitacionales y la pluma de algún columnista sin capa se encargarán de dar a cada uno lo que merece, y Taylor, Justin, Demi y todas las estrellas de mi generación se sentarán en el sofá de Ellen DeGeneres para inspirar a las venideras con sus relatos de superación personal. Mientras, aquí esperaré yo –envuelta en mi edredón, viendo en el ordenador las películas que regala el periódico cada domingo – a que Adela Úcar o alguien de El Español llame a mi puerta para ejercer de altavoz de la historia de mi programado declive, de los niños que sufrimos una infancia feliz.

Show your support

Clapping shows how much you appreciated Charo’s story.