Memorando

Me gustan los libros de tapa blanda y tener que releer medio capítulo cuando no recuerdo en qué página lo he dejado. Me gusta cuando los padres de una amiga me tratan como si fuera la hija que regresa a casa los fines de semana. Me gusta quien no alardea. Me gusta la torpeza de las primeras veces. Me gusta quien sabe cuándo preguntar. Me gusta el ruido de la lluvia porque aplaca el de mi cabeza. Me gusta el ritmo cronometrado de los cascos del caballo en el asfalto.

Me gusta quien convierte en regalo un comentario de hace semanas frente al escaparate de una tienda. Me gusta el que perdona y de verdad olvida. Me gusta la impuntualidad comedida. Me gusta sentir hasta en la punta de los dedos la adrenalina del final de un concierto. Me gusta la franqueza y la habilidad casi mágica de inventar apelativos cariñosos sin caer en la cursilería.

Me gusta quien sabe que nada importante es digno de WhatsApp. Me gusta el helado de vainilla, naranja y caramelo.

Me gusta que lea a Proust y a Casciari y que coja un avión para ver a su equipo de fútbol jugar un partido.

Me gusta cómo el aroma del café anula el tiempo y hace de chicle las mañanas. Me gustan las segundas citas. Me gusta el olor de su casa en su ropa. Me gustan Meryl Streep en Manhattan y Diane Keaton en Annie Hall.

Me gustan los abrigos largos, los puños de camisa remangados, los pantalones de tiro alto y las uñas bien pintadas. Me gusta el mechón de pelo salado que se cuela en la boca cuando ya he vuelto a casa de la playa.

Me gusta la tarta de zanahoria y la de merengue y limón. Me gusta quien se comporta con los demás como desea que lo hicieran con él. Jamás se escribirá norma alguna que supere la verdad de aquélla.

Me gustan los cuadernos sin rayas y el jabón de glicerina. Me gusta el principio de la calle Pelayo en primavera. Me gustan las sábanas blancas recién lavadas. Me gusta quien da el primer paso y quien siempre lo cede. Me gusta quien refunfuña dejar salir antes de entrar cuando alguien no lo ha hecho. Me gusta quien siempre enciende el intermitente. Me gustan todas esas es. Me gusta quien lucha contra la mediocridad y quien busca la belleza.

Me gusta la cara de Mick Jagger y la de Harry Styles. Me gusta la falsa seguridad de las voces graves. Me gusta la primera planta del Thyssen y la cola para entrar al Cervantes en jornada de puertas abiertas. Me gustan las palabras hápax, lapislázuli, sicalipsis y amable.

Me gusta la editorial Austral y la atroz combinación de colores en las portadas de Renacimiento. Me gustan los abrazos porque yo no sé darlos. Me gusta el que se sabe adaptar a su interlocutor, el que no mira el reloj, el que aprende rápido y el que va solo al cine. Me gusta Bohemian Rhapsody.

Me gustan los podcasts de Jesse Thorn, las entrevistas de Justin Webb y las conversaciones que gotean la calle. Oye, ¿qué haces el cuatro de noviembre? Me caso con María. Sí, de verdad. Se lo pedí ayer. Me gusta el acento de Valladolid y el de Cheshire, Rizzle Kicks, Years & Years, y Cage the Elephant. Me gustan los crumpets con Nutella.

Me gustan las fotografías de Vivian Maier, los ojos de Virginia Woolf, la prosa de Sofía Casanova, la agudeza de Anna Kendrick y la acidez de Tina Fey.

Me gusta la prensa en papel y las benditas grapas de ABC. Me gusta quien lee en el metro y escribe en la cafetería. Me gustan las patatas fritas de la sección de congelados. Me gusta quien provoca su futuro. Me gusta que no se vea la marca. Me gusta cuando los silencios al teléfono resultan cómodos.

Me gusta la mesura en los signos de exclamación. Me gusta el que no me presta atención. Es la única manera de que yo sí lo haga.

Me gusta James Corden y que esté casado. Me gustan las Converse gastadas y los zapatos de Gloria Castellano. Me gustan Hughes, Gistau, Jabois y Belmonte.

Me gusta escribir con un Edding 1200 negro. Transforma la tinta en realidad.

Me gusta quien no se hace selfies (o quien lo hace y no las cuelga en una red social). Me gusta quien viaja y no cuenta los detalles a menos que le hayan preguntado. Me gusta quien piensa en voz alta. Me gusta el sabor a infancia de la tortilla francesa.

Me gusta el que ha comprendido que el amor es el propósito firme y racional de querer amar.