El arte de programar en radio

O cuando vivir más allá de “las rentas” a veces puede merecer la pena

Hace años que la programación radiofónica en general dejó de ser un arte en el sentido más elevado de la palabra (capacidad o habilidad para hacer algo por encima de otros o de manera diferencial), para ser sólo una técnica, bien aprendida sin duda, pero demasiado repetitiva y previsible. “La radio española programa de manera muy homogénea, sus modelos son casi idénticos”, suele ser una frase repetida, un diagnóstico habitual de nuestra radio. Mismos tramos horarios, programas similares, formatos parecidos, secciones temáticas casi idénticas… Hace años que la programación radiofónica, entendida también como contrato entre los oyentes y una marca, antepuso el Estudio General de Medios a sus oyentes. Lógico, en buena medida. La industria radiofónica necesita poder demostrar y evidenciar su nivel de penetración para vender publicidad, ese elemento fundamental gracias al que sobrevive la industria radiofónica y gracias al cual los oyentes escuchamos la radio de forma gratuita. Lógico, decía, pero corto de miras a largo plazo. Porque, mientras la energía de las empresas periodísticas esté fundamentalmente concentrada en la supervivencia –como reconocía Iñaki Gabilondo esta semana en la Universidad de Navarra-, podrán estar haciendo técnica, estrategia, incluso contraprogramación o reprogramación, pero no están haciendo arte= transformación, apuesta, ruptura, diferenciación real, catarsis y lo que es peor, interacción honesta con sus oyentes, el sentido último del negocio radiofónico.

¿Quién ha preguntado a sus oyentes, así sin intermediarios, a calzón quitado, si prefiere seguir con lo que hay, si le resulta más cómodo y eficaz un programa de 6 horas que uno de 2, si la duración corta, a la que nos están acostumbrando muchas de las nuevas formas de consumo bajo demanda, es la que buscamos también para nuestro consumo lineal? ¿Quién ha preguntado si le resulta más fácil de atender y escuchar a un comunicador, a dos o a un conjunto de cámara, si quería las tertulias a todas horas o no le ha quedado más remedio que acostumbrarse a ellas, como ahora nos hemos acostumbrado a las redes sociales y a su “plaza pública virtual”, aunque al tiempo reneguemos de ellas? Ensayo+prueba+error es casi siempre el proceso que se sigue, no nos equivoquemos (como en tantos otros ámbitos, por otro lado)

Sin terminar la temporada radiofónica actual y a falta de confirmaciones oficiales, llevamos ya días conociendo posibles movimientos, fichajes, y redefiniciones en las ofertas programáticas de varias de las marcas radiofónica.

Con independencia de si llegan a materializarse todas, alguna o ninguna de cara a la próxima temporada, me gustaría romper una lanza por la ruptura frente a la unificación y la programación por imitación, especialmente en el territorio de las mañanas radiofónicas. Unas mañanas que desde la temporada 2009 parece que no acaban de encontrar su horma definitiva –ni de manera individualizada, ni siquiera para el espectro multimarca de la radio generalista-. Ese año, por primera vez, si no me fallan las cuentas, un magacín matinal tuvo 3 presentadores: Ignacio Villa, Ely del Valle y Enrique Campo en COPE. La apuesta, el ensayo+prueba+error, duro un año. Antes ya, Luis del Olmo, en Punto Radio, había ido compartiendo la presentación de Protagonistas, primero, con Julia Otero, después con María Teresa Campos y más tarde con Félix Madero. Será a partir de 2012 cuando se produzca un hecho nuevo, que marca ya una nueva tendencia de programación: la COPE y la SER dividen sus mañanas en dos tramos horarios, de 6.00 a 10.00 y de 10.00 a 12.00. División horaria, dos comunicadores, Ernesto Saénz de Buruaga y Javi Nieves/Pepa Bueno y Gemma Nierga, equipos distintos de producción y colaboradores, pero una marca única, un único programa. En 2015, con la salida de Carlos Herrera a la COPE, Onda Cero aplica la misma estrategia de programación y pone al frente del programa Más de uno a Carlos Alsina y a Juan Ramón Lucas. Una decisión que podría volver a cambiar, si finalmente se confirma que Carlos Alsina se haría cargo de todo el programa a partir de septiembre. El arranque de esta temporada 2017–18 empezaba en la SER con un cambio en la pareja del programa estrella de la cadena y líder de audiencia de la radio española, Hoy por Hoy: a Gemma Nierga la sustituía Toni Garrido. Distintas voces pero un mismo programa, una misma marca radiofónica, que el EGM valida cada oleada. Y en estas estamos. Ante una nueva temporada en la que igual leemos –no sabemos si con fundamento o sin él- que se unifican otra vez las mañanas, que sólo se cambian las voces o que el programa puede durar una hora más… Parece que esas son las únicas cartas de la baraja.

¿Qué hubiera pasado si en los 60 y 70 la industria radiofónica española no se hubiera arriesgado y, con más arte que técnica, no hubiera contrarrestado la transferencia de audiencia y publicidad a la televisión, si no hubiera entendido que el cambio en el perfil de su audiencia dominante, la audiencia femenina, la impulsaba inexorablemente a la modernización? ¿Qué hubiera sido de la radio española si no se hubieran producido los cambios estratégicos en la programación radiofónica que hoy todos conocemos, incluso seguimos escuchando en muchos casos, y que los estudiosos de la historia de la radio han ido fechando correspondientemente; si tras la llegada de la democracia la radio no se hubiera echado a la calle y le hubiera tomado el pulso a la nueva realidad española, incluso desde el ejercicio de un periodismo radiofónico casi en pañales? Somos herederos de los Carruseles, claro, pero también de Matinal SER, de los España a las 8 (y a las 7 y a las 6), de la programación de los boletines horarios de Manuel Aznar en RNE, de Hora 25, buque insignia todavía hoy, de las ruedas de corresponsales, de la información descentralizada… Somos herederos de la capacidad y visión de Luis del Olmo, un creador radiofónico a la altura de su notable estatura, un autor de mutaciones en la radio, en palabras de Gabilondo; o el inventor de la radio de magacín que se sigue haciendo hoy –esa radio a semejanza de una gran revista radiofónica-, cómo describía Julia Otero en un programa de televisión dedicado a la figura de Luis del Olmo. Una radio, de la que seguimos siendo “deudores”, decía Julia.

En un contexto de convergencia entre la radio e internet, en un momento de cambio y consolidación de hábitos de consumo, pero también con la mala salud de hierro de la radio española de fondo, la industria radiofónica tiene ante sí más opciones y cartas de las que apuntábamos arriba. La primera, programar para sacarle rendimiento a la desprogramación y fragmentación posterior que se realiza del producto radiofónico original, cada vez más, fuera de la antena para otras plataformas y soportes (redifusión de pedacitos de programación). La segunda, buscar información y respuestas entre sus oyentes más allá del EGM, de consultoras o de conversaciones sociales puntuales. Apostar y definir autopistas para una radio colaborativa, que no resta ni una pizca de liderazgo a empresas ni comunicadores sino todo lo contrario: puede reforzar, completar, hacer pensar y hacer partícipe (redefinición de los procesos de producción y participación) … Piénsenlo. La tercera, mucho más concreta, ¿qué tal si en lugar de volver a unificar o cambiar nombres y voces, pensamos en romper? ¿Y si volvemos, por ejemplo, a recuperar los originales matinales, esos programas informativos de primera hora para ponernos al día? Empezar a dividir, de verdad, en dos programas primero, poco a poco, la mañana. Un programa de 6.00 a 8.00 y otro de 8.00 a 12.30. Dos marcas diferentes con su título, su presentador o presentadores, su sintonía, su horario, su carisma… (tengo razones, pero las dejo para un próximo artículo). Eso sí, no lo hagan todos a la vez, que nos quedamos en las mismas. Sólo es una idea.

La radio está más viva que nunca, tanto dentro como fuera de la industria, por eso merece la pena repensarla con mirada larga y con cuanto más ARTE, mejor.

Like what you read? Give Chelo Sánchez Serrano a round of applause.

From a quick cheer to a standing ovation, clap to show how much you enjoyed this story.