El Gordo Bruto

Odio estos textos intensos. Pero bueno, a veces toca.

Yo trabajo en un popular sitio web venezolano de noticias satíricas desde hace casi 6 años. Cuando comencé, era la época de Chávez. Era el Chávez que se pasaba el día dando excusas para explicar sus fracasos. Se la pasaba inventando formas de comprar votos y de hacer dependiente a la gente del chavismo. Mi rol en ese momento como escritor de comedia política era señalar las contradicciones del Gobierno. Era una época cuando era cómico señalar que el Gobierno hablaba de socialismo mientras el gabinete estaba conformado por ladrones. También era cómico decir que Chávez era tremenda persona en un universo paralelo donde no era presidente sino conserje. Eso era cómico y cuando uno se aburría de un tema, aparecía rápido otro a la semana siguiente.

Unos años después, Chávez se muere y fue un momento muy loco porque no sabíamos qué hacer como línea editorial. Yo por mi parte, no podía negar que estaba feliz por la noticia porque claro que estaba feliz. Siempre recuerdo el papá cubano de una amiga que decía que guardaba una botella de champaña para cuando muriera Fidel. Siempre me había parecido un poco exagerado eso. Pero en cuanto a chistes, resolvimos y siempre respetando a los seguidores que todavía tenía Chávez en ese momento.

Luego vamos a elecciones y llega el gordo bruto a la presidencia. Mi trabajo iba más o menos en ese enfoque: el gordo bruto que ganó sospechosamente por pocos votos y que hablaba con pájaros. Por unos meses hubo miles de chistes. Finalmente teníamos otro presidente. Era raro, pero había material infinito. Por esos meses empezaron a crecer otros personajes nefastos a su lado y todos querían ser más chavistas que un hijo de Chávez con “la caperucita roja”.

En 2014 llegaron las protestas y sin darme cuenta, empezaron a aparecer temas que no podía tocar. No por censura editorial, sino porque honestamente, no tengo tanto compromiso como para ir a la cárcel por un chiste. Pasaron los años y el gordo bruto y sus amigos convirtieron su gobierno en una dictadura. El poco apoyo que tuvo lo perdió rápido y no le quedó otra que volverse un bully y demostrarle a todos quién es el que manda más en el país de “a mí nadie me jode”.

Ahí llegó el problema en mi trabajo porque el gordo bruto ya no era un presidente sino un dictador. Y esto no es una exageración dramática de una tía abuela de El Cafetal. Sino que sus acciones y amenazas demuestran que es un dictador. Es una mafia que gobierna desde la maldad. A ellos no les importa si te mueres por delincuencia, por falta de medicamentos o por falta de comida. No les importa. Solo quieren mantenerse en el poder y robar hasta el último dólar.

Por eso ya no me parecen cómicos los chistes de Maduro, porque ya no se señala ninguna contradicción. La contradicción es tan evidente que ya forma parte de su discurso para que ni siquiera tú unas los puntos. La guerra es paz. El socialismo es vida. ¿De qué sirve sugerir con un chiste que ellos son violadores de derechos humanos cuando ya has visto docenas de videos de ellos violando derechos humanos?

Un amigo tiene una anécdota que me hizo ver que no estaba solo. Él cuenta que vio un grupo de obreros en el Metro hablando sobre la falta de comida y los mangos. El hombre alfa del grupo hacía todo en tono de chiste y el grupo se reía. De repente, el alfa nombra al gordo bruto. Esta vez no hay risa sino todos se quedan en silencio. El alfa se da cuenta que dañó el chiste por haberlo nombrado y aprovecha para insultarlo. Ya el gordo bruto ni siquiera da risa.

Esto no es una renuncia al humor político porque eso sería flojera mía. Es parte de mi trabajo siempre conseguir algún punto de vista que tenga chiste y lo seguiré haciendo. Dejar de hacerlo sería dejar ganar al gordo bruto y eso es peor. Eso sí, este año la idea de la botella ya no me pareció tan exagerada y compré una. No es champaña porque es demasiado cara, sino ron. Pero la tengo guardada, porque esta vez, no quiero que me agarren desprevenido cuando caigan.

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