Hablemos de putas

Trola, puta, gato, chupa pija. Y claro, nos ofendemos, nos sonrojamos, respondemos con adjetivos descalificativos, intentamos, todo lo que la verborragia nos permite, no solo negar, sino demostrar que de putas no tenemos nada: ¿puta, yo? ¡Más puta será tu madre, hija de puta; la puta que te parió!

Pero lo cierto es que todas somos un poco putas (algunas más, otras menos). Todas siempre esperamos algo a cambio de sexo. Nos dejamos coger a cambio de placer, quizás de amor, para tener un hijo, o porque no hay nada mejor que hacer ¿Entonces quién es más puta que quién? Claro, sí, por supuesto, la que coge por plata, esa sí que es puta y no yo, que a veces le ofrezco sexo a mi pareja para que se le vaya el enojo. Un polvo por una disculpa.

Puta es esa que se casó con un viejo millonario por plata, puta es aquella que se hizo hacer cinco pibes con la estrella del equipo de fútbol y ahora se pasea por las calles de Roma al volante de una Ferrari y puta es también esa otra, que va de programa en programa mostrándole el culo a la cámara. Putas son todas, todas menos yo (mi madre y yo).

Y así vamos etiquetando, haciendo pegatinas en la frente de mujeres porque eso nos deja más tranquilas, porque así marcamos la diferencia, señalamos con profundidad y elocuencia la brecha que separa a una puta de una mujer digna (como mi madre, como yo).

Nosotras, tan liberales, tan de avanzada, tan dueñas del mundo, tan triunfadoras, luchadoras, le entregamos en bandeja al machismo los laureles de la igualdad que supimos conseguir. Y resulta que terminamos siendo más machistas que ellos. Nosotras mismas nos catalogamos, nos marginamos, nos pasamos las horas dejando bien en claro que “yo no soy lo que ella es, ni ella es lo que yo soy”.

Puta somos todas y ninguna. Puta es la piba que raptaron y todavía está perdida, secuestrada, obligada a tener sexo con mil tipos y que, recostada sobre un colchón mugriento, ve como la corrupción y la desidia se apoderan de su cuerpo, de su vida. Puta es la mina que todas las noches para en la esquina de mi casa en minifalda y portaliga, que tiene tres hijos en la casa y un marido que, si no lleva plata, la golpea. Puta es la mina que tuvo que entrar ilegal a un país en busca de oportunidades y se encontró con que tenía que sobrevivir. Puta es la pibita de quince que tiene que salir a la vida para bancarles la olla a sus seis hermanos, a su madre (que ya no puede ser puta) y a su padre que, aunque se muere de vergüenza, en los pueblos tan pobres, tan lejanos, tan olvidados por los gobiernos avaros, solo hay lugar para las putas.

Y al fin y al cabo, putas somos todas (también mi madre y yo). La única diferencia es que algunas, (como mi madre y yo, o la rubia culona que sale en la tele) podemos elegir con quien irnos a la cama y establecer los puntos del acuerdo; pero también hay otras: las putas olvidadas por putas.

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