Chocolatella

No fueron suficientes todas las señales, pero el marcapáginas fue la clave. Ella era de las que doblaban la esquina superior de la página. Decía que con el marcapáginas siempre se olvidaba si se había quedado en la página par o impar. Además, siempre lo perdía.

También era de las que hacía silbatos con los huesos de los albaricoques, de las que cogían dos algodones y dejaba que alguna semilla floreciese. Aunque creo que no esperaba lo suficiente. Era muy impaciente. Y cuando sabía que algo lo iba a conseguir en ese mismo instante más aún, como mis besos.

Me hacía mucha gracia cuando cruzaba las piernas. Eso significaba que se hacía pis. A los cinco minutos estaba sentado en la barra de cualquier bar, con una caña en la mano, esperando a que saliese del baño.

A parte de impaciente, era un desastre. La entropía en persona. Eso sí, no te atrevas a cuestionar dónde tiene algo, que lo sabe a la perfección. Digamos que vive en su propio orden. Me encantaba cómo buscaba las cosas. Se veían cosas volando que pasaban de la silla a la cama o de la mesa al sofá.

Ella era de las que por las noches se levantaba de la cama sigilosamente sin que me diese cuenta. Iba hacia la nevera y cogía un cachito de chocolate. Pero, ella y el chocolate desprendían tal aroma que era imposible no disfrutarlo.

Estaba todo el día con música. Silbaba, cantaba, escuchaba, inventaba… Cualquier cosa con tal que tuviese relación con la música. Una vez, incluso, la paró un señor en la calle para decirla que le encantaba su manera de silbar.

Ella era locura. Felicidad. Leía los libros del revés y cantaba cuando estaba muy ocupada. Ella estaba en mí.
Pero un día, como ella me había advertido, olvidé si el marcapáginas marcaba la página 58 o la 59. Me perdí y nunca me volví a encontrar. No hubo más pipos, ni piernas cruzadas. La ropa volando dejó de tener alas y el aroma de chocolatella no volvió. Mi marcapáginas se perdió, como ella me advertió. Y con él, me perdí yo.