Para mi abuela, en su día
De niña siempre fui muy curiosa, algo terca, y en ocasiones orgullosa. Entre berrinches y opiniones a veces fuera de lugar, siempre fue mi abuela quien me recordaba que lo más importante en la vida es vivir y ser feliz. Abuela, “ ¿quién es Dios? ¿Por qué dicen que Dios no tiene principio ni final? Si no lo puedes sentir, entonces por qué creemos en él?” Estas eran las preguntas con las que lidiaba mi abuela, y es que, a pesar de mi corta edad, yo había crecido rodeada de adultos y supongo que este era el resultado de una mente de niña que así como una esponja lograba absorber todo a su alrededor. Mi abuela me respondía todas mis dudas y preocupaciones, a veces con dichos y refranes que en ese entonces yo no entendía pero siempre con su paciencia y sonrisa que me hacía sentir especial.

Todos los domingos, mi familia y yo ibamos a misa y al terminar pasábamos la tarde en la casa de mis abuelos luego de almorzar. Recuerdo que mi hermano y yo tomábamos las sábanas limpias y los cojines para el sofá para crear escondites. Pero nunca era suficiente ya que en nuestros planes siempre habían más travesuras por hacer. Despúes de brincar de sofá a sofá, nos ibamos al cuarto de atrás (“el cuartito”, como a veces le llamábamos). Era ahí donde comenzaba cualquier tipo de travesura. Mi abuela, quien del reciclaje había hecho un arte, tenía todo tipo de municiones para nuestras aventuras de niños; papeles, hilos, tijeras, ropa vieja, y lo mejor de todo: una máquina de coser. Esta era una máquina de coser antigua, marca Singer, con un pedal de hierro original. A pesar de todos los recordatorios y regaños, mi hermano y yo nos empeñabamos en pedalear esa máquina hasta que el hilo se trababa. Para aquellos familiarizados con el arte de la costura, esta era la manera de darle más trabajo a mi abuela quien tras nuestras travesuras tenía que volver a hacerle ajustes a su máquina. Pero mi abuela nunca se molestaba, o por lo menos nunca lo mostraba. Y en ese cuartito, mi hermano y yo fuimos pedaleando recuerdos con los años.
Fue mi abuela quien a muy corta edad me mostró el amor por la lectura. Primero comenzamos con el periódico de la iglesia, cuando yo veía a mi abuela leer la lectura del vaticano o llenar los crucigramas. Siempre, siempre ganábamos con el crucigrama. Luego, vino la escuela, y con eso el mal hábito de dejar la tarea para última hora. “Mami, papi, tengo que terminar de leer este libro para mañana.” Mi madre enfatizaba mi falta de responsabilidad mientras que mi padre me consentía al comprarme los libros, siempre a última hora sin hacer preguntas. Pero era mi abuela quien siempre se sentaba conmigo a leer hasta que veíamos la frase “FIN.” Fue también mi abuela la que estuvo toda una tarde leyendo el libro de “Marcelino Pan y Vino” sólo para verme llorar por el milagro de Marcelino (lean el libro para corroborar).
En fin, mi abuela siempre ha sido esa voz tierna diciéndome “si puedes,” y el cariño que formó mi niñez. Y a través del tiempo, aprendí que detrás de esos lentes había una mujer fuerte y luchadora quien a corta edad tuvo que madurar para enfrentar los retos de la vida. Erase la historia común de una familia trabajadora: mi abuela, siéndo la mayor de sus hermanos tuvo que salir a trabajar a los quince años. Comenzó como maestra empírica ya que era muy joven para tener su título, y eventualmente se convirtió en enfermera, visitando las aldeas y puntos más pobres del país para proveer atención médica. En uno de estos puntos conoció a mi abuelo con quien después logró formar su propia familia. Aunque esta historia sigue siendo un enigma ya que si se les pregunta a mis abuelos cómo se conocieron, su respuesta siempre será: “así mama, como se conoce la gente…platicando…”
Con el tiempo , y a pesar de los logros, también vinieron los sufrimientos de la vida con la pérdida de dos de sus hermanos a manos de la represión . La primer pérdida ocurrió mucho antes que yo naciera, pero a pesar de eso crecí conociendo y honrando el nombre “Manfredo.” Manfredo en mi familia se convirtió en un símbolo de lucha y justicia. “Usted siempre, siempre luche por los pobres,” me decía mi abuela. Y es que, como el poeta de los pobres de Honduras siempre decía “ los pobres son muchos por eso es imposible olvidarlos.” Luego vino la pérdida de su hermana, Ilse. Ilse era no sólo una hermana, sino una compañera de lucha y de aventuras. (El fallecimiento de mi tía fue el resultado directo de la violencia llevada a cabo por la represión del estado. Tras el golpe de estado en Honduras, y la suspensión de salarios para miles de maestros en el país, la clase trabajadora y varios movimientos sociales habían tomado las calles, marchando y exigiendo sus derechos. Fue en una de estas marchas, que el gobierno reprimió al pueblo, gaseando a hombres y mujeres, y conllevando a la muerte de mi tía un 18 de marzo.) De esta manera, el nombre de Ilse Ivania quedó marcado en la historia de Honduras. Pero más allá de sus convicciones, era mi tía también una mujer luchadora, quien durante mi infancia lavó y tendió mis pañales ( a pesar de ser desechables), Olimpista y liberal de corazón, la que planchaba hasta las sábanas de cama, y quien encendía un cuarto con sus carcajadas. Mi tía “la bailarina,” quien asistía a todas las fiestas patronales de su pueblo natal a pesar de las miradas de mi abuela, para quien ese pueblo sólo traía recuerdos de piedras y un calor insoportable.
Las historias son muchas y me faltan palabras para contarlas, pero hoy en el cumpleaños de mi abuela, me puse a escribir para recordar a mi gran fortuna. Qué dicha tengo yo de tener a una abuela, y más de tener a una abuela que me quiere tanto pero no más de lo que yo la quiero a ella. Una abuela, que sin importar el tiempo ni la distancia, sigue siendo mi aliento para luchar y salir adelante. Hoy, en tu día abuela, quiero dejar marcado en el tiempo y el espacio, que te quiero mucho y que mi mayor bendición siempre ha sido ser tu nieta.
Tu nieta que te quiere mucho,
C
