Enero, 2016 — Uno
En un rincón, con ecos de placeres y ruidos arrebatados,
Un niño que apenas se sentía de diecinueve.
ella ya no vestía de los trapos con colores, y las pocas perlas de segunda mano
le guindaban con lástima por el cuello.
El no sabía como continuar — era un desliz que ya no tenía pausa -
pero sin mucha prisa, ninguna,
solo el silencio que se llenó de gemidos suaves.
Mientras tanto, a un cuarto para las tres,
el silencio le cubre los hombros a la señora de la panadería.
Qué vulgar, qué simple, qué iluminada
que está la realidad.
Las palabras tenían un peso que ya no era sostenible.
El silencio se rompe, como un quiebre, como un trueno,
el eco entre las paredes de ladrillo y el espacio negativo, el aire que asfixia
y los ojos que se miran.