¿Qué hago si un día me despierto encerrado en un ataúd?

Siempre me he preguntado cosas relacionadas a la muerte y, especialmente, a las condiciones de muerte. Acaso alimentado por las películas de terror, la idea de ser enterrado vivo me produjo una angustia recurrente cuando algo me traía a colación la idea de morgues, funerarias o cementerios. Ocurrió que un día toqué el tema con mi madre en una conversa sobre las historias de duendes y aparecidos que son frecuentes en Negritos, el pueblo del que somos originarios. “Nunca te conté lo que le pasó a la hermana de mi abuelo”, me dijo de pronto, como si hablara de una receta de cocina. “Un día amaneció dura, rígida, como muerta. No tenía signos de vida y apenas exhalaba”. Solo por eso no la enterraron durante la semana entera que duró su trance.
Entonces despertó y pidió agua, porque estaba cansada de haber hecho un largo viaje. Cuatro días después murió de verdad. La idea de que un ataque así pudiera ser hereditario me crispó. Con el tiempo me ha llegado a sorprender las dimensiones de ese temor que todos tenemos: despertar encerrado en un ataúd. Mi madre, por ejemplo, siempre me ha pedido que llegado el momento no la entierren, prefiere ser cremada.
No es un asunto casual. Hubo épocas en que el pánico asoló países enteros, debido a las dudas acerca del signo definitivo para determinar la muerte de una persona. De hecho el último escenario del debate llegó hasta los años ochenta del siglo XX, en que se extendió el criterio de que el signo infalible era el de la muerte cerebral. Pero no en todo sitio existen los medios para realizar ese examen y cualquier otro síntoma guarda un margen de error que ha dado pie a historias espeluznantes. “Los textos especializados acerca de los principios para declarar la muerte de una persona recomiendan cuidado en los casos de trauma en la cabeza y epilepsia, tanto como en ahogamiento, golpes de rayos y electrocución”, explica el médico Jan Bondeson en el libro Buried Alive: the terrifying history of our most primal fear (2001) (Enterrado vivo: la aterradora historia de nuestro miedo más primario).

“Los casos de hipotermia también requieren de un cuidado especial: una persona encontrada ‘muerta por congelamiento’ no debe ser declarada fallecida así hasta que él o ella esté temperada”. Esta es una advertencia para los suicidas potenciales: ocurre que la mayor posibilidad de despertar en una situación tan horrible se da en personas sometidas a hipotermia en combinación con envenenamiento por drogas. Un caso paradigmático ocurrió en 1919, cuando la enfermera alemana Mirna Braun compró morfina y veronal en una farmacia, se estacionó luego en el camino y trató de suicidarse. Fue encontrada al día siguiente, carente de signos de vida: sin latidos ni reflejos, rígida, fría. Un detective desconfiado revisó el ataúd catorce horas después y vio que movía la cabeza. Tras un lavado gástrico de urgencia, Mirna Braun se recuperó y un día se retiró de alta caminando. Los médicos registraron el episodio como un caso inexplicable, porque estuvo diecisiete horas sin circulación ni respiración.
“A una temperatura corporal de 20 grados Celcius la necesidad de oxígeno se reduce al 15% de lo normal y esto puede reducirse mucho más mediante una intoxicación con barbitúricos y otras drogas de efecto depresor en el sistema nervioso central”, explica Bondeson. Si esto ocurre, el cuerpo podría funcionar con diez o menos latidos por minuto y apenas un par de respiraciones. Incluso el efecto de las drogas puede aplacar las señales eléctricas del cerebro, de modo que un electroencefalograma arroje un resultado equivocado. Son pocos los casos en que alguien se expone a esta situación, como explica el autor de este libro que he devorado con angustia a raíz de la pregunta inicial. “La mayoría de sobrevivientes tienen la suerte de encontrarse con un experimentado médico de emergencias y de ser llevados a cuidados intensivos. Otros son examinados por un joven e inexperto doctor en la abarrotada sala de emergencias de un pequeño hospital. Este médico probablemente esté más preocupado de mantener vivos a los pacientes conscientes que en examinar el exánime cadáver de lo que parece ser un suicida más”. Lo peor para un suicida debe ser esa segunda muerte inesperada.
Hace unos trescientos años, en Alemania, el miedo hizo que se extendiera la práctica de fabricar ataúdes con dispositivos para ser abiertos desde adentro o para mandar señales de auxilio. Algunos llevaban una pita que era amarrada a un dedo del cadáver, de modo que si despertaba podía tirar de ella y hacer sonar una campana cerca de la casa del sepulturero. Otros tenían tubos que salían a la superficie y permitían una dotación de oxígeno. Pueden parecer folclorismos, pero la verdad es que la idea ha estado vigente hasta hace muy poco. En los años treinta, el francés Angelo Hays tuvo un accidente y fue dado por muerto. Se salvó gracias a la curiosidad de un agente de seguros que lo hizo exhumar dos días después. El forense que lo examinaba encontró que seguía vivo. Hays se recuperó y con el tiempo se convirtió en una celebridad: creo un ataúd con la altura suficiente para estar sentado en el interior. Tenía un aparador con raciones de comida y un sistema de tubos maniobrables desde dentro que abastecía de oxígeno desde un ventilador. También incluyó un baño químico, una alarma eléctrica, un refrigerador, un radio de onda corta para pedir ayuda. En los años sesenta, el millonario estadounidense John Dackeney se hizo construir una bóveda con puertas de acero que se abrirían cada noche por tres horas durante dos semanas después de su sepelio. Cuando murió, en 1969, mucha gente iba a la capilla de Arizona donde estaba su cuerpo para ver si salía. No pasó nada. El caso más reciente fue el del relojero italiano Fabrizio Caselli, quien fabricó un ataúd con alarmas, teléfono, una linterna y un estimulador cardiaco. Lo vendía a 2.300 libras y ofrecía, de tener éxito, que instalaría tres centros médicos en Italia “destinados exclusivamente a responder llamadas de emergencia por entierros prematuros”, indica Bondeson.
No será la última vez que se invente algo así. En lo personal, recomiendo acogerse a un buen seguro médico y mantener buenas relaciones con los familiares, para que se aseguren cuando uno entregue los chimpunes.
