Los Santos del bosque de los mil colores

“A mí me gusta mucho sembrar… Si a mí me dicen que hay que reforestar yo digo: ¡Bueno listo! Porque eso es lo que necesitamos en nuestras cuencas y en nuestros nacederos de agua para no dejar que se nos sequen y que las aves y los animalitos no se vayan”.

Cruzando el río Magdalena, a treinta minutos en moto desde el municipio de Natagaima, Tolima, viven Santos Briñez y su familia en medio del calor del trópico y la sombra de un pequeño bosque que él mismo sembró.

Hace dieciséis años, Santos llegó a la vereda de Yaví con la ilusión de quedarse. Uno de sus vecinos, que tenía solo 18 hectáreas, accedió a venderle un cuarto de hectárea, por un año de su trabajo como jornalero.

Cuenta Santos que el día que recibió el lote, el lugar era un peladero. Solo había maleza y nada de sombra. Entonces lo primero que hizo fue sembrar tres “palos”, como le llama a sus árboles frutales, una palma, un palo de mango uno de limón.

Según cuenta Santos, “La esposa se ocupa de las gallinas, la cocina y lavar y yo me ocupo donde me busquen a trabajar un día, dos o tres días a la semana como jornalero y me pagan a 30.000 pesos el día”.

Aunque no es mucho dinero, dice que gracias a este pequeño bosque a él y su familia nunca les ha faltado nada, incluso cuando el último fenómeno del niño le cambió la vida a sus vecinos, en su mayoría ganaderos, a quienes se les secaron los potreros y tuvieron que vender sus vacas por falta de alimento.

Santos y su familia participan en el Proyecto “Uso sostenible y conservación del bosque seco”, implementado por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) y financiado por el Fondo para el Medio Ambiente, que tiene como objetivo promover el uso sostenible y conservación de la biodiversidad en el bosque de los mil colores en seis áreas de la Región Caribe y en el Valle Interandino del río Magdalena.

El proyecto busca reducir la tendencia actual de deforestación y desertificación de bosques secos y asegurar que sigan prestando los servicios ecosistémicos. Gracias a la implementación de herramientas de manejo del paisajes se ha contribuido a la conservación y uso sostenible de más de 27.936 hectáreas, entre las que se encuentran los adorados bosques de Santos.

Sin embargo, a pesar de su pequeño bosque, con la prolongación de la sequía en algunas regiones del país, el acueducto que abastece la vereda de Yaví se quedó sin agua por todo el mes de agosto del 2016, y para que no se le murieran sus palos, Santos y su hijo Santos Duván tuvieron que cavar un hueco en la boca de la quebrada Damas, e ir todos los días en burro para llenar dos tumbos de agua y evitar la muerte del bosque.

El bosque seco tropical que cuida la familia de Santos, es uno de los ecosistemas más biodiversos de Colombia. Según el Instituto Humboldt, socio del proyecto, los bosques secos tienen casi 2600 especies de plantas de las cuales 83 solo crecen en este bosque, 230 especies de aves y 60 especies de mamíferos lo usan como hogar.

Pero en todo el país, este bosque de los mil colores se encuentra gravemente deteriorado, factor que empeora las consecuencias de la sequía. Originalmente este ecosistema cubría 9 millones de hectáreas de las cuales hoy solo queda un 8%, y el 65% de esas tierras se encuentra en estado de desertificación.

Gracias al buen ejemplo de Santos, Santos junior, con tan solo dieciséis años, está seguro de que quiere estudiar ingeniería ambiental cuando terminé el bachillerato. Según él siempre ha sido un niño despierto o “cansón en el buen sentido de la palabra”, cualidad que lo ha llevado a participar en al menos veinte talleres ambientales, entre ellos varios sobre el Bosque seco tropical, en el marco del Proyecto.

Según cuenta, “Con este proyecto aprendí que queda muy poco de este ecosistema y que debemos cuidarlo no solo para ayudar el medio ambiente sino para ayudarnos a nosotros mismos como lo ha hecho mi papá”.

En estos tiempo de verano, no solo Santos hijo reconoce la importancia de no talar el bosque, también lo hace la comunidad entera de las veredas de Pocharco y Yaví, quienes al pasar por la casa de los Santos del Bosque seco, se detienen a admirarlo y a disfrutar de la sombra de sus adorados palos.

“Yo le regalo a mis vecinos cuando pasan un manguito una mandarina y les digo que se puede convivir con el bosque, tanto nosotros como las vacas porque ellas también necesitan la sombra y las frutas, más ahora en estos tiempos de verano”.