La escritura no es entretenimiento
Decidí que quiero entregar un regalo. Desde hace algunos meses he pensado que lo único que puedo regalar con total honestidad es aquello que puedo convertir en palabras. A veces mis regalos llegan en forma de cursos y talleres. Otras veces llegaban a manera de guiones que se transformaban en episodios de Histeria de la Literatura. En general, cada vez que transmito un poco de lo que he descubierto y luego transformar en palabras, es la manera más humilde en que pretendo regalar algo a alguien. Estas palabras son gratuitas para quienes la leen, pero me han costado años de dolor, sacrificios, trabajo y, sobre todo, constantes procesos de sanación a diferentes niveles, y que sé aún no están completos, porque es un camino eterno y autotransformativo. Aún así, este es mi regalo de este día, de mi único presente, para quien llegue aquí.
Replicar el odio que hay alrededor, creo, es algo fácil y automático. Toda actitud negativa tiene una facilidad en su naturaleza misma para expandirse e instaurarse donde sea. Pero considero que todos, al escribir, nos vemos en la necesidad de escucharnos a nosotros mismos antes que a cualquier otra voz. Por eso muchas personas se alejan de la escritura, o ponemos toda clase de obstáculos para no hacerlo: vernos a nosotros mismos y encarar nuestra voz no es sencillo.
Cuando escribo, intento hacer una conjugación entre emoción y razón. Existen muchas cosas que descubro mientras escribo. También sé que es un lujo: sentarse, anular todo lo que está sucediendo en tu vida y concentrarte en escribir. Pero esta clase de lujos es necesaria. Tal vez no pague la renta, tal vez no me beneficie en mi imagen hacia nadie, y probablemente sea más práctico hacer cualquier otra cosa. Pero vale la pena luchar y defender estos lujos en nuestra vida. Considero que escribir es algo totalmente personal, y exigir al mundo un beneficio hacia ello puede ser tanto testarudo como infantil. El mundo no tiene que proveerte de remuneraciones económicas para que tú puedas escribir y te olvides de todas tus responsabilidades.
Escribir como placer es algo totalmente independiente a los mecanismos externos vinculados a tus procesos creativos y necesidades artísticas. Pero si un día despiertas y decides escribir y convertir ese proceso en algo que sólo te compete a ti y que no tiene por qué ser del interés de absolutamente nadie más, en ese momento te apropias de ello y lo conviertes en una pasión. Nadie te la puede arrebatar, nadie tiene derecho a decirte qué es y qué no es, y por supuesto no tienes la obligación de escuchar palabras ajenas en torno a lo que es escribir y qué no es. Cuando escribo, decido hacerme cargo de esa libertad en silencio, y honro con responsabilidad esa decisión, así como todo lo demás en mi vida.
Según los nativos norteamericanos, un don debe estar siempre en movimiento, o te será arrebatado. Los dones, o regalos, es aquello con la gracia de aportar maravilla a tu vida, así como a la de otras personas. El regalo resplandecerá en tanto a más personas brinde luz. De igual forma, en el momento en que este quede estancado, de igual manera sucederá con la capacidad de vida que lleva en su interior. Sucede con el agua estancada, y con todo lo demás. El movimiento es vida, y la vida se resume a la proclamación constante de juventud; porque todo aquello que comienza a marchitarse, va camino a la muerte. Y porque todo aquello que no es muerte, es aún parte de la vida. Por lo tanto, me atrevo a afirmar que todo acto creativo es una proclamación de la vida y aquello que rejuvenece. Eso descubrí después de ver “Youth”, de Sorrentino, y cada vez que la veo otra vez reafirmo mi premisa en torno al arte y la vida: crear arte es manifestar de maneras extraordinarias la multiplicidad de la vida.
Mi regalo de hoy es esta revelación, que he rumiado durante meses con la finalidad de encontrar algo más profundo en torno a ello. Aún no descubro esta segunda capa, pero creo importante llevar esta develación personal hacia los demás. El envejecimiento de una obra de arte sólo nos sirve para confirmar que es perecedera, y que en sí misma no lleva la esencia de lo eterno. Las grandes obras maestras que siguen vigentes son la muestra de que la verdad objetiva no puede morir, y es parte de los ciclos de la vida, aún más allá de lo que percibimos como espacio y como tiempo. Las búsquedas personales que disfrazamos de arte pueden ser entretenidas y hermosas, mas no universales. La esencia de lo cual está hecho todo no tiene que ser bella ante la mirada subjetiva del espectador, sino ante de quien logra desprenderse de sus filtros personales para sólo contemplar y ver lo que solo es. De ahí que la claridad sea bella y también amarga. De ahí la belleza que reconoció Rimbaud en “Una temporada en el infierno”. La esencia de la vida es bella por su multiplicidad, por la conjunción de lo dulce con lo amargo, de la luz y la obscuridad, del orden y el caos que se transforman constantemente y dan paso a nuevos órdenes, nuevas formas, nuevas realidades, nuevas perspectivas.
Mi regalo de hoy es algo que atañe a la honestidad y no a lo cómodo. Escribir de forma consciente también es eso: descubrimiento y exploración constante, diálogos en silencio y aun a pesar del ruido. Nada fuera de mí importa. No soy indispensable, no soy el portador de ninguna verdad fuera de la que atañe a mí mismo. Descubres eso y de pronto todo lo demás se vuelve ligero. Imagino que algo así sentimos cuando nos expandimos en búsqueda de lo que verdaderamente es el amor.
