WHAT’S THE STORY, BIG LUCILLE?

He escuchado grandes historias sobre abuelos cariñosos, apéndices de padres para los nietos, quienes los llenan de abrazos, regalos y un confort desinteresado que sólo alguien en la senectud -o próximo a ella- podría brindarle a una extensión de lo que alguna vez fue su propio hijo. Esos abuelos bonachones de quienes aprendes sobre la vida en lo que les llega la muerte.

Mis abuelos paternos, sin embargo, fueron muy distintos.

La muerte visitó a mi abuelo cuando mi padre tenía tan sólo 16 años. Era el segundo de 7 hijos. El número de la suerte no es mera coincidencia, pero sí una ironía.

De tal forma que por el lado del padre sólo tuve un abuelo, o eso se supone, cuentan. La madre de mi padre se vio en la necesidad de sacar adelante a sus 7 hijos, sin llorar en público, sin proclamar frustración alguna. Nadie, ninguna vez, la vio llorar en público. Se había casado con un descendiente de cantoneses adinerados 15 años mayor que ella, a quienes llamaban “loco” en el pueblo por construir transmisores y radios para comunicarse con sus amigos del otro lado del mundo y hablar 7 idiomas diferentes. Mi abuela Lucila, de 15 años, comenzó a ser cortejada por mi abuelo Ignacio de 30.

Aquí entra a juego un cuento curioso: de cómo Ignacio, el único hombre descendiente de la familia (chinos que huyeron de Mao a inicios del siglo XX y llegaron a Sonora para salvar todos sus bienes) heredó casi toda la herencia (que era muy grande), y cómo por entendimientos filosóficos y un orgullo más pesado y cruel que el plomo (el mismo metal que habría de matarlo en aleaciones durante su trabajo como técnico electrónico) lo llevaría a renunciar a absolutamente toda su herencia. Cuestión de honor, dirán ustedes, pero Ignacio no imaginaría que dejaría viuda a su esposa en unos años, y que entonces su decisión marcaría un antes y después en sus 7 hijos.

Lucila, ahora viuda, decide terminar la secundaria y hacer además la prepa abierta. Después, entraría a la facultad de Derecho, y posteriormente estudiaría además Trabajo Social. Gracias a este temple guerrero, al amor a la aventura, y la ignición del miedo, logró pagar la carrera de sus 7 hijos. Hasta la fecha, seguimos sin comprender qué clase de magia hizo, porque la mayoría estudió en escuelas privadas caras y carreras aún más demandantes. Qué hiciste, gran Lucila, no sabemos, pero esa fue tu primera maniobra de luz secreta.

Lucila, que ya se había acostumbrado a las labores activistas gracias al temple de su esposo (se les veía a ambos en todos los movimientos en pos de la educación y otras luchas para la ciudadanía) no dejó esa labor tras enviudar; su vida eran las colectas, defender a los jubilados y pensionados del IMSS, el trabajo social, el Derecho, y su presencia intachable en más de 30 años consecutivos de abogados alrededor del país. De tal forma que Lucila fue siempre guerrera, jamás abuela. No era su vocación. Y no es nada malo. Aprendimos a amarla de esa manera; libre, única, extravagante, alegre. Tal vez ella tuvo aspiraciones diferentes a ser madre, y tal vez por eso decidió lograrlas en cuanto sus hijos aprendieron a defenderse en la vida.

Lucila no respondía el teléfono después de las 7 de la noche. Regla de oro. Jamás lo respondía. No era de su importancia si nos entraba una súbita alarma de preocupación por ella y su seguridad; “si ya saben para qué me hablan, no les voy a contestar”, solía decir. En una ocasión, mi padre, que fue el más cercano a ella, se preocupó demasiado porque no contestó. Fue a su casa y timbró pero nadie respondió. Vio las luces apagadas, no encontró las llaves del candado externo, y se vio en la travesía de escalar el muro del jardín, tapizado de rosas, e ir al rescate de la pobre Lucila. Cuando atravesó la casa y bajó, sucio y arañado por las espinas de las rosas, encontró a su madre, ecuánime frente al televisor: Lucila, como siempre, estaba intacta. “Mamá, te marqué muchas veces, ¿por qué no respondes?” “Sabes muy bien que después de las 7 no contesto”, respondió seca. Acto seguido corrió a mi padre para seguir viendo las noticias. De tal forma que, una vez más, la gran Lucila se salió con la suya. Jamás tuvo las de perder.

Sólo vimos mal a Lucila en una ocasión: hace aproximadamente 11 años contrajo cáncer de mama. Ella siempre dijo “no tengo nada”, y tras una operación exitosa siguió el protocolo y salió adelante. Nuevamente recuperó su estilo de vida, porque nunca fue amiga del sedentarismo ni del aburrimiento, y volvió a las andadas. Lucila fue reina del carnaval del pueblo, de los festivales, hacía sus propios vestidos festivos, sus sombreros de ala ancha, y siempre era de las más hermosas. Mientras tanto, yo como niña sólo veía a mi abuela recibir un reconocimiento tras otro, todo el tiempo, sin parar; cuando no era de una institución era de otra, y mi abuela se reafirmó además como la reina de la oratoria y la ecuanimidad. Cuentan que cuando decidió cursar la secundaria y preparatoria abierta, animaba a las muchachas del pueblo a que también estudiaran. Iba a la casa de cada una para convencer a los padres de que dejaran ir a la escuela a sus hijas, y armaba cuadrillas de protección para que al salir de la escuela -nocturna- los compañeros acompañaran a cada una de las muchachas de regreso a sus casas. Querían feminismo puro en la historia, y creo que ya lo tienen.

Conocer a Lucila como abuela nunca me fue posible; jamás pude verla así. La vi, en cambio, como un ejemplo de vida demasiado contundente. Grandiosa, creativa, alegre, sin miedo a romper paradigmas. Todavía a sus 60 decidió estudiar computación, música, canto, pintura, y mucho más. Lucila tenía un hambre endemoniada por aprender, por saber, conocer, viajar, experimentarlo todo: una mujer ladina, un alma libre como sólo las puede haber en alguien nacido a inicios del fuego invernal de diciembre. Cuando terminé mi carrera me decía sin descanso “Estudia una segunda carrera, estás joven y hay muchas cosas por saber”. ¿Cómo jamás le tomé la palabra? Todos en el pueblo la querían, y no hubo anciano alguno que no se haya sentido cobijado por sus cuidados y su compromiso eterno con la justicia y el bien del pueblo. Caminante por excelencia, Lucila jamás se enfermaba, jamás quiso un teléfono celular, jamás se quejó de nada, jamás quiso recibir ayuda de sus hijos; “Ya les di educación, ahora quiero que me dejen en paz” decía una y otra vez, seca, pero en esas palabras sobrias había sólo toneladas de amor.

Esa Lucila abogado, luchadora social, bailadora, costurera, dibujante, oradora, lectora, estudiante, cuidadora de animales y plantas, caminante, ladina, gitana y feliz fue mi ejemplo. No tuve una abuela, pero tuve a una mujer fuerte que me demostró que todo es posible, que el amor comienza por luchar por lo que sientes que es tuyo y te pertenece. Primero no lo comprendí: “¿Por qué todos tenían abuelos normales y yo sólo tenía a una mujer demasiado ocupada siendo feliz?” Me costó muy duro aprender la lección tarde.

Lucila, a inicios del 2016, presentó serios problemas de salud. De un momento para otro, fue inevitable; después de 10 años, el cáncer había regresado. En esta ocasión, decidió no recibir tratamiento y dejarlo al tiempo. Después de año y medio en ese estado, falleció a inicios de junio. A mitad de uno de los homenajes que le hicieron antes de llevarla al panteón, la ceremonia fue interrumpida por un alarido quebrado pero lúcido: una anciana vagabunda, de esas a quienes mi abuela amaba cuidar y proteger, comenzó a cantar “Amor eterno” mientras se acercaba a su ataúd. Nadie tuvo el temple de detenerla, ni callarla; todos estaban pasmados, otros cuantos incómodos. Yo, por mi parte, veía en ello la materialización más pura de todo lo que representó Lucila la grande: ricos y pobres, lúcidos y perdidos, por igual, la lloraron con dulzura.

Mi pueblo no ha tenido muchas cosas en todos estos años, y no queda duda de que el narcotráfico ha causado estragos de una manera cruelmente cotidiana desde los inicios de su historia. Pero tuvo, entretanto, algo que pocos lugares tienen: la prueba más brillante y noble de un ser humano amoroso que sirvió a los demás con una sonrisa en la cara.

La casa de Lucila pasó de ser el cúmulo de sus traumas, lecturas, y recolección de chácharas sin nombre -porque Lucila era acumuladora extrema- en una casa vacía a la que nadie entra por el cansancio y el vacío confuso que deja la interrupción de la vida. Más específicamente, la ausencia de la matriarca. Y yo, desde aquí, sólo puedo escribir un poco sobre ella, mientras tenga un cacho de lucidez que, espero, haya heredado de ella.

La gran Lucila, merecedora del todo, constructora del todo, entregada a sí misma y la vida. Conoció toda clase de glorias, ella misma lo dijo, ya en sus últimos días. Dicen que uno sabe perfectamente cuando le queda poco tiempo en este plano junto a los llamados “vivos”. Ella, todavía con claridad, rememoraba aquella vez que salió de su cuarto de hotel en la Ciudad de México, con más de 70 años, para ser parte de una marcha-fiesta de gays y prostitutas. La gran Lucila, cubierta de brillantina, bailaba en la calle y celebraba junto a ellos.

Y es esa imagen con la que decido quedarme: Lucila bailando, con la espada desenvainada y fuego en sus pies. Irradiaba tanta luz, que no era extraño que pudiera molestar esa necesidad por ser feliz y apropiarse a cada momento de su existencia. Lucila bailando hacia la fiesta, la celebración. ¿Cómo se nos ocurre ser tristes en un mundo donde eso es, precisamente, lo más fácil? Que la lumbre te dé la razón, Lucila, si alguna vez me cae el veinte de quién fuiste, qué lograste, y qué viniste a hacer a este plano. Probablemente sólo ser feliz, y enseñarme una cosa: existen mil formas de vivir la vida, de forjar tu propio paraíso en el infierno construido por los hombres. Si alguna vez olvidas lo que es apropiarse de lo amargo y volverlo grandioso, piensa en ella. Piensa en Lucila, bailando en el cielo, cubierta por los diamantes del tiempo.

One clap, two clap, three clap, forty?

By clapping more or less, you can signal to us which stories really stand out.