El espectador estafado

Derecho de réplica de un director ante un miembro del respetado público.


Recibí una crítica interesante a mi último trabajo como director. Un espectador que se sintió estafado ante la propuesta que presenció, volcó su opinión en nuestra página de Facebook.

Quisiera en esta instancia contestar a sus comentarios con el fin de extender este ejercicio de crítica, algo que me parece necesario en nuestro medio teatral, acostumbrado a enfrentar la disonancia como “serruchada de piso” y a contestar con el hígado, cuando no a guardar silencio.

Spot promcional de “I love Clint Eastwood”, producción de ArKetipo Arte & Comunicación (2012–2013)

Empecemos por el título de la obra. El espectador considera que nuestro trabajo no demuestra “amor” por Clint Eastwood, sino que, a lo sumo, llegamos a ser un “ligue” de la cimera figura del cine. Él, fan “estable, lúcido y consciente” del mentado republicano, siente que nuestra espectáculo es un simple “balbuceo con fines ocultos” que reduce la figura de Clint Eastwood a uno de sus personajes (Harry El Sucio). Ante esto, cabe mencionar que el título del espectáculo (I Love Clint Eastwood, en adelante ILCE), es un pretexto. Como muchos otros signos teatrales, un título puede o no guardar relación directa con aquello que es representado. Puede incluso llegar a oponerse al contenido central del espectáculo o guardar relaciones arbitrarias. Ejemplos sobran, pero se podría mencionar el Ohio Impromptu de Beckett o Hamletmachine de Müller, incluso el mismo Hamlet García del mismo autor de ILCE, Miguel Morillo. Dicho lo anterior, el declarar con el título del espectáculo que se “ama” a alguien no indica que esto sea necesariamente cierto, ya que tal aseveración se puede utilizar como mecanismo para la ironía. No obstante, en el caso de nuestro espectáculo, el “amor” por dicho cineasta sí es expresado por los dos personajes, uno desde la fantasía y el otro como referente moral. Pareciera que el espectador siente que la forma en que los personajes expresan este “amor”, no coincide con la suya. En todo caso, todo esto se me antoja irrelevante, ya que como mencioné, el título es un pretexto, un mecanismo para desencadenar la reflexión en el público al momento en que éste comienza a buscar las relaciones entre título y contenido.

Pasemos a lo ideológico, en mi opinión, el tema medular de la crítica. El espectador describe a Harry El Sucio como un personaje que no considera la humanidad de sus enemigos, lo define como “un individuo con un sistema moral tan absolutamente rígido que realmente sería imposible suponer que ve a la escoria a la que combate como otra cosa más que esa: escoria”. ¿De verdad sería imposible suponerlo? ¿De verdad? ¿No es esa la labor del teatro? ¿Suponer, sobreponer, exponer? ¿Y ante todo lo supuesto, sobrepuesto y expuesto ofrecer una reflexión? En ILCE, a través de un humor oscuro, sarcástico y punzante, nos aventuramos a hacer esta suposición. Y esta “suposición” es expresada desde el punto de vista de uno de los personajes, quien ve en Harry El Sucio, y por extensión (no por reduccionismo) en Clint Eastwood, un baluarte, un timón ético. Errada o no, este es la interpretación que hace el personaje teatral de su contraparte fílmica. El crítico de cine Rogert Ebert llegó a clasificar a Harry El Sucio como un representante del fascismo policial estadounidense. Lectura válida si se suman los indicios presentes en la primera de las películas de la saga. El asunto aquí es que ILCE es re-lectura de los íconos, desde una clave teatral que pretendemos sea posmoderna. Iconoclasia, lo llamarían los académicos. Pero finalmente, ¿cuál es la moral de Harry El Sucio? ¿La de hacer suya la ley y eliminar por mano propia a los elementos conflictivos de la sociedad? ¿La de aplicar la justicia al estilo del viejo oeste, sin juicio sumario o defensa pública? Quizás. Pero en esa “ejecución justiciera” Harry El Sucio resuena en nuestro inconsciente, seamos fascistas confesos o no, pues reconocemos en el acto algo que impacta ineludiblemente nuestras fibras morales más elementales: ante el mal que se nos ha infligido, todos queremos alguna forma de retribución. Y para el personaje de nuestra puesta en escena esto es reconocer la humanidad en el otro, en tanto el otro tiene derecho a su libertad -y en caso extremo a su misma existencia- hasta que no violente el bien de la mayoría. Harry El Sucio es “sucio” no porque “no puede amar a alguien”, sino porque juega por encima de reglas (las cuales desde su visión son inoperantes) y esto lo hace por su “amor” al bien del colectivo. Podemos apoyar esta tesis o no, pero precisamente nuestra puesta en escena pretende ser excusa lúdica, juego de símbolos, para que el público inicie esta indagación.

Sigamos con lo estético. El espectador califica la puesta como “discurso escenificado” que deja de ser inteligente y pierde valor como hecho teatral a los 30 minutos de iniciada la representación (aproximadamente a la mitad de la tercera escena, de las diez que componen el espectáculo). Sí, estamos frente a un teatro de palabra, de ideas antes que de acciones, de estructura episódica no aristotélica, carente de “desarrollo agónico” en el sentido estricto del término, y cuyo final es anti-climático. No hay héroe trágico. El pathos es débil y el ethos articula la narración. Mi pregunta es: ¿una escenificación puede contener estos elementos y seguir siendo llamada teatro? Espero que sí, porque si no, hemos sido todos engañados desde mediados del Siglo XX, asistiendo a “obras de teatro” que no son tales, y peor aún, pagando por un tiquete cuyo reembolso no podremos reclamar. Aquí no me quedaría más remedio que unirme a nuestro espectador y reclamaría junto a él mi dinero por tanto engaño. Y si no me hacen caso, también me pondría a volar bala contra todo recinto que me haya robado… No obstante, me parece que este no es el caso. Si no logramos empatía con los espectadores podremos ser acusados de aburridos, pero no de mercachifles del teatro o embusteros, que tratamos de vender como teatro algo que no lo es. Llegar a cuestionar la teatralidad de nuestra puesta en escena me parece algo muy poderoso. Nunca imaginamos que ILCE pudiera desencadenar en un espectador un cuestionamiento de los fundamentos ontológicos del arte escénico. No aspirábamos a tanto.

A nivel moral, me gustaría saber cuál es la opinión de nuestro espectador con respecto a las alternativas que tenemos frente al consumismo exacerbado propalado por el “post-industrialismo” en el que vivimos. ILCE propone volver la mirada hacia adentro y “mantenernos firmes en nuestros valores, aún en los momentos más difíciles de la vida”. El autor incluso señala de cuáles valores está hablando: la honestidad, la verdad, la justicia y la lealtad. El espectador apunta que esto es “naïve”. Quizás. No obstante mi duda persiste: ¿cuál es la otra alternativa? ¿Volar bala como Clint contra todo lo que consideramos entorpece el bien común, tal y como cada uno de nosotros concibe ese “bien común”? ¿Descender en la anarquía esperando que desde el caos surja la autoregulación moral? ¿O lograr un nuevo ordenamiento a partir del revisionismo de nuestra propia escala de principios? Tal vez ni el espectador ni yo tengamos la respuesta. Pero plantearnos las preguntas es el primer paso. Y si nuestra propuesta escénica es vehículo para que este tipo de dudas e interlocuciones aparezcan, desde ArKetipo consideramos que hemos aportado algo a esta discusión.

ILCE no es teatro de “happy ending” ni pretende ser aleccionador, porque no hay respuestas. Al menos no respuestas definitivas. La época de panfletos ya está superada. Vivimos en tiempos donde Papas renuncian, Wikileaks terminó de enterrar la credibilidad de los políticos y órdenes Iluminatis parecen tener el control de la economía. Nosotros, y con “nosotros” incluyo a los personajes de ILCE, vivimos en dichos tiempos de escepticismo y desazón. Tiempos en donde la resignación ante el “devenir” y el aceptar la fantasía como tabla de salvación parecen ser los únicos mecanismos de sobrevivencia. Es triste. En definitiva, nada alentador. Pero quizás es por eso que hacemos teatro, para mantener vivo el proceso de construcción de una alternativa. Quizás por eso nos propusimos hacer este montaje y nuestro atrevimiento radica en hablar de todo esto con una sonrisa sardónica ante públicos que, tan inconformes como nosotros, deciden declararse estafados.

Agradezco a nuestro espectador su oposición. De otra forma estos párrafos no hubieran nacido

Pablo Morales — Director “I love Clint Eastwood”
Heredia, Costa Rica
Febrero 2013

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