RECHAZO A LO VIEJO, MIEDO A LO NUEVO

Sólo lo que es útil y valioso prevalece el tiempo suficiente para trascender y convertirse en una norma de convivencia.

En la actualidad, las personas en “edad productiva” parecen estar programadas a rechazar automáticamente todo “lo de antes” pues pareciera ser que impera el sentimiento de que los tiempos que hoy corren superan sin previa evaluación a todo lo establecido. Quien defiende esta postura se olvida de que justamente sólo lo que es útil y valioso prevalece el tiempo suficiente para trascender y convertirse en una norma de convivencia, una práctica cultural o un conocimiento y que son estas ideas las que ya han superado duras pruebas de ensayo-error convirtiéndose en estructuras funcionales.

Toda estructura puede y debe modificarse para adaptarse a los nuevos paradigmas

Esto no significa tampoco que todo lo viejo es inamovible, por supuesto, toda estructura puede y debe modificarse para adaptarse a los nuevos paradigmas y para corresponder a la realidad de su tiempo, pues las innovaciones de la vida moderna debieran facilitar (no entorpecer) una transformación social progresiva.

Al rechazar lo viejo por si mismo se cae en el malentendido de considerar su eliminación sin detenerse a vincular y a reflexionar no sólo sobre las ideas, conceptos o creencias, sino para etiquetar y condenar directamente a las personas como objetos desechables.

Son los sucesores en el mundo

Asimismo, y en una extraña contradicción, quienes rechazan lo viejo también tienen miedo a lo nuevo e intentan blindarse contra los jóvenes, a quienes consideran poco menos que una amenaza, y en esta inercia irracional conducen a las juventudes hacia un estereotipo de inmadurez, incapacidad de tomar acciones y de decidir por si mismos y se trata de impedir lo inevitable, que los jóvenes sean los sucesores. No nos equivoquemos, los jóvenes son los sucesores en el mundo, pero bajo las condiciones de sometimiento que les imponemos, los destruimos hasta el grado de criminalizarlos por el sólo hecho de ser jóvenes y nos convertimos así en un obstáculo para que, como corresponde, sean ellos quienes los que construyan el presente y diseñen el futuro.

Esta cultura inerte, en donde casi nadie tiene un lugar, nos hunde constantemente en una espiral de rechazo a lo viejo y miedo a lo nuevo.