El punto de salida

De pronto, sin más, la calma cesó. Intentaba luchar contra el silencio que me angustiaba, o eso creía yo, ya que mi garganta tan solo producía un sonido mudo que hacía eco en la oscuridad absoluta. Mi cuerpo se agarrotaba, abriendo y cerrando las manos y tensando las piernas. Me faltaba el aire, necesitaba respirar. El corazón latía arrítmicamente. Me ahogaba. Me sentía fuera, en otro espacio atemporal. Necesitaba salir de ahí, tenía que hacerlo. Pataleé, me revoleé, golpeaba lo que encontraba a mi paso. Sentía que por más que lo intentara, los esfuerzos eran en vano. Cada golpe servía menos que el anterior. Seguí luchando desesperanzadamente, necesitaba creer que era humano, quizás sin serlo. Sin embargo, no me detuve. Vi una luz… una luz que me cegaba pero que mi cuerpo se sentía inevitablemente empujado hacia ella. Llegué, y nada más tomar aire, recibí una palmada en el culo y comencé a llorar. Raúl, sietemesino, cesárea.