La Ciudad Azul y Verde

Son las 6:16 cuando me depierto en Algeciras. Recojo la moto y me dirijo al puerto. Los policías de aduanas me preguntan por mi viaje, más por curiosidad que por otra cosa. Me advierten sobre la policía marroquí, que intentarán multarme por cualquier cosa.

Entro en el barco y una pareja de portugueses me ata la moto. Una vez subo a la planta de arriba me doy cuenta de que soy el único europeo. Me sellan el pasaporte y subo a cubierta para ver el estrecho. Es curioso, no es la primera vez que lo veo pero esta vez me parece mas pequeño que antes. La otra vez lo vi desde el aire cuando visité Marrakech con mi madre en 2014. Es como si estos 14km de agua que separan Europa de África hubieran encogido desde la última vez.

Hablo con un marroquí que me quita la idea de ir a Fez pasando por Chefchaouen en un solo día. Dice que la carretera es muy mala. Pronto comprobaré que no es para tanto. Este también me advierte sobre que los marroquís ven a los europeos como enormes monederos llenos de dinero. Me cuenta que el gran problema de su país es que la gente no busca más que vivir al día, que no hay más aspiraciones y que su único objetivo es llegar a mañana sin pasar hambre. Yo lo veo desde el punto de vista contrario. De hecho, creo que Europa será musulmana algún día.

Salgo del barco, y tras arreglar los papeles salgo a la carretera. Hay dos opciones: Tetuán o Tánger. Me dirijo hacia Tetuán, la señal marca 50km. Pasados apenas unos metros hay otra señal que indica Tetuán: 38km. Me río, esto es así.

La verdad es que el paisaje es una verdadera pasada. En la carretera no voy sólo, me acompañan burros, cabras, tractores y algún que otro coche. Me cruzo con varias furgonetas cuyos dueños se han empeñado en cargar hasta reventar y apenas circulan a 20km/h.

Al fin, entre las montañas veo Chefchaouen: “la que mira los cuernos de la montaña.” Al llegar, como unos huevos fritos con un embutido muy raro que sabe a mortadela, y me pongo a buscar un hotel. Tras ver varios, encuentro uno en que pueden guardarme la moto en el patio trasero: el Al Kazaa. Por 150 MAD (13euros) dormimos la moto y yo, a las puertas de la medina.

Me cambio y voy a verla. Chefchaouen ciertamente tiene algo mágico. Fundada en 1478, su población original la componían exiliados de Al Andalus (musulmanes y judíos), razón por la cual su medina se parece a muchos pueblos andaluces. Pero esta es azul, color que dicen se usaba para espantar a los mosquitos.

Chefchaouen además se considera “Ciudad Santa”, y hasta hace mas bien poco, la entrada a los cristianos estaba prohibida. Ahora no. Ahora los cristianos están por todas partes. La representación que aquí hemos mandado desde Europa la constituyen un ejército de nuestros mejores fumadores de porros. Y es que aquí, están las mayores plantaciones de cannabis del mundo. Su cultivo es legal, lo que no lo es es hacer hachís. No obstante no faltan las ofertas para ir a ver las plantaciones de marihuana y el proceso del hachís. Te lo venden como si de una visita al Museo Vaticano se tratara.

La ciudad es azul, muy azul. Pero tiene su lado verde.

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