La nueva revolución industrial: impresión 3D

Los hitos industriales que han cambiado profundamente el modo de producción y las relaciones humanas probablemente se pueden contar en los dedos de las manos: la máquina de vapor, el ordenador, el teléfono móvil. Pero, hay una cuyo alcance no deja de sorprender: la impresión 3D.

Año tras año miles de espectadores aguardan por el discurso del Estado de la Unión, ya que este da la noción de lo que se espera para el mundo y refleja el avance de la economía estadounidense, que por mucho llega a determinar la economía del mundo. El discurso del 2013, fue la ocasión para que el presidente Barack Obama, con la atención del mundo encima, popularizara las impresoras 3D reconociendo el potencial que tienen para transformar la manera en que hacemos relativamente todo y exhortando al Congreso aprobar leyes para garantizar que la próxima revolución de la manufactura estuviese hecha en Estados Unidos. Pero, llegar a ese punto para afirmar lo dicho en el 2013 no fue ni fortuito, ni aleatorio. He aquí el desarrollo y evolución de la tecnología que se vaticina como el hito disruptivo que cambie para siempre no solo nuestra forma de crear, sino además de consumir.

Origen & popularización

El surgimiento de las impresoras 3D personales hicieron eco en la conciencia del mundo en la primera década del siglo XXI. Sin embargo, antes de llegar a esa esfera comercial, esta tecnología ya había sido creada en 1986 por Charles Chuck Hull y demás personas que trabajaban en proyectos similares. Actualmente, aquellas sofisticadas iniciativas tienen su espacio en sectores como el aeroespacial y aeronáutico, cuyas empresas productoras son las más importantes en la fabricación de impresoras 3D industriales como Stratasys y 3D Systems, esta última fundada hace tres décadas por el mismo Chuck Hull.

Pero las impresoras 3D no se popularizaron por su aporte a la industria, lo lograron cuando en el 2009 y con un capital de 75.000 dólares, un joven y sus amigos pertenecientes al movimiento de los makers fundaron la compañía equivalente al Apple de este negocio, MakerBot. Antes de la fecha, una sola impresora 3D tipo industrial como la que ya se vendía llegaba a medir lo que mide un refrigerador o más y a costar 100.000 dólares. El reto para Bre Pettis, quien lideró el proceso, y su equipo fue llegar a competir con las grandes empresas construyendo una impresora que se pudiera tener en casa y costara 1.500 dólares.

Todo comenzó cuatro años atrás en Nueva York, con un taller donde él y sus amigos podían hacer creativamente las ideas que iban explorando y de ahí deriva el concepto maker. Cuando escucharon de la impresora 3D quisieron obtener una, pero, claramente el dinero no les alcanzaba. De esta manera, se idearon la forma de conseguirla pues como él mismo manifiesta en entrevista con Oppenheimer del libro Crear o morir, su filosofía es si eres un maker y quieres algo pero no te alcanza el dinero para comprarlo lo fabricas tú mismo. Con este pensamiento y la ayuda a través de internet de personas miembros del mismo movimiento lograron desarrollar las primeras impresoras 3D asequibles para el mercado y de uso personal, logrando el objetivo propuesto.

Aunque en la actualidad Pettis continúa como CEO de la empresa que fundó, esta ahora pertenece a la gran Stratasys, empresa con más de 1.200 patentes en el mundo.

Proyección VS Presente

Tras popularizarse con la promesa de ser el hito que revolucione el camino por el cual arquitectos, diseñadores, ingenieros y hasta emprendedores materializan sus proyectos, sin el limitante de los moldes para realizar sus propias creaciones, las impresoras 3D llegarían a ser la invención más disruptiva que impacte la industria. De acuerdo con Abraham Reichental, que en el 2013 en entrevista con Oppenheimer manifestó que esta es una revolución industrial que cambiará todo, en el futuro las personas en sus casas podrán fabricar desde su propia ropa hasta sus alimentos en impresoras 3D que puedan incrementar el valor nutritivo de las comidas.

De seguro, esto ocasionará que la industria tenga que repensarse y mientras llegan estos cambios estructurales en la configuración económica de los países, existen espacios donde las impresoras 3D tienen una aplicación más cercana y útil tanto con fines educativos como de construcción propia.

Para citar en primer lugar, está el caso del Laboratorio de Fabricación Digital-FAB en la Universidad Pontificia Bolivariana, sede Medellín. El lugar cuenta con tres impresoras de esta categoría y el conocimiento de docentes como Ovidio Cardona Osorio quien acompaña los procesos de impresión y el desarrollo de los productos en PLA, los cuales están disponibles para todos los miembros de la comunidad educativa desde hace cuatro años sin importar el área del conocimiento, simplemente con previa reservación.

Bustos impresos con PLA e impresora 3D en el Laboratorio de Fabricación Digital, UPB Medellín.

Por otra parte, y con la misma filosofía del movimiento de los makers, hay un punto creado para ellos en la ciudad de Medellín y cuyas puertas están abiertas al público desde hace un año, se trata de Gora Makerspace.

Impresora 3D en Gora Makerspace, Medellín y objetos impresos con esta tecnología.

Este lugar fundado por dos jóvenes emprendedores, un artista plástico y un relacionista internacional, es pionero en Medellín para la aplicación de este concepto que busca ser un espacio de creación, ya sea artística o de ingeniería.

Iniciaron con los temas de robótica e impresión 3D y ahora como un lugar para compartir conocimientos y algunos materiales también proporcionan charlas y talleres que facilitan la materialización de las ideas que algunos de sus miembros afiliados a través de membresía puedan traer.

Fernando Montoya, uno de los fundadores, dice que este espacio busca empoderar a la gente con herramientas, muy similar al concepto que hace más de una década en Estados Unidos propició el espacio catalizador que ayudó a masificar el comercio de esta tecnología.

Sin lugar a dudas, de la impresión 3D queda mucho más por analizar y hacerle seguimiento a su evolución de aquí a cinco, diez y quince años. Hasta probablemente lleguemos al momento en que cada uno tenga una impresora casi mágica en casa y sin darnos cuenta se convierta tan elemental para nuestra cotidianidad como se convirtió el teléfono o el ordenador cuando se volvieron personales y asequibles.