Querida Colombia, yo soy un hijueputa profesional.

Una pequeña catarsis de mi situación laboral a un año de haberme graduado.

Hola. Yo soy Cristian, y soy un profesional en diseño gráfico. Sí, un profesional. Un hijueputa profesional.

Se me ocurre que nadie todavía comprende para qué sirve el diseño gráfico. Carajo, mi mamá no lo tiene claro y me pregunta cada vez que puede. Incluso yo no sé si lo entiendo en su totalidad.

No me da pena admitir cuánto gano. Gano una miseria. Gano menos de lo que gana un técnico en diseño ¡Un técnico! Y yo soy un profesional. Un hijueputa profesional.

¿Se acuerdan cuando había una distinción, maravillosa distinción, entre un obrero y un profesional? ¿Cuando el que se pasaba entre cuatro y siete años rompiéndose el lomo en una universidad, para que al terminar, no tuviera que romperse el lomo cargando sacos de cemento o papas en el puerto? Bonitas épocas.

No estoy seguro de que el mercado laboral en este país me necesite. Creo que vivo en Tecnicolandia.

En la universidad aprendí a conceptualizar. Aprendí que diseñar es comunicar, y que la comunicación eficaz es un proceso que no debe ser apresurado. Son cosas que no le enseñan a un técnico, sino a un profesional… a un hijueputa profesional.

Es febrero de 2016, y no he encontrado un lugar de trabajo que necesite profesionales en diseño: solo gente con conocimientos técnicos. Tal vez porque vivo en un país criado para no madurar en su organización, o quizás porque ser un hijueputa profesional le sale muy caro a las empresas que más lo necesitan. Quizás.

Esta generación tiene un enorme reto siendo tomada en serio por un mercado que no los aprecia, no los reconoce, y no los necesita. Para qué ser profesional, si conozco una persona que trabaja en una fábrica limpiando el exterior de una chimenea y gana tres veces más que yo. No digo que sea imposible, solo digo que los nuevos hijueputas profesionales tienen que dejar de dar pie para que les paguen como técnicos. Somos hijueputas profesionales.

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