Por qué es importante empezar a culparnos menos y equivocarnos más

Si hay una constante en la historia de la humanidad es la naturaleza falible de nuestras acciones y decisiones. Cuanto antes aceptemos esto, más fácil será convertirnos en mejores personas que construyan una mejor sociedad.

Más allá de las diferencias que tengamos como individuos únicos y originales, existe algo que tenemos en común todas las personas, sin distinción de raza, género y contexto histórico o social: el equivocarse forma parte fundamental de nuestra naturaleza humana.

Si al momento de leer esto repasamos nuestro día hasta el momento, inevitablemente identificaremos una o varias ideas, acciones o decisiones que no fueron correctas, y que ya sea por mucho o poco, el factor común fue que nos equivocamos. Entonces ¿por qué nos cuesta tanto aceptar el error como algo natural en nuestras vidas?

Mucho de esto tiene que ver con el hecho de que estamos inmersos en una cultura que desde hace siglos vive condenando el error o las equivocaciones en las diferentes dimensiones de la existencia humana, imponiendo una interpretación reduccionista de la vida misma.

Esta visión se manifiesta en diferentes niveles, resaltando en dos áreas fundamentales para las personas y la sociedad en general: la moral y la educación.

En el sentido moral, muchas veces se expresa a través de un entendimiento maniqueo y dicotómico de la experiencia humana, basado usualmente en una concepción religiosa de los conceptos de “culpa” y/o “responsabilidad”, característica de nuestra cultura occidental más que de la cultura oriental.

Así tenemos personas e instituciones que juzgan las acciones, ideas e inclusive pensamientos o sentimientos, propios y ajenos, desde esta interpretación reducida de la existencia humana, sin tener en cuenta que una de las principales características de esta concepción es justamente la de equivocarse y aprender de las equivocaciones y las malas decisiones.

De esta misma manera podemos observar cómo esta visión se expresa en la forma en que concebimos y vivimos el fenómeno de educación en la sociedad actual.

Fuertemente vinculada a conceptos positivistas y utilitaristas, la educación actual se caracteriza principalmente por castigar el error y premiar solamente las respuestas correctas, promoviendo la transmisión de conocimientos fragmentados y alejados de la realidad, generando un aprendizaje memorista que no logra transformarse en aprendizaje significativo para el día a día, y mucho menos para la vida.

De esta manera se mata la creatividad, la originalidad e inclusive la proactividad de las personas, generando consecuentemente una sociedad sumamente apática, fragmentada e incapaz de organizarse, y mucho menos, de plantear respuestas efectivas a los problemas fundamentales que enfrenta día a día.

Es por eso que, primeramente como personas y luego como sociedad en general, necesitamos trascender esta visión reduccionista hacia una visión más amplia que considere la complejidad de la existencia humana.

Pasando de una moral basada en la culpa, que sólo logra que nos juzguemos y no aceptemos el error como parte de la naturaleza humana, a una moral basada en el aprendizaje, donde abracemos el error y las malas decisiones como parte intrínseca de la vida, y parte fundamental del proceso de ser cada vez mejores como individuos y como sociedad.

Sólo podemos lograr este cambio ampliando nuestra concepción de educación y entendiendo que en el fondo la vida en sí misma es un aprendizaje y que la única forma de vivirla es equivocándose y aprendiendo.

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