Terrores

En las últimas semanas el reloj de la habitación se detiene a la misma hora. Ese tic-tac que tanta música invoca en la soledad de la madrugada se detiene con un golpe seco, hace eco en mis oídos, ese estruendoso tac sacude la materia gris y abre mis ojos de súbito: posando en ellos la oscuridad de una habitación sin aire.

No preguntes la hora, basta con saber que es de madrugada y, como ha sido costumbre en este mes, llueve afuera, el frío carcome la piel y taladra los huesos; por tales motivos no me he levantado y continuo observando el negro techo. Intento dormir, subo las manos y tapo mi rostro, aprieto los párpados y me obligo a dejar de pensar. Pero esto no es suficiente, el sueño se ha ido, me abandona y los rayos grisáceos de un sol inexistente se cuelan por la delgadez malsana de unas cortinas roídas, envejecidas.

Dios maldiga a los Terrores Nocturnos, seres despreciables. Tal vez ellos sean los culpables de este hechizo.