Golondrinas.


Vuelve el rocío a las cunetas de los caminos al tiempo que el sol se escapa más temprano, el polvo se amaga y las nubes regresan a los cielos que no debieron dejar en exclusiva a las golondrinas.

Las risas, el bullicio, las personas que abarrotaban el verano quedaron atrás, a pesar de que este termina hoy oficialmente, pero en el mediodía seguirá reinando alguna semana más. Las calles se tornan silenciosas, salvo a primera hora, cuando los tractores salen a oscuras camino del campo, pues es tiempo de vendimia.

Salimos a pasear antes de que amanezca, con uno menos que ayer, con un sueño menos que ayer. Oso y Toro juegan como críos que son y Tina mira hacia atrás buscando al que nos ha dejado. Joder, Gonzo, joder.

El camino asfaltado parece sólo para mí, y los perros prefieren la amalgama de olores de la tierra, que siempre tiene algo nuevo que ofrecerles. Manos en los bolsillos, un cigarro en la comisura de los labios y las lágrimas que no saben si son de tristeza o de humo.

Hoy el paseo es más largo, pues quiero alejarme de esa casa que no es mi casa, de la soledad que la envuelve en una realidad turbia y densa, silenciosa y fría. Y aquí fuera hace frío, pero del que se siente por fuera y no por dentro, y los pájaros cantan y la luz crece entre naranjas que desplazan un azul cada vez menos profundo.

Un saludo con la cabeza a los que van a trabajar, pero con la mirada baja, las pestañas húmedas y los puños apretados; la capucha puesta, andar despacio, boca cerrada y una muesca más en el corazón. Pero seguiremos un día más.

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