Un año más.

Cuento los años con la llegada de las primeras lluvias en otoño, las que vienen con algo más de frío por las mañanas y hacen que me arrebuje en la colcha de madrugada.

Afuera, en mi Nebraska particular, comienzan a escucharse las primeras gotas sobre el tejado, la terraza, las ventanas. Pequeñas aún, hay que aguzar el oído para escucharlas por encima de mi respiración, del viento de los álamos que tengo enfrente, del ladrido de Toro a nadie sabe qué, de mis pensamientos, mis latidos y recuerdos.

Siempre he sido de lluvia, y de otoño, de nublados y nieblas, de tierra mojada y charcos en los caminos, de frío en la cara, de café en la antojana disfrutando de un chaparrón y Tina sentada a mi lado mirando con un ojo abierto y el otro cerrado aquello que cae del cielo y no le gusta nada. De leña en la estufa, y un par más de troncos encima de ella para que se vayan secando y extiendan su aroma por la estancia. De hablar poco o nada, y leer al compás de la música que sale de mis auriculares, iluminado por una lámpara del Ikea de esas de papel con algún jirón por las excesivas mudanzas. De mi antena de televisión inútil, salvo para hacer de veleta, girando alegre desde aquella tormenta. De mi café en taza, de la que me olvido a menudo absorto en la lectura.

De tener arrugas de soñar, y que sean lo único que permanece conmigo, pues otoño, lluvia, frío, perros, libros, sueños, se acaban marchando con el tiempo. Y acaban volviendo un año más.

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