Discurso de Roa Bastos al recibir el Premio Cervantes

El Quijote en Paraguay

26/04/1990

“El Premio Cervantes es el más alto honor que se ha concedido a mi obra. Tres razones principales le dan un realce extraordinario ante mi espíritu. La primera es el hecho mismo de recibirlo de manos de su majestad don Juan Carlos I, rey de España, que nuestros pueblos admiran y respetan por sus virtudes de gobernante, por su infatigable tarea en favor de la amistad y unidad de nuestros pueblos de habla hispánica.

Junto al rey Juan Carlos, en preeminente sitial, su majestad la reina doña Sofía, que ama las artes, las letras y las ciencias, que religa su devoción hacia las obras del espíritu con su preocupación por el bien social; la Serenissima Reyna -para invocarla con palabras de Cervantes- enaltece este acto con el honor de su presencia.

Me inclino, pues, ante sus majestades, con el homenaje de mi reconocimiento y gratitud. En este homenaje va implícito el de mi pueblo paraguayo, lejano y presente a la vez en este acto con su latido multitudinario; aquí, en esta ciudad, en esta Universidad, ilustres, de Alcalá de Henares, patria chica de Cervantes, solio de su imperecedera presencia y foco de su irradiación universal.

Por otra parte, esta toga que visto es también un símbolo; corresponde al doctorado honoris causa en Letras Humanas por la Universidad de Toulouse-Le Mirail -que me ha sido concedido en significativa coincidencia el mismo día del otorgamiento del Premio Cervantes-. Ello me permite, por tanto, reunir simbólicamente a tres países muy caros a mi afecto, España, Francia y Paraguay, lo que imparte una significación internacional e interuniversitaria a este acto.

“El premio coincide con el comienzo de la restauración moral y material de Paraguay”

La segunda afortunada circunstancia que realza para mí el otorgamiento del máximo galardón es su coincidencia, también augural, con un cambio histórico, político y social de suma trascendencia para el futuro de Paraguay: el derrocamiento, en febrero del pasado año, de la más larga y oprobiosa dictadura que registra la cronología de los regímenes de fuerza en suelo suramericano.

Este acontecimiento es singularmente significativo para la vida paraguaya en lo político, social y cultural, y marca la apertura de un camino hacia la instauración de la libertad y de la democracia bajo la construcción de un genuino Estado de derecho, como garantía de su legitimidad.

Señala este hecho, en consecuencia, el comienzo de la restauración moral y material de mi país en un sistema de pacífica convivencia; la entrada de Paraguay en el concierto de naciones democráticas del continente. Significa, asimismo, el fin del exilio para el millón de ciudadanos de la diáspora paraguaya, que ahora pueden volver a la tierra natal, derrumbado el muro del poder totalitario que hizo de Paraguay un país sitiado.

La concesión del Premio Cervantes, en la iniciación de esta nueva época para mi patria oprimida durante tanto tiempo, es para mí un hecho tan significativo que no puedo atribuirlo a la superstición de una mera casualidad. Pienso que es el resultado -en todo caso es el símbolo- de una conjunción de esas fuerzas imponderables, en cierto modo videntes, que operan en el contexto de una familia de naciones con la función de sobrepasar los hechos anormales y restablecer su equilibrio, en la solidaridad y en el mutuo respeto de sus similitudes y diferencias.

Mucha falta les hace este equilibrio a las colectividades de nuestra América, frágiles y desestructuradas por su dependencia y sometimiento a los centros mundiales de decisión, causa central de sus problemas internos, de su inmovilismo, de su atraso, de su desaliento.

La España democrática trabaja lealmente, fraternalmente, contribuyendo de una manera considerable a la restitución de este equilibrio en la coexistencia y coparticipación de nuestros países de ambos lados del Atlántico en un mecanismo, desde luego perfectible, de integración sistemática y progresiva en todos los planos. El sistema de cooperación con América que España ha iniciado hace ya muchos años es un ejemplo activo de ello.

El Premio Cervantes, que España comparte con América, es otro ejemplo de lo mismo. Y todo esto se verifica con notorio y creciente éxito en el plano económico, social y cultural bajo esas leyes de interrelación y comunicación que surgen del patrimonio histórico común y nos comprometen a la realización de las grandes empresas comunitarias que nos aguardan en el umbral del nuevo siglo ante las vertiginosas transformaciones del mundo contemporáneo.

Entre lo utópico y lo posible, éste es un reto de la historia. O lo que es lo mismo, un desafío del porvenir. Y es necesario recoger y cumplir este desafío con serenidad, con perseverancia inflexible, pero también con la plasticidad de una inteligente adecuación a las cambiantes circunstancias de la historia, y en el orden de las prioridades necesarias: en primer lugar, la coherente integración y unidad de las naciones latinoamericanas -que es hoy el debate central de nuestra causa-; luego, en un proceso de construcción de largo alcance, la integración iberoamericana y peninsular en una comunidad orgánica de naciones libres, llamada a ser el factor preponderante de equilibrio y de paz para nuestros países en el futuro.

El tercer motivo enlaza para mí la satisfacción espiritual con un cierto escrúpulo moral — acaso un prejuicio-, fundado en la desproporción que siento que existe entre el valor intrínseco del premio y la conciencia de mis limitaciones como autor de obras literarias. Me alienta, no obstante, el estar persuadido de que se ha querido premiar a la cultura de un país en una obra que la representa, y en ella acaso a la particularidad -que me lisonjea- de haber sido troquelada en el molde de la obra maestra cervantina.

Desde esta persuasión veo el Premio Cervantes como un doble galardón a mi obra y a la cultura de mi patria. Y como tal lo celebro en tanto paraguayo de origen y en cuanto español por adopción, ciudadano de nuestras patrias, hijo y defensor de su unidad en la vida cotidiana y en el tiempo de la historia.

“Veo el Premio Cervantes como un doble galardón a mi obra y a la cultura de mi patria”

La proclamación del premio otorgado por unanimidad dio las razones de su elección. Ante tal situación, los señores del jurado comprenderán sin esfuerzo la sinceridad de mi reconocimiento y gratitud por su decisión que quiero hacer públicos en esta señalada ocasión.

No por ello me siento con derecho alguno a la confusión de la vanidad, salvo al íntimo orgullo de sentir que el Premio Cervantes -el más señero galardón en el mundo de nuestras letras castellanas- viene a coronar una larga batalla de extramuros en la que llevo empeñada mi vida y a la que he dedicado mi exilio de más de cuarenta años llegado, por ahora, felizmente, a su término. En este largo exilio hice toda mi obra.

La concesión del premio me confirmó la certeza de que también la literatura es capaz de ganar batallas contra la adversidad sin más armas que la letra y el espíritu, sin más poder que la imaginación y el lenguaje. No es entonces la literatura -me dije con un definitivo deslumbramiento- un mero y solitario pasatiempo para los que escriben y para los que leen, separados y a la vez unidos por un libro, sino también un modo de influir en la realidad y de transformarla con las fábulas de la imaginación que en la realidad se inspiran. Es la primera gran lección de las obras de Cervantes.

Y es esta batalla el más alto homenaje que me es dado ofrendar al pueblo y a la cultura de mi país que han sabido resistir con denodada obstinación, dentro de las murallas del miedo, del silencio, del olvido, del aislamiento total, las vicisitudes del infortunio y que, en su lucha por la libertad, han logrado vencer a las fuerzas inhumanas del despotismo que los oprimía.

Hace un momento hablaba de un hecho que me enorgullece: el haber plasmado mi novela Yo el Supremo en el modelo del Quijote con esa apasionada fidelidad que puede llevar a un autor a inspirarse en las claves internas y en el sentido profundo de las obras mayores que nos influyen y fascinan.

“La literatura es un modo de influir en la realidad y transformarla con fábulas”

El núcleo generador de mi novela, en relación con el Quijote, fue la de imaginar un doble del Caballero de la Triste Figura cervantino y metamorfosearlo en el Caballero Andante de lo Absoluto; es decir, un Caballero de la Triste Figura que creyese, alucinadamente, en la escritura del poder y en el poder de la escritura, y que tratara de realizar este mito de lo absoluto en la realidad de la ínsula Barataria que él acababa de inventar; en la simbiosis de la realidad real con la realidad simbólica, de la tradición oral y de la palabra escrita.

Imaginé que este vicediós del Poder hubiese leído la sentencia que se lee en el Persiles: “No desees, y serás el más rico hombre del mundo”. Cervantes lo deseó todo y fue el hombre más pobre del mundo, al menos en lo material, pero volvió ricos a los hombres de todos los tiempos con su obra imperecedera.

El Supremo Dictador de la República sólo deseó el poder absoluto y lo tuvo en sus manos sin dejar de ser también el hombre más pobre del mundo, puesto que su riqueza era de otra especie. Le bastó al déspota ilustrado que el país de cuya emancipación había sido el inspirador y ejecutor fuese el más independiente y autónomo en la América de su tiempo. Aquí comenzó la contradicción de lo absoluto en el espacio de la historia que es el reino por antonomasia de lo relativo: la libertad como producto del despotismo; la independencia de un país bajo el férreo aparato de una dictadura perpetua.

Mi Caballero Andante, tocado por la locura iluminista, luchó también con gigantes y fierabrases que salían a combatirle no desde los libros de caballería, sino desde la concreta realidad de los pueblos iberoamericanos mestizos, independizados políticamente pero que seguirían siendo, por mucho tiempo aún, colonizados y neocolonizados en su vida individual y colectiva.

Místico extraviado en los laberintos de su ínsula terrestre, el solitario y adusto ermitaño de Paraguay trocó entonces su pasión jacobina en la pasión de lo absoluto, que acabó por enajenarlo en esa demencial alucinación, y se sustituyó, como lo hizo Robespierre, al Ser Supremo que había arrojado por la ventana.

“He querido crear un doble de Don Quijote, que creyese en la escritura del poder y en el poder de la escritura“

A diferencia del Quijote, la entidad ya casi ectoplasmática del Supremo paraguayo, en la historia y en mi novela, logra, sin embargo, realizar el sueño de los Caballeros Andantes Libertadores: crear una patria auténticamente libre y soberana; fundar y consolidar la autodeterminación de su pueblo. Ese oscuro abogado, ex seminarista, de austeridad incorruptible, no cobraba su salario, apenas comía, pero se permitió ignorar el ultimátum de Bolívar cuando éste le intimó a poner en libertad al sabio Amadeo Bonpland; o cuando dio asilo a su antagonista, el prócer uruguayo José Gervasio Artigas, cuando éste fue traicionado y perseguido por los enemigos de la causa americana.

Mi expectativa, en tanto autor, era ver estallar esta entidad del poder absoluto en contradicción con la ineluctable coacción de lo relativo. Pero el personaje ficticio no estalló en el encontronazo de esas dos dimensiones contrarias pero indisociables. La infinitud de lo absoluto dentro del espacio concreto de la relatividad histórica sólo era posible en la dimensión a la vez imaginaria y real de la escritura.

El protagonista de mi novela, inspirado en el personaje central de la historia paraguaya — el Supremo Don José Gaspar Rodríguez de Francia, hecho Dictador Perpetuo de la República, según el modelo de la antigua ley romana- resultó más fuerte que la muerte, porque ya estaba muerto sin saber que lo estaba.

Desde esos estados de la vida más allá de la muerte, de los que habla el Dante, desde ese solio de transmundo instalado en una cripta, donde moraba como un yacente y sombrío Dios Término, subía esa voz, ese monólogo críptico inacabable: la palabra oral dictada por el Supremo a la escritura: esa palabra que se oye primero y se escribe después, como en los grandes libros de la humanidad escritos para el pueblo para que los particulares lo lean. El pueblo se salvó, pero en el diktat de el Supremo quedó enterrada la malsana semilla del despotismo.

Rencorosos ventadores quisieron en vano arrancar la raíz de esa terrible mandrágora del poder. Una luz mala siguió poblando de fuegos fatuos las noches paraguayas y llenando su aire tenue con dictadores grotescos y paródicos. Personajes de una picaresca descomunal veteada de sangre y con olor a fiera. Cervantes no pudo soñarla porque no le dejaron conocer América, donde él soñaba que se había refugiado el último reino de los Caballeros Andantes en medio de esas soledades de selvas y ríos y desiertos y montañas inconmensurables como el mundo.

Vayamos al fin del imposible paralelo entre los dos personajes emblemáticos, entre estas dos figuras opuestas y extremas -una sombría, luminosa la otra- que quizá se toquen en algún punto en la esfera de la imaginación; esa esfera cuyo centro está en todas partes y su circunferencia en ninguna, como decía de la suya Pascal.

¿Podía hacer yo otra cosa, a la sombra del gran modelo, que imaginar un doble totalmente opuesto al carácter, a los sentimientos, a la cosmovisión renacentista y erasmiana de Don Quijote? Su locura era sabiduría (esa que Erasmo, en su Elogio de la locura, alabó en su amigo Tomás Moro con la palabra derivada de su nombre: Moira, a partir del título Encomius moryae). La locura de el Supremo Dictador no era sino alucinación de lo absoluto, obnubilación ególatra de la razón, cerrazón de la luz.

Don Quijote continúa cabalgando, “desfaciendo entuernos”, enamorado del amor, de la dignidad, de la libertad, en los que la vida y el ser humano tienen sus raíces primordiales.

El Supremo Dictador, en su cripta, con el amargo sabor de lo absoluto fermentado en la boca, dice a modo de despedida: “Detrás de mí vendrá el que pueda”. Y con la tumba al hombro comienza a errar sin término por los laberintos de la historia que lo aniquila y lo desvanece en el ruido y la furia de lo relativo.

Don Quijote, disuelto en Alonso Quijano o Quijada -del que es oriundo-, sucumbe en la mansa y resignada dimisión de su muerte. Lo vemos humillar sus banderas sobre la sólida losa del sentido común. Don Quijote, transformado otra vez en Alonso Quijano, el Bueno, inclina las banderas rebeldes de su Moira sobre la sensatez de los tópicos tranquilizadores a los que el ánima contrita se aferra en la agonía del tránsito temiendo que la muerte sea el fin de todo.

Don Quijote lo hace, sin embargo, con la última irónica y plácida sonrisa de su desvanecida locura-sabiduría guiñando un ojo al lector, a la posteridad, al mundo, sobre lo humano y lo divino, en el trascendente mutis final.

Don Quijote sabe que la muerte no es el fin de todo, sino el comienzo de una vida de imposible fin; en ella Cervantes tenía puestos su fe, su anhelo de posteridad. La posteridad no se regala a nadie, pero él supo ganarla con la plenitud y largueza que su obra merece. Cumplido ya el “paso de las efemérides de mis pulsos” -escribe en el prólogo del Persiles- “tiempo vendrá quizá donde, anudando este roto hilo, diga lo que aquí me falta y lo que sé convenía. ¡Adiós gracias, adiós donaires, adiós regocijados amigos; que ya me voy muriendo, y deseando veros presto contentos en la otra vida!”.

Con ello, don Miguel de Cervantes (desencarnado ya de su alter ego se desvanece y sobrevive en su personaje emblemático) nos da, desde el revés de la trama de la novela, su máxima y melancólica lección que brilla entre las líneas del libro y en el desdoblamiento de origen sabiamente previsto en la génesis de la obra. Lo prodigioso de esta obra radica, justamente, en esos sutiles y casi imperceptibles vínculos de todas sus partes en torno al núcleo del sistema solar de su imaginario.

Alonso Quijano o Quijada (no Don Quijote) acepta la derrota de los ideales caballerescos, admite el triunfo de los estereotipos, anula toda voluntad transgresiva, toda rebeldía, la desmesura de locas y sabias aventuras bajo el resplandor del ideal heroico. Alonso Quijano no es más que un hombre de corazón simple. Cervantes no podía abolir la existencia ya inextinguible de Don Quijote. Hace morir a Alonso Quijano, que es lo natural en toda vida humana, pero “alegrándose en profecía” — parafraseo las palabras de su última dedicatoria, escrita tres días antes de su muerte, al conde de Lemos- de que las andanzas del Quijote continuarán sin término contra follones, malandrines y traidores de toda laya.

El símbolo de esta derrota final no es entonces sino la ceniza de la que el fénix del Caballero Andante renacerá sin cesar. Muere Alonso Quijano, el hombre común, corriente y moliente, pero no Don Quijote ni tampoco Sancho, quienes -en la unidad de los contrarios- seguirán cabalgando juntos en la aventura de rescatar de las sombras el misterioso, el inagotable resplandor de la vida, de la belleza, de la lealtad, del valor, de la esperanza, de la libertad.

“Muere Alonso Quijano, el hombre común, corriente y moliente, pero no Don Quijote“

De Cervantes aprendí a evitar la facilidad de ser un escritor profesional, en el sentido de un productor regular de textos; a escribir menos por industria que por necesidad interior, menos por ocupar espacio en la escena pública que por mandato de esos llamados hondos de la propia fisiología creativa que parecieran trabajar por fotosíntesis, como en la naturaleza. ¿Serán estos llamados los que también a veces por soberbia desoímos?

De todos modos no están sujetos estos llamados a la puntual regularidad de las estaciones de cualquier especie que fueren, sino a los centros de luz y de calor de cada época de la vida; a la madurez de cada etapa en la literatura de un autor. Entre estos momentos creativos intermitentes del escritor no profesional se interponen los obstáculos del propio vivir, los imperativos de la subsistencia.

Hay también esos vacíos interiores, esos silencios tenaces que pueden durar toda una vida, puesto que se confunden con ella; silencios involuntarios, eclipses de la voluntad, visitados siempre por el remordimiento de una culpa no elegida, pero tampoco ineludible.

A causa de estas alternativas involuntarias, no puedo considerarme más que un artesano. Lo que también es mucho decir. Un artesano entregado, cuando puede -no cuanto puede, que es poco- al oficio de modelar en símbolos historias fingidas, relatos a medias inventados; historias imaginarias de sueños reales, de lejanas y recurrentes pesadillas.

Estas incursiones de la escritura tratan de penetrar lo más profundamente posible bajo la piel del destino humano, de las experiencias vividas, del siempre renovado enigma de la existencia, creando su propia realidad sin perder por ello su carácter imaginario de “historias fingidas”, como decía Cervantes, de las que él mismo escribía. Escribir un relato no es describir la realidad con palabras, sino hacer que la palabra misma sea real. Únicamente de este modo la palabra real puede crear los mundos imaginarios de la fábula.

La ficción de Cervantes se despliega así como un vasto y viviente pulular de la realidad española en todos sus aspectos, en toda su gama de matices, en todas sus capas sociales: desde los grandes de la nobleza en el esplendor de sus atributos a ese bajo pueblo color de tierra y de miseria que también da señores; de la gran figura histórica individual al pueblo como personaje multitudinario. Hay en este gran fresco cervantino desde lo dramático a lo paródico; desde lo grave a lo grotesco; desde la sátira acerba, pero siempre comedida y sin resentimientos, a la más fina esencia del lirismo del amor y del humor. Su sentido simbólico es siempre actual y futuro en función de la universalidad de la imaginación mítica, de tal modo que la mitología de los tiempos modernos no ha hecho más que confirmarlo y enriquecerlo.

“Don Quijote es la primera novela que nos muestra la escena dentro de la escena“

En este caleidoscopio colectivo don Miguel supo mirar las cosas del revés: desde el presente hacia el pasado y desde el futuro hacia el presente, en esos espejos del tiempo, de la memoria y de la premonición que se comunican sus imágenes en la Imago del mundo. Sabiduría que hizo decir a su coetáneo Gracián: “Sólo mirándolas del revés se ven bien las cosas de este mundo”.

Esta combinatoria de espejos nos muestra, en la primera novela de los tiempos modernos, la escena dentro de la escena: Don Quijote va a la imprenta a ver cómo salen en letras de molde sus próximas aventuras. Lee lo que se escribe sobre ellas. En otro libro, un personaje oscuro habla de Cervantes como de “un tal Saavedra”. Innumerables figuras atraviesan los espejos y funden la ficción con la realidad en el azogue verberante de la fantasía.

De allí salen, sin embargo, esos personajes, tan reales, a quienes uno siente que podría darles la mano en cualquier esquina del universo. Mirar las cosas del revés es como mirarlas al trasluz de la propia vida interior, llena de ojos invisibles pero visionarios. Mirar las cosas del revés, pero en su justo derecho, es lo que supo hacer Cervantes.

Entre las magias siempre renovadas de las lecturas del Quijote, hay una que no advertí conscientemente hasta mucho más tarde, ya entrado en la adultez: la ausencia de niños. No los había visto acaso porque en la atmósfera luminosa de esta obra reverbero la cosmovisión lúdica de la infancia en la primavera del mundo. El mundo niño del que hablaba Montaigne. En el Quijote los adultos son niños jugando a las fantasías de su imaginación, y quien escribió este libro es otro niño deslumbrado por la virtud transfiguradora de la ilusión.

Cervantes no pudo entrar en América, pese a que reclamó este don con esperanzada insistencia. Se lo negaron tal vez a causa de su mano malograda en Lepanto, en “la más alta ocasión que vieron los siglos”; mutilación que era para él su más gloriosa presa.

También en este sueño de los viajes, el deslumbrado visitante de Roma y de Nápoles, el ex cautivo de Argel, no pudo realizar el anhelo de su viaje a América acaso porque ya se estaba preparando para el Gran Viaje, cada vez “más liviano de equipaje”; pese a que “con todo eso -dice dulcemente después de la extremaunción- llevo la vida sobre el deseo que tengo de vivir”.

Veo a don Miguel de Cervantes Saavedra en la conmovedora y memorable semblanza del hombre y del escritor que esbozó aquí, en este prestigioso foro complutense, mi amigo Ernesto Sábato, con su inteligencia hecha de pasión y lucidez en permanente combustión. Esta semblanza nos da no solamente su figura y su genio, sino también la proyección en el tiempo de la vida feliz y desdichada que a Cervantes le tocó vivir, sufrir y escribir en perpetua esperanza y desesperanza, como si ellas fueran la esencia de la que su destino estaba tejido. Pero este hombre vivía en su milagro con humildad y mansedumbre, y de esta debilidad sacaba la energía indomable que se reflejaba en su escritura y en su rostro.

A diferencia del retrato atribuido a Juan de Jáuregui, el de Sábato parece poseer una cuarta dimensión -la realidad de un sueño fundido en sobreimpresión con la irrealidad del sueño de la muerte-, que nos transporta a la visión, a la vez real y fantástica, de ese hombre vivo en el tiempo inextinguible de su obra.

Leemos, vemos en la semblanza de Ernesto, al “tierno, desamparado, andariego, valiente, quijotesco Miguel de Cervantes Saavedra”, construyendo fervorosamente en la escritura, hasta el último minuto de su vida, las inagotables fantasías que poblaban su espíritu para brindarlas a los otros.

No pudo entrar Cervantes en América, pero sí lo hicieron sus libros llevando su presencia y su genio. Estos libros, empero, no entraron en Paraguay. La ausencia inaudita duró casi dos siglos desde la edición príncipe del Quijote, mientras las sucesivas ediciones de toda su obra invadían literalmente América.

Los hechos culturales producen a veces estas incógnitas inexplicables, estas fallas que a veces se les escapan a las agujas del azar en el entramado novelesco de los hechos históricos. De pronto, sin embargo, en algún festejo popular de Paraguay he visto a algún caballero de la Triste Figura montado en rocín flaco, con yelmo de trapo y lanza de caña de Castilla, jugando a los fuegos de San Juan. ¿Por dónde se filtraron estos fantasmas o estrellas errantes de la imaginación mítica?

He solido pensar -para encontrar las razones de esta ausencia inverosímil- que la Asunción colonial, Madre de Pueblos y Nodriza de Ciudades, según la bautizaran cédulas reales, estuvo siempre ocupada en asuntos de mucha monta para que su gente de pro (y aun la que no lo era) pudiera ponerse a leer libros de esparcimiento; esos libros de “romances mentirosos y de vana profanidad”, según rezaban las cédulas que prohibían en vano la entrada de la imaginación en América, el continente por antonomasia de la imaginación y del deseo.

Lo cierto es que el Quijote tampoco pudo entrar en Paraguay. No se lo leyó hasta después de su independencia, en 1811. La maternal Asunción tuvo que fundar y refundar ciudades (la segunda Buenos Aires, entre varias otras), las ciudades nómadas del interior perseguidas por los bandeirantes paulistas y por las belicosas tribus no reducidas. Se estableció el imperio jesuítico o República Cristiana de los Guaraníes. Estalló la Revolución de los Comuneros producida por los mancebos de la tierra en la huella de los comuneros de Castilla.

Ya en el periodo independiente, y convertida en la nación más adelantada material y culturalmente de América del Sur, una guerra de cinco años produjo la ruina total del país hispano-guaraní. A partir de este holocausto, la historia de Paraguay no fue más que una “obnubilación en marcha”, como sentencia Ciorán; una “pesadilla que arroja a la cara ráfagas de su enorme historia”, según las palabras de Rafael Barrett, uno de los grandes españoles que adoptaron el dolor paraguayo.

Alguna conseja de la tradición oral murmura en mi país que, en algún hoy de los antiguos tiempos, el Gran Karaí (señor, en guaraní) del Supremo Poder tenía en su austero y casi monacal despacho, colmado de libros y legajos, un atril proveniente de alguno de los templos confiscados.

El Supremo Dictador nacionalizó la Iglesia y promulgó el Catecismo Patrio Reformado, pues el vicediós unipersonal no sólo creyó haber implantado su reino del poder absoluto, del absolutamente poder; decidió fundar, asimismo, su propia religión acerca de la cual la copla popular ironiza festivamente. De la aventura teológica, no quedó más que el atril en el ruinoso despacho de la Casa de Gobierno. Y diz también la conseja que sobre ese atril reposaba un gran libro abierto del que colgaba hasta el piso un señalador de púrpura. La memoriosa tradición oral no dice de qué libro se trataba. A la tradición le basta saber que sabe. De que el libro era leído con frecuencia sí daban testimonio las páginas que diz que se hallaban muy sobadas y llenas de extrañas notas escritas en los márgenes. También el mar de velas en el que debió bogar el lampadario de bronce, erguido en el tenebrario.

Esas velas de una tenaz vigilia, de una perpetua vela de armas, dejaron en torno al atril una capa de lava, de azufre, de sebo, completamente recubierto de moho y de parietarias casi fosilizadas. Eso dice la leyenda acerca del extraño libro que el Supremo Dictador leía y anotaba como un antiguo monje copista, o -según yo lo presumo- como otro furtivo Avellaneda que pretendía repetir por tercera vez el libro irrepetible, sin recordar la sentencia de Cide Hamete Benengeli sobre las aventuras del Quijote: “Sólo él pudo vivirlas, sólo yo pude escribirlas”.

En la certidumbre de que no podía ser otro el libro, yo no hice más que poner, en mi novela, sobre el legendario atril, un libro, el Libro de todos los tiempos: el inmortal Don Quijote de la Mancha de don Miguel de Cervantes Saavedra, Supremo Señor de la Imaginación y de la Lengua”.

Show your support

Clapping shows how much you appreciated Cultura20-Paraguay’s story.