Paraguay mágico

Bloque C. Cultura20

CONVERSANDO CON EL COMANDANTE

(*) Richard E. Ferreira-Candia

Imagine usted a Paraguay como un gran espejo, pero fragmentado, dijo mientras tomaba su primer sorbo de café negro, sin azúcar. Yo esperaba el mío, mientras me acomodaba en una silla del altillo del Café Literario, dejando en la mesa unos libros que me había pedido prestado. A cambio, él me traía otros. Desde que no me devolvieron varios, es con el único con quien intercambio libros.

A Paraguay se le ha descripto de muchas maneras, incluso como un gran tesoro escondido; y lo es, afirmó el comandante. Agregó que sigue siendo, además, una gran isla rodeada de tierra, como dijo alguna vez Roa Bastos. Le recordé que el escritor también había definido a Paraguay como un país mágico, maravilloso, porque –decía- se conjuga en esta tierra condimentos extraños y hasta mágicos, que atrapa a su propia gente, y a aquellos extranjeros que la conocen.

En una entrevista que concedió en la década del 90, el Premio Cervantes 1989 -rememoró el comandante- describió a nuestro país de una manera simple, pero hermosa. Es la mejor descripción que escuché hasta hoy, apuntó. “Paraguay tiene una tierra de fuerza casi magnética. Se siente en la piel. Lo siente el extranjero que lo visita”, dijo Roa Bastos, para luego agregar: “El concepto de lo maravilloso y real existe en Paraguay”, pero –añadió- “esta realidad tiene una ambigüedad y una especie de misterio que rodea todas las cosas”.

La entrevista concedida a un programa español, que se puede ver en Youtube (Entrevista a Augusto Roa Bastos en “A Fondo”), muestra a un Roa Bastos enamorado de su tierra, al decir: “Todo está rodeado por un halo en cierto modo mágico. A mí, me gustaría invertir la fórmula y decir que la maravilla es lo real en Paraguay. A veces esta maravilla asume contornos, asume estas terribles formas de una pesadilla, pero sigue siendo una pesadilla maravillosa, una pesadilla de la cual nosotros tratamos de emerger como podemos a través de nuestros libros, de nuestras crónicas, no consiguiendo siempre, por supuesto”.

En esa misma entrevista, recordó el comandante, Roa Bastos hace una descripción fascinante que podemos utilizar para graficar a la propia sociedad paraguaya, dividida, principalmente a causa del estéril enfrentamiento social y político, generado principalmente por la clase política que, carente de un sentido común para priorizar los intereses de la gente, mantiene los vicios aniquiladores que tanto daño han causado lo largo de nuestra historia. Lo define como un espejo luminoso, pero fragmentado.

“Para mí el Paraguay es como un gran espejo muy luminoso que se ha roto en muchos fragmentos. Un fragmento por sí solo no tendría valor”, respondió en esa entrevista el gran escritor, señalando luego que en sus libros ha intentado “reunir esos fragmentos del gran espejo roto para que pueda volver a dibujarse la imagen profunda de una colectividad”.

El país, en la mayoría de las veces, es como un espejo luminoso roto, fragmentado, donde solo la propia sociedad es la que intenta unir esos fragmentos para que el espejo no se arruine del todo, reflexionó. A ese esfuerzo, sin embargo, no se suma la clase política que, antes de unir, genera más fragmentación.

El comandante tomó otro sorbo de café y luego siguió con su análisis: Vivimos en un ambiente en el que se quiere hacer prevalecer ideas instalando escenarios manipulados, con mensajes no genuinos, medias verdades y nada sinceros. Se escuchan discursos muy distintos y dañinos, dependiendo de la postura que se asuma, según el momento que se vive. Para un sector siempre todo es positivo, maravilloso; pero para otro, todo es negativo, calamitoso. No hay punto intermedio. O todo está bien o todo está mal, siempre dependiendo de la postura que se asuma. Hay una fragmentación dañina.

Recordamos una conversación anterior en la que coincidimos en que en los periodos de crispación política la gente espera de sus representantes, del sistema político establecido democráticamente, alternativas de solución a los conflictos, que probablemente ellos mismos generaron. Pero, lamentablemente, todo es del revés. Antes que intentar unir ese espejo fragmentado, se le rompe más.

Poco antes de irse, tomó los libros que le había llevado, los verificó para cerciorarse de que estaban todos e indicó: — Si no queremos que la crispación, esa fragmentación, sea cada vez peor con el peligro de llegar a situaciones lamentables como las que se vivieron en nuestra historia reciente, se deberá bajar las armas de la confrontación. Este maravilloso y mágico país ya no puede ser un espejo fragmentado, debe dejar de asumir las terribles formas de una pesadilla. Tiene que convertirse, definitivamente, en el espejo luminoso del que hablaba Roa Bastos, para que tenga un mayor valor. Eso.

(*) Periodista, analista y docente. Artículo editado, publicado por primera vez en el diario La Nación, con el título “Espejo fragmentado”.

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