La Vida del Inuit Sobre La Superficie de Quaoar.

La mayoría de los cubewanos se encuentran entre la resonancia orbital en proporción 2:3 con Neptuno (habitado por plutinos) y la resonancia en proporción 1:2.

50,000 Quaoar, por ejemplo, tiene una órbita casi circular cercana a la elíptica.

Los Plutinos, por el otro lado, tienen órbitas más excéntricas, acercando a algunos de ellos más al Sol que a Neptuno.

La mayoría de los objetos (la tan llamada “población fría”), tiene bajas inclinaciones y órbitas cercanas al círculo.

Una población más pequeña (la tan llamada “población caliente”) se caracteriza por órbitas altamente inclinadas, más excéntricas.

50,000 Quaoar, es un objeto del cinturón de Kuiper, más o menos la mitad del tamaño de Plutón, con un diámetro de 1110±5 km. Es lo suficientemente grande y lo suficientemente masivo para ser, probablemente, un planeta enano.

Su órbita en el cinturón de Kuiper no está en resonancia con Neptuno, lo que significa que es un Objeto Clásico del Cinturón de Kuiper.

Quaoar.

Quaoar.

Quaoar tiene sólo una luna conocida; Weywot.

Quaoar fue descubierto en 2002, y su luna en 2007, por un antropólogo llamado Rasmussen. Fue llamado en conmemoración de la deidad creadora Tongva, y su luna, en conmemoración a su hijo, Chinigchinix.

Chin ginch n gish, también conocido como Quaoar.

Chinigchinix nació, o apareció por vez primera, después de la muerte de Wiyot, una tiránica gobernadora de los primeros seres, que fue envenenada por sus hijos. El asesinato de Wiyot trajo la muerte al mundo, y como una consecuencia, el creador masculino Noche dividió a los primeros ancestros de los humanos en grupos distintos, asignándoles a cada uno lenguajes y territorios diferentes.

Inuit significa “Las Gentes”

El cosmos de los Inuit no está gobernado por nadie. Ya no existe Wiyot, ni ninguna otra figura de madre divina, ni tampoco una figura de padre divino. No hay dioses del viento ni creadores de soles. No hay castigo eterno en el más allá, de la misma forma que no hay castigo para los niños ni los adultos en el aquí y ahora.

El entorno en el cual los Inuit vivían, inspiró una mitología llena de historias de aventura y cacerías de morsas.

Entre los Inuit, existe un sanador espiritual que se llama Angakkuq. Los deberes de Angakkuq incluyen ayudar a la comunidad cuando los animales marinos, encerrados por Takanaluk-arnaluk, o La Mujer del Mar, en un pozo en su casa, se vuelven escasos, de acuerdo al Aua, un informante y amigo del antropólogo Rasmussen.

Los Inuit del Lago Amitsop, un rico campo de pesca, tenían prohibiciones por temporada, y otras, a la hora de coser ciertos objetos.

Las suelas de los zapatos, por ejemplo, sólo podían ser cosidas muy lejos de los asentamientos, en lugares asignados.

Qué tipos tan locos.

Los niños de Amitsop, alguna vez, tuvieron un juego llamado Tunangusartut, en el cual imitaban el comportamiento de los adultos hacia los espíritus, incluso recitando las mismas fórmulas probadas mil veces por Angakkuq, aunque el hombre estuviese en el otro extremo del planeta Quaoar.

O fuera de él, flotando por el espacio, mirando hacia atrás y pensando “Qué redondo se ve, qué redondo suena, qué redondo se siente. Quaoar. Quaoar. Quaoar.”, mientras vibraba en ondas circulares, de las que recorren el espacio como un círculo dentro de otro.

De acuerdo con el antropólogo Rasmussen, éste juego no era considerado ofensivo, porque “un espíritu puede entender la broma.”

Mientras humanos de otras civilizaciones poseen guardianes con poderes protectores, los Netsilik tienen creencias tradicionales en que las dificultades de la vida emergieron del uso extensivo de tales medidas.

A diferencia de los Iglulik, el pueblo madre de Angakkuq, los Netsilik usan una gran cantidad de amuletos. Poderes de protección de burbuja pequeña, tamaño personal. Independiente.

Los Igluic quizá llegarían, eventualmente, a tener una ventaja evolutiva sobre sus vecinos pero, por el momento, la historia que nos concierne, por suerte, nos aleja de tan sanguinolentas imágenes.

Incluso los perros tenían que llevar amuletos. En una instancia documentada por el antropólogo Rasmussen, un chico llevaba ochenta amuletos. Tantos, que difícilmente podía jugar.

Jugar, también, es una emergencia evolutiva. Las neuronas conectándose entre sí, aburriéndose, y preguntándose cómo hacer para ser estimuladas de una forma nueva, dando así la bienvenida a la creatividad.

Quizá, la creatividad llevaría a los Igluic, eventualmente, a tener una ventaja evolutiva sobre sus vecinos pero, por el momento, la historia que nos concierne, por suerte, nos aleja de tan idílicas alucinaciones.

La historia que nos concierte, ahora, es la que ata, como delgados hilos de algodón, a Angakkuq y al antropólogo Rasmussen.

Delgados hilos del color de la sangre, quizá.

Quizá el Entrelazamiento Cuántico los obligaba, tiránico, a obedecer sus órdenes de girar, sin parar. Sin principio ni fin, atrapados sin salvación alguna en el presente, impaciente. Parte de una red inefable de dúos similares, atrapados todos en la cruel maquinaria del destino determinista.

Es inseguro a dónde nos pueda llevar esta historia, os advierto, porque se escribe en la marcha, sin un momento siquiera infinitesimal, micronésimo o femtomileal, de pensar o de planear o de caer decididamente en un proceso de introspección.

Un hombre en particular — comenta Rasmussen, mientras comparte una bebida ligeramente luminosa con Ankakkuq, inmersos en un espacio no-real construído a partir de los pensamientos somnolientos de ambos, de tú y yo — , había tomado los diecisiete nombres de sus ancestros y pedía que les protegiesen. El hombre me comentaba, así en una noche como esta, de tú a yo, que su Primer Ancestro era una esfera dorada, que solía orbitar alrededor de Quaua en noches como esta. ¡Una esfera dorada! ¡Qué maravillosa visión!

Angakkuq detuvo entonces el flujo de palabras, de ideas, que fluía desde las puntas de sus manos hacia el exterior, hacia la Red Eléctrica del Pensamiento.

El tiempo que proveía su droga, la droga que le proveía sentido al tiempo, se había agotado.

Angakkuq se sentó en el suelo entonces, y pensó en un círculo cómodo sobre el cual dormir, que se apresuró a materializarse bajo él. Y, mientras se iba quedando dormido, Anqakkuq pensó en el antropólogo Rasmussen, el músico Rasmussen, el multifacético Rasmussen, el matemático Rasmussen, el baliarín Rasmussen, y, a través de un complejo proceso de identificación de patrones, descubrió con asombro que Rasmussen era uno de sus hermanos, hijo, como todos los Inuit, de ninguna tiránica gobernadora, de ninguna figura femenina divina, de ninguna figura masculina divina. Definido solamente por la forma en como se organizaban sus células que piensan.

“Ahora, me permitiré un espacio y un tiempo para la nada.”

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