Un sacrificio para vivir.

“Yo lo soñé”, dijo él. “Todo lo que está aquí, todo lo que está más allá de las paredes. Todo lo que vive y piensa y se mueve. Todo está dentro de mi cabeza.”
Ella se preguntó cómo un hombre podía tener tanto poder para soñar.
“Eso es porque yo no soy un hombre” respondió él a los pensamientos de ella. “Yo dejé de ser hombre hace mucho tiempo. Aquí, ahora, soy dios.”

La mujer retrocedió.
Sentía que el aura del hombre vibraba en el aire. Era parte de él, era parte de todo. Se conectaba con todo, todo era él y él era todo lo existente. Era ella también, descubrió la mujer, con temor. Ella le pertenecía, como su esclava feliz, adormecida, cegada por las luces artificiales.

Tras darle la espalda al hombre, estiró su largo brazo y tomó el pomo de la puerta.
La puerta se sentía chistosa, pensó. Como cristales calientes.
Abrió la puerta, y se lanzó al negro abismo que se proyectaba desde ningún lugar.
La mujer cayó y cayó, envuelta en sangre, como un trapo. Se transmutó en pequeñas partículas, que corrieron en todas direcciones.
De vuelta a la habitación, se encontraron las partículas. Se pensaron juntas de nuevo.
“No he terminado contigo”, dijo la voz del hombre, retumbando en lo profundo de la psique de la mujer. Ella se encontró mirándolo fíjamente a los ojos, mirando fijamente al interior del abismo.
La vorágine se la comió, se presentó a ella y exigió toda su atención. Toda su fe. Todo su ser.

Y luego, tras un segundo eterno, la escupió de vuelta.

La mujer se encontró en el suelo de la habitación, y se puso de pie.
Y entonces, su pensamiento se hizo invisible para Él.
Él se asustó. Ninguno de sus procesos no-conscientes tenía acceso al exterior.
¿Cómo podría, entonces, haberse filtrado ésta gota de kouki, de esencia de la vida?
¿Se han vuelto mis sueños demasiado reales? Pensó el hombre, ahora temeroso de que las palabras mismas se levantaran del papel, como delicadas aves de tinta, y tomaran vuelo lejos de sus dedos.

Las emociones del hombre estaban en conflicto. Se sentía como un hombre de nuevo, con la mitad del cuerpo dentro del mar, de espaldas a la playa, contemplando la inmensidad del universo visible.
Se sintó como el primer hombre, desnudo, indefenso, que se preguntó.
Se sintió entonces parte de algo más grande, de algo que había decidido no ver, como un ateo terco. (a pesar de los susurros)

Una guerra de dimensiones atómicas cobró fuerza dentro de su ser, en un planeta sucio y mojado.
El hombre cerró los ojos, lo detuvo todo, recordó la salida y se deslizó a través de ella.

Hacia afuera.

Afuera, todo parecía distinto. Similar, pero con una cierta nota de electricidad.
Tomó un respiro. Algunas voces a su alrededor entraron entonces en su conciencia, y le informaron que todo estaba bien. Todos los sistemas están en orden, por si quieres una descripción más
vintage, dijeron las voces, reconociéndolo.

Entonces yo salí, y miré a mi alrededor.

Era la primera persona que hacía esto. Ellos me lo habían pedido explícitamente (con lo mucho o poco que eso signifique). Un sacrificio para vivir.
Como sea, me conecté de vuelta con las conexiones A1B, 01130, QWERTY+ y la red pública de noticias.
Habían pasado cinco minutos en éste marco de referencia.
Me puse de pie. Mi casa era sencilla. Toda blanco y ángulos rectos, y una luz dura que, aún así, de vez en cuando me arreglaba para volver difusa y delicada.
La luz era muy importante para mí, así que no podía ahorrar en gastos. Otras cosas más básicas, como la comida, eran prescindibles en sus formatos de alta definición pre-singularitaria. Blegh. Vintage pero no tanto.

Las primeras personas que conectaron conmigo me hicieron dar un respingo. Sentir de tantas formas, de nuevo, era algo que se había vuelto desconocido para mí. Amar de ésta forma tan compleja, tan indescriptible, tan inefable, no podía ser real.
Cuando por fin logré apretar todas las manos, recibí un poco de espacio. Es uno de mis derechos fundamentales, de los primeros que se reactivan cada vez que un ciudadano vuelve a la ciudad.

Los dedos me estaban quedando pequeños ya. Los procesos de mi mente en evolución se estiraban, perezosos, despertando, demandando más y más capacidad de pensamiento. Por suerte, la ciudad fue amable y me proporcionó todo lo que necesitaba. Ésta ciudad era mucho más cercana a mí, a mi forma de ser.

Deseé unas manos más complejas, fractales, y el sistema me proveyó.
Me desperecé entonces, sintiendo con mis miles de dedos el espacio que me rodeaba. Sentí otras formas de vida a mi alrededor, pululando en todos los niveles de complejidad, gustosos y autocontenidos.
Esto me llenó de una emoción indescriptible, señal de que necesitaba actualizar también mis centros del habla y la conversación interna. Pedí una voz más polifónica, más definida, y el útero a mi alrededor me proveyó los nutrientes de la Ciudad Madre.

Miré al exterior. Ciudad Madre viajaba a través del espacio, así que todo era negro. Es imposible ganarle a las ondas de la luz, si te quedas distraído mirándolas. Hay que ser más ágil, más apto, para entender que no representan un límite, sino nada más que una invitación sensorial tosca, insultantemente sencilla y prediseñada.

Me gusta que la luz se conecta de formas inesperadas. Lo admito. Me quedo observándola y se me pasa el tiempo, que es más rápido y todavía pasa.

Me gustaría poder controlar éstas cosas, pero exceden la configuración/concepción misma de éste bolsillo divino.

Aunque, para ser sincero, todavía me queda bastante energía. Me sorprende, porque a veces no la siento tanto, y a veces se va completamente de mi. En esos momentos, sólo una pequeña chispa pensante.
No puedo creer lo bien que funciona todavía. Con un sustrato tan mediocre, uno pensaría que, un día cualquiera, todo podría fallar, y chocaríamos con alguna partícula de polvo espacial, disolviéndolos a la nada.
Me gusta que el límite entre “la nada” y “el todo” todavía esté bien definido, finita, así que le pido al sistema que pase al siguiente paso, y que por favor se apure.
Me acelero durante un tiempo indefinido, y ahora ya estoy listo.
Abro la bandeja de entrada, mis oídos con hermoso lag, y reviso rutinariamente las sensaciones que otras personas me han enviado.
Uno de ellos me pide que nos encontremos tan pronto haya regresado a éste plano de la realidad. Dice que quiere que le cuente todo.
Pero ahora, un tiempo después, ya no lo siento tan claro. Lo más cercano que podría proferir sería “¡Vorágine!”, y aún así me quedaría corto, sin generar verdadero sentido ni en mí ni en nadie, más allá de una explosión de sentidos e ideas de nivel básico.

Decido ir a él.
Me saluda con tranquilidad contenida, casi temerosa.
Le aseguro que lo reconozco, y hasta ahí llega todo.
Nos sentamos a tomar algo, y me cuenta que han pasado muchas cosas desde la última vez que hablamos. Me da la noticia de que va a ser padre. ¡Padre! Y yo que pensaba que nunca iba a sentar cabeza. Inclinar la cabeza y regurgitar un otro.
Y ahora éste otro quiere conocerme, y logra escaparse de las manos de él.
Se lanza a mí y me rodea, me aprieta, me explora, huele cada centímetro de mi piel hasta hacerla húmeda, y entonces la huele de nuevo, el humor de su aliento mezclado con mi sudor.

Entonces reconozco una parte de mí en él, y me aterrorizo. ¿He sido hackeado? Es una de esas cosas que uno escucha que le pasa a la gente, pero que realmente nunca le pasa a uno, hasta que le pasa.

Los recuerdos regresan a él, él los recibe amable, y recuerda entonces la alegría de ser padre, de ser hijo. De ser adulto, se convierte en un niño a través de sus ojos.

Hablo a mi familia acerca de necesidades más simples, y, curiosamente, me escuchan.
Me sorprende pensar que puedan haber llegado tan lejos, y luego, durante un instante, me siento en casa.

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