Hurry Up and Wait! es el título de la fotografía tomada por James Steve.

Ya no lo volveré a ver a usted.

Como de costumbre, iba leyendo un poco de regreso a casa en el metro de la Ciudad de México, de dirección Universidad hacia Indios Verdes. Una mujer de unos 50 a 70 años subió a una señora ya más anciana, de unos 80 u 85 años. La verdad es que las vi muy unidas, hasta llegué a pensar que eran familiares, o algo por el estilo.

El asiento reservado lo ocupaba un joven que se veía cansadísimo, pero al ver a la anciana se levantó rápidamente y le cedió el asiento.

— ¡Muchas gracias, joven! ¡Qué cortés es usted! — Respondió la mujer que hablaba con la anciana; mientras una muchacha que estaba al lado mío, permitió que se sentara junto a mí.

De pronto la anciana se levantó, se despidió de la mujer que la había acompañado al principio, que a su vez respondió con un Dios me la guarde.

— Esa mujer tiene una fuerza increíble. Fíjate que viene desde Puebla al Hospital General para hacerse unos estudios clínicos, y después se va, solita. —

— ¡Oh! En verdad pensé que usted era su hija — respondí.

— ¿Yo? ¿Su hija? No, qué va. Me la encontré buscando un autobús para el Hospital, pero bien sabes que aquí no es tan sencillo. Así que la acompañé para que encontrara el camino. —

— Debo decir que usted fue muy gentil en acompañar a la anciana. —

— Yo también estoy anciana. Pero cuando fui joven disfruté mucho de la vida, conocí muchachos que fueron muy lindos conmigo. ¿Verdad que ha cambiado todo? Eran muy sanos, siempre sus respectivas mamás les ponían un sandwich y una manzana, y órale, vámonos a la escuela o al trabajo. Hace un par de días me encontré a unos jovencitos comiendo unas papas y un refresco ¡Pero estaban entradísimos! Yo les dije que por favor se comieran una manzana, porque les iba a hacer daño. —

— Créame que en la Universidad es lo más común; algunas papitas, algunos taquitos de canasta con una buena coca. Mamá me tiene mucha atención y aún me pone mi lunch, que con hambre me sabe a gloria. —

— Sí, ya con hambre todo sabe bueno. Yo crecí en pobreza, así que los frijoles y las tortillas me tienen un poco asqueada; por eso trabajé tantos años para mejorar un poquito la vida. Gracias a Dios ya me jubilé. Aunque mi esposo no se ha jubilado, a él le gusta andar… ¿Cómo se le dice? De rabo verde; y ya mis hijos me dijeron que lo dejara, que ya estaba grande. Bien sé yo que su única obsesión es verle la minifalda a las muchachitas. —

Esa sección del vagón iba poniendo atención y riéndose a escondidas de la divertidísima plática de la mujer. Ella se percató de ello, y puso atención en el joven, posiblemente estudiante, que le había cedido el asiento a la anciana.

—Todo ha cambiado. Antes nos íbamos a la Merced en uno de esos camiones largos; cuando subíamos las mujeres y las señoras, los varones se levantaban y con una coqueta sonrisa nos decían: Siéntese, bella dama. Ahora les vale a los jóvenes, se hacen los dormidos cuando llega una dama o una anciana. Hace 3 semanas vi a un adolescente que se hizo el dormido, y por mas que le pisaba el pie con mi bastón, nomás no se quitó. — Dijo la mujer.

— Es cierto, los valores se han perdido; ya no hay respeto por los ancianos o aquellas personas que están muy cansadas. Que coman mis dientes y no mis parientes. — Respondí.

— ¡Y no te he contado! Hace un mes me subí al trolebús, creo que cuesta como 4.50. Yo siempre me subo en los de 3 o 4 pesos, pero como llevaba prisa y tenía dinero, me di el lujo. Fue una barbaridad cuando me subí; los conductores del trolebús y los camiones amarillos siempre son más déspotas y desgraciados: Un jovencito de unos 18 años se veía muy cansado, quién sabe qué le habrá pasado, quizá se murió un familiar, qué triste, ¿verdad? Entonces se subió en la parte de adelante porque había un asiento disponible. El conductor lo mandó a la parte trasera, sin ver la condición del pobrecito. Todos lo vimos con una mirada de hijo de la chingada, pero nadie se atrevió a decirle nada. Yo me levanté y le dije: Yo ya no lo volveré a ver a usted, pero déjeme le digo… —

De pronto el bullicio de las personas enmudeció a la señora, y se percató que ya había llegado a la estación Hidalgo. Ya no supe qué le dijo al conductor del trolebús, en verdad me quedé con la intriga. Salió deprisa (los flaneurs conocen la importancia de correr en el metro) y desde fuera me gritó: ¡Que Dios me lo guarde! Asentí con la cabeza y pensé: Que Dios también me la guarde.

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