El hijo de Antonio Reyes

Estaba yo pensando si sería interesante contarte esto que me pasó el otro día. Algo que en realidad no mucha gente le daría la misma importancia. A veces parece que me basta con salir para vivir situaciones surrealistas. Mi madre siempre me ha dicho que es debido a mi comportamiento, es como una especie de problema de actitud o algo así. No sé, a mi me parece que no podemos controlar todo, que tenemos que dejar que la vida nos dé según que sorpresas. Sufrir las desgracias y vivir con dignidad. Intentar perseguir ese ansiado criterio que parece escapar como si fuera una zanahoria atada a un palo.
Me pasó haciendo la compra en Mercadona. Mientras pedía una dorada en la pescadería y me concentraba en no perderme con mi turno y el papelito de color rosa que lo portaba. Y yo solo hacía mirar el número. Porque soy muy torpe para este tipo de cosas. A veces el dependiente pasa varios números y yo me pierdo en su voz, en esa prisa que le entra por pasar y pasar, como si así evitara echar el jornal. Como si pudiera cambiar el tiempo y trasladarse automáticamente al sofá de su salón, a ver un partido de fútbol, a comentar mientras cena con su mujer que cosas le han pasado en el trabajo; a vivir.
A veces es triste comprar en un supermercado tan limpio y luminoso. La gente no observa las caras de los demás cuando va a estos sitios. Yo tengo el defecto de observarlas y preocuparme por ellas, y eso me agobia. Ese día estaba pendiente de la señora que tenía a metro y medio de distancia. Ella parecía estar mas pendiente de mí que de su número. Y yo la observaba a ella, al número y al pescadero, que seguía empujando los turnos con su pesada voz.
Y justo cuando faltaban unos cinco números para que me tocara el mío la señora se acercó y me habló. Tenía un peinado de esos que gastan un bote entero de laca. Y también portaba unas grandes gafas de sol que le tapaban los ojos y la mirada. Pero no sus labios, que permanecían muy juntos. Y los surcos que llegaban hacía estos labios como si fueran unas rías, se hacían cada vez más profundos. Me quedé mirando aquel gesto, el único gesto natural que no había sido cubierto en su cara por sus grandes gafas de sol. Y esperé hasta que se arrancó.
La mujer me preguntó si yo era el hijo de Antonio Reyes. Y yo inmediatamente le dije que no, pero también le dije que mi padre era Jose Antonio, pero que en mi casa no había ningún apellido Reyes. Y la mujer se puso la mano en la boca y me miró con cara de incertidumbre. Pero a mi me resultó tierno, porque me parecía tan natural lo que me había dicho que quise explicarle que ya me habían confundido antes con un Reyes.
Ella me miró atentamente y me dijo que me parecía mucho al hijo de su amigo Antonio Reyes. Que era un amigo que tenía ella desde hacía años, que hablaba siempre de su hijo y decía que era muy alto y muy guapo.
En ese momento creo que pudo ver como mi cara cambiaba. Y yo de pronto me mostraba más simpático, porque la señora mayor me había dicho guapo indirectamente. Y es que cuando una señora mayor te dice guapo, no puedes evitar mostrarte tierno y simpático. De pronto dejé de odiar al mundo y quise seguir hablando con aquella mujer, que parecía preocupada.
La mujer tuvo que sincerarse y me dijo que su amigo Antonio Reyes había muerto en al accidente de tren de Galicia. Y que hacía tiempo que no veía a su hijo y yo le recordé a él.
Y en ese momento me quedé planchado allí mismo. Me bajé del mundo y dejé de escuchar la voz de el hombre de la pescadería, que seguía allí hablando con las señoras que querían comprar pescado, que le pedían que se lo abriera y le quitara las tripas. Se me pasó por la cabeza el accidente y las familias. Y de pronto la vida me parecía efímera y un macabro error.
Le dije que eran “las cosas de la vida”. Y le dije eso porque no quería seguir hablando con aquella señora tan natural y simpática. No quería seguir escuchando su voz agradable. Quería saber más sobre el hijo de Antonio Reyes. Saber que le había pasado, como había llevado su vida, si había estado muy unido a su padre. Si le había dicho todas aquellas cosas que no decimos a nuestros padres en vida. Si había aprovechado la vida y no vivía el drama que vivo yo ahora mismo, con mi día a día. Con estas cosas que escribo que parecen tan tristes. Con este día a día que me pesa sin este blog. Con estas ganas de encontrar otros seres humanos que me comprendan y me quieran.