El caso del coño en la pared

“Así, el plomo es la parodia del oro.
El aire es la parodia del agua.
El cerebro es la parodia del ecuador.
El coito es la parodia del crimen.”
-Georges Bataille-
-¿Cómo es la onda de estar vivo? ¿Se supone que tengo que meterme cosas en la boca y emitir símbolos?-dijo la forense, Ritz. Suiza Marxo ignoró el comentario para centrarse en las manchas de semen que decoraban la pared blanca de la habitación. Se sentía perturbado; aquella ominosa casa le provocaba una irremediable tristeza mental que ningún acicate de la imaginación podía desviar hacia forma alguna de lo sublime. ¿Qué era –se detuvo a pensar-, lo que lo desalentaba en la contemplación de la Casa del Coño en la Pared? Misterio insoluble; era posible, reflexionó, que una simple disposición diferente de los elementos de la escena, fuera suficiente para modificar o quizá anular su poder de impresión dolorosa. Y sin embargo la casa tenía vagina; una perfecta máquina de reproducción y placer, con sus terminaciones nerviosas y formas rugosas.
Lo que fuera que hubiese pasado en aquel lugar, durante las horas previas, era escalofriante. Los cuerpos encontrados alrededor de la casa estaban secos; eran masas de carne sin órganos que se desparramaban por el suelo. El principal sospechoso: Manolo Del Posque, un viejo conocido de Suiza que había viajado desde España en su adolescencia y cuyos padres eran ricos. Los cuerpos fueron encontrados alrededor de su condominio, cuando un grupo de vecinos se acercó ante los disturbios generados por una comunidad jipi, que intentaba hacerle reiki a los cadáveres. Las palabras de Del Posque, esa misma mañana, parecían producto del delirio típico de los ricos para eximirse de sus responsabilidades: — Cuando pensé en una casa inteligente-le había confesado a Suiza-, nunca creí que tendría genitales. ¡Fue el coño! ¡Juro que fue el coño, tío!-.
Aparentemente, Del Posque había pasado los últimos quince años conviviendo con comunidades jipis y clubes nudistas; dejaba sus lujosos autos en algún estacionamiento cercano a los campamentos, para luego presentarse en bicicleta ante sus nuevos amigos. En la entrevista, Del Posque aseguraba que la vagina en la pared, la cual él juraba no haber penetrado jamás, necesitaba ser atendida. La casa estaba contaminada de una atmósfera densa y quebradiza; en sus sueños, la vagina le susurraba que necesitaba gente para dar vida a aquellas paredes. Del Posque trabajó el tema con analistas y decidió sincerarse con sus amigos jipis, llevándolos a vivir alrededor del jardín. Primero fueron dos, luego tres, y, lentamente, las comunidades que había conocido a lo largo de su vida se acercaban para tener contacto con aquella atracción. Allí, fue cómplice del terror: la casa tenía una vagina insaciable; se los chupaba lentamente, consumía su energía vital a partir de sus genitales, luego del resto cuerpo y los secaba hasta dejarlos en el suelo, como masas de carne putrefacta. Los cuerpos se habían secado al sol, y algunos otros habían sido utilizados por la comunidad jipi como decoración o comida. –No pude detenerla- confesaba Del Posque entre sollozos-, después de cada amigo perdido, la casa se veía radiante y estética. La ropa se lavaba sola, la distribución de los muebles respetaba la sucesión Fibonacci y mejoraba el contraste de las fotos familiares; incluso dentro de ellas, todos se veían más felices. Es lo que siempre quiso mi madre de mí: que tuviera buen gusto.
-“La vida es una larga carrera en la que se busca llenar la mayor cantidad de hoyos posibles”-, recordó Suiza que decía su padre con respecto al Golf, pero también era aplicable al sexo. Después de todo, ¿No se trataba también de un deporte? –No es un deporte-respondió Ritz, y Suiza supo que estaba hablando en voz alta otra vez.
Un grupo de jipis junto a la puerta, esperaba en fila para ingresar; dos de ellos hablaban sobre el patriarcado y que era importante que los hombres sensibles lloraran; el resto, reposaba en el pasto, extasiados ante las formas de las nubes en el cielo. -La casa es amor hermanito, no propiedad privada- vociferó uno de ellos-. Suiza hizo una señal, y el policía que los acompañaba dio un portazo. -¿Tengo que usar forro? –, preguntó el policía-, ¿La casa tiene enfermedades venéreas?
-No, usted no vino aquí para eso-dijo Ritz en seco-, y Suiza añadió: -Casi nadie lo usa; por eso el estado líquido de la pared, y las manchas. En cuanto Ritz se distrajo, el policía hizo lo que Suiza esperaba que hiciese: sacó su pene y, mirando en todas las direcciones para no ser descubierto, penetró la vagina en la pared. Las sospechas de Suiza se habían confirmado: el cuerpo del policía se consumió lentamente y luego del orgasmo- se dio en unos escasos 123 segundos- se derritió casi de inmediato. La casa había sufrido en el breve transcurso algunos temblores bruscos que la habían tornado más colorida, pero no mucho más. — No está satisfecha- dijo Ritz con empatía.
Suiza inmutable, se puso los lentes para observar los labios vaginales con atención. -¿Se la vas a poner vos también?-inquirió Ritz-. Suiza no dijo nada; para él, el sexo no era más que un mero intercambio de fluidos e información. -Debe haber una explicación metafísica para todo esto-retrucó Ritz-. Suiza masajeaba el clítoris en la pared, con desinterés; -no la hay- respondió mientras corría los labios de la vagina,- sólo hay estímulo y respuesta. Una vez que acabe, estará lista para empezar el ciclo otra vez, ad infinitum.
-Estás frotando demasiado fuerte, Suiza. Eros y Tánatos conviven en ese clítoris. Habrá placer, pero usted morirá. Esa energía no es femenina, es la energía de una casa que pertenece a alguien.
-Se equivoca, Ritz. Las vaginas tienen dos modos de acabar: por clítoris o coito-. Marxo no era supersticioso pero respetaba los dominios de la tecnología. Y el clítoris, en sus anotaciones personales, era considerado una pieza sofisticada de la ingeniería corporal. La casa era masturbada con fina precisión, mientras explicaba el procedimiento: — Se trata de un sistema móvil, flexible y rítmico. Único órgano creado para el puro placer. Su riqueza en terminaciones nerviosas hará que la descarga sea letal. Voy a llevar a esta casa al multiorgasmo-. Suiza sabía que la casa esperaba su pene, pero no se lo daba y eso la ponía más loca. Lamió entonces cada pared, cada hendija, cada picaporte, provocando a cada imperfección arquitectónica para así llevar a la casa a sus propios límites.
Y entonces, la vivienda se contrajo. Ritz cayó al suelo, mientras las paredes se plegaban sobre sí mismas para estallar de placer. La vagina se comía todo a su paso.
De aquel aposento, de aquella casa inteligente, Suiza y Ritz huyeron aterrados. De pronto, surgió en el sendero una luz extraña y se volvieron para ver de dónde podía salir fulgor tan insólito, pues la vasta casa y sus sombras quedaban solas a sus espaldas. El resplandor venía de la luna llena, roja como la sangre, que brillaba ahora a través de aquella fisura casi imperceptible dibujada en zig-zag desde el tejado del edificio hasta la base. Mientras Suiza la contemplaba, la figura se ensanchó rápidamente, pasó un furioso soplo del torbellino, todo el disco del satélite irrumpió de pronto ante sus ojos y su espíritu vaciló al ver desmoronarse los poderosos muros, y hubo un largo y tumultuoso clamor como la voz de mil torrentes, y a sus pies el profundo y corrompido estanque se cerró sombrío, silencioso, sobre los restos de la Casa del Coño en la pared.
-Todos los coños van al cielo-dijo Ritz con fulgor, y una lágrima cayó de su ojo izquierdo-.
-Todas las vaginas son biodegradables, menos las de plástico-replicó Suiza, y ambos se perdieron en los límites de la ciudad.
*Publicado originalmente en Femme Fetal Nro 4/Otoño (2017)
