Trompetistas del Falopio
(Organización Secreta de Vientos Intrauterinos)

“From Fables day Descending into Fact’s cold weighty might (…)
I am the dream that waking does not end.”
-Promethea-
Alan Moore
Nerina se erotizaba con la brisa que antecede a la primavera. Era el movimiento de los vientos, la disposición de la humedad que se evaporaba en las baldosas; pero sobre todo, las sombras sigilosas que cada noche tomaban la ciudad. Eran los ejércitos de la Nueva Belleza, que con elegancia felina, transitaban las terrazas y se hacían escuchar a propósito, induciendo el temor y alimentando el imaginario de los noctámbulos. Nerina acomodó los peluches entorno a la cama, como si se tratase de un anfiteatro cuyo centro era su cuerpo desnudo y cerró los ojos, asustada y excitada a la vez. Desde pequeña, mientras sus padres cenaban en el comedor, ella se tocaba ante la mirada juzgadora de los ositos, jirafas y elefantes. La Corte del Peluche la cuidaba desde entonces; eran los voyeurs de su conciencia autoerotizada.
Del otro lado de la puerta, en el pasillo, Víctor, su viejo compañero de la universidad, golpeaba la puerta y observaba por la mirilla, como en las tres últimas noches anteriores, aquello que su masculinidad no le dejaba comprender; como en cada noche anterior, gritó su nombre-Nerina- y golpeó la puerta, sollozando luego de masturbarse. Nerina le abrió y Víctor la abrazó; después, le dijo:-No entiendo que es esto, Neri, pero por favor volvé.
Mientras él se arrodillaba y lloraba a la altura de sus pechos desnudos, ella le acarició la cabeza con las manos. -Sos un nene- le señaló Nerina -, un nene herido, pero esto que estoy haciendo te va a liberar a vos también.
Por la cabeza de Víctor, tipo culto e inteligente, desfilaban los modelos de hombres que ahora lo hacían sentir impotente: Burt Lancaster, Marcello Mastroianni; tipos recios, reflexivos y que como él, ya habían agotado sus fuerzas vitales pero no se habían atrevido a exhibir una lágrima. Nerina no era la misma que hacía tres años, cuando se conocieron estudiando psicología y escondía sus curvas bajo la timidez y elocuencia retórica. Con frialdad, ella le soltó la mano y dijo: — Victor, si querés mirá desde afuera, y es todo lo que podés hacer-.
No hacía falta que lo dijera; él sabía que era una batalla perdida. Debía aceptar su rol pasivo en la situación. Nerina practicaba extraños rituales sexuales y le aseguraba que en realidad la magia había sobrevivido encubierta a través del psicoanálisis que, por otro lado, era magia racional. –Los primeros psicoanalistas lo sabían, pero después la relación con la magia se perdió y se volvieron analistas de manual-solía decir ella-, el lenguaje es la base de la magia y la libido el portal entre la vida y la muerte. Nerina sabía que los hombres tenían buenas intenciones, pero eran muy primitivos; se habían escudado en la ciencia para enterrar la magia, que ahora volvía con más fuerza.
Acompaño a Víctor de la mano hasta la salida, como si este fuera un niño, y le cerró la puerta en la cara. Horas antes, también se había deshecho de los detectives Suiza Marxo y Diana Ve, quienes la habían indagado; su nombre estaba en una lista de invitados del desfile del Übertraven, pero ella demostraba haberse quedado en su departamento. Lo que los detectives no sabían, era que a lo largo de la ciudad, los Trompetistas del Falopio venían practicando, corriendo por las terrazas desde hacía décadas, eligiendo a las parteras para el advenimiento del Sin-Falta. Algunos habían sido entrenados en el Tibet; otros, en templos Shaolin. Provenían de la antigua Organización Secreta de Vientos Intrauterinos; músicos alquimistas que inducían el nacimiento de ideas a través de la historia. Eran silenciosos si así lo deseaban; susurraban a quienes estuvieran atentos; y ella, una noche de diciembre, los había escuchado y, desde entonces, la habían preparado para este momento.
En sus fantasías, Nerina había sido poseída en las noches por ese incubo que era el Gran-Otro, el Gran-Anónimo; Juan N.Verdad, Payaso anarco-travesti. Paulatinamente, las imágenes cedieron hacia otros sentidos, y las vibraciones del aire, en combinación con la música de los Trompetistas del Falopio, la habían hecho tener multiorgasmos en los que podía sentir a cada una de las parejas sexuales que había tenido en su vida, solo que ahora estaban amalgamadas como una gran maquinaria de carne, donde se suspendían el tiempo y los cuerpos.
Nerina, como tantas otras veces, se acostó en la cama, ante la mirada detenida de medio centenar de peluches; su entrenamiento ya había terminado. Se dejó llevar por las vibraciones, por ritmos percusivos que adrede reproducían los Trompetistas del Falopio, que entre la suela de los zapatos y el piso, dejaban un espacio muerto, que soltaba los vientos en una melodía que agitaba el útero en consonancia con el fluir del mar. Como ella, otras mujeres darían parto y traerían, al mundo tangible, dos mil años acumulados de imaginería mística, religiosa y esotérica.
Mientras se abría de piernas, Nerina manipulaba la musculatura de su vagina. Los Trompetistas del Falopio, Células orquestales de la sinfonía de la Nueva Belleza, eran DJs naturales: con pasos calculados de la más fina danza, remixaban a Mozart, a Bach, pero también a Goya, a El Bosco, a Picasso y Pasolini. La imaginería sonorosa, visual, perceptiva, viajaba desde las terrazas de los edificios y penetraba en la carne, se internaba en la piel de modo subcutáneo y era absorbida por los poros de las madres, que recibían la información en sus úteros y cargaban la mezcla evitando el orgasmo. Nerina entró en un trance por extenuación y entonces los portales se abrieron. Víctor se desvaneció detrás de la mirilla ante la mirada de lo imposible: un ejército de bestias de belleza indecible, ángeles de una sutileza brutal, acariciaban a Nerina y la penetraban simultáneamente; ella reía, reía histéricamente, invadida por un dulce y sincero placer.
Luego vinieron las contracciones, la música, el dolor del nacimiento; en las calles, las multitudes expresaban su voluntad acumulada, silenciada, durante centurias. Nerina y las madres de la ciudad, daban a luz a La Idea; y la carne y los símbolos, lo tangible y la imaginación, Lo-Uno y Lo-Otro, la Diferencia-en-sí, ya no podrían ser separados.
Los peluches de Nerina eran el último atisbo del fin de la infancia; Dios había muerto y ahora también morían los hombres, que como Víctor, se adaptarían o perecerían ante la superioridad del Übertraven.
*Publicado originalmente en Femme Fetal Nro 5/Invierno (2017) y Revista Demencia Nro 29 / Diciembre (2018).
