EN EL DESIERTO.

Ella se escondía detrás de la noche

refugiada en el reflejo de olas oscuras

que lamían la arena de las costas.

Su risa lograba iluminar caminos,

abrir veredas de huesos,

traspasar horizontes de carne.

Refugiada en la cueva de su ombligo

cabalgaba al dulce flujo de la estrella.

No sol, no sólo por los ojos entras.

Pisando fuerte sobre las miradas

perdió la cuenta de los corazones que por ella latían

de los entes que vibrantes deseaban ser poseídos.

– No luna, no yaces fuera de su cueva

estás dentro marcando compases

dando fuerza a las mareas y a la vida. –

Ella cobijaba su silencio entre redobles de grandeza

era un poliedro cromático con candado al rojo

cuya llave se la había tragado el viento.

Él la veía y sentía que miraba el interior de ella

deslumbrado estrellaba la cabeza en su silencio

atontado se maldecía no ser Dios, luna, tiempo o viento

no ser más que un hombre en el desierto.