La respuesta.

Las cosas nunca estuvieron a la altura de mis fantasías. Sergio Lobo (teatro).

De repente vuelve el miedo, estoy muriendo de miedo y no parezco sincero en nada de lo que digo ¿miedo a qué?

Mis antepasados se retuercen en sus tumbas, esos hombres de metal que estrellaron sus lanzas contra las grandes fieras, que se consagraron a la aventura, a arriesgarse frente a la muerte, que lograron trascender en mí a partir de un instinto que los transportaba por encima de sus limitaciones.

Miedo, profundo miedo de mis propias palabras, no te juzgan, te dicen que no te juzgan y está bien, aunque lo hicieran, ¿qué peso tiene la opinión de cualquiera? ¿qué sentido tiene tomar a cualquiera demasiado en serio?

¿Es preferible ser odioso a no existir?

¿La existencia tiene un valor por si sola o es irrelevante a menos de que tenga un sentido?

La puta inmanencia, la jodida alienación.


En el coche, juntos.

Intento responderle, me cuesta, me duele, dice que no me juzga, yo tampoco me juzgo, pero las palabras no aparecen tan rápido como hubiera querido, estamos hablando de algo de lo que nunca había hablado, algo que no se me había ocurrido y al parecer ella le ha dado demasiada importancia, “pareces alguien increíble, a la gente increíble le importan cosas increíbles” pienso, blah, blah, blah; no atino a hilar bien los pensamientos, pero no estoy pensando en otra cosa sino en lo que debo contestar, me pregunto de vez en cuando ¿estaré verdaderamente respondiendo la pregunta? Veo su cara y no sé qué interpretar, mil ideas y ninguna; no estoy diciendo cosas lindas, ni cosas graciosas, el tema me ha colocado entre la espada y la pared, la pregunta me obliga a justificarme en algún sentido, definirme, el silencio o la huida solo arrojaría la prueba de mi inmanencia; no puedo responder simplemente “estoy aquí siguiendo el flujo de las horas, por nada, por todo, porque me gusta, pero no sé porque, aquí aparecí, quiero escucharlas, quiero conocerlas, son inteligentes, interesantes, quiero aprender.”

Camino a casa, solo.

Hubiera contestado: “¿Que yo cómo experimento la realidad? De la misma manera que tú, supongo, no hay nada detrás de lo que ves”, es difícil asumir eso, uno quiere que hayan cosas escondidas debajo de los entes, yo lo quise mucho tiempo, pero la vida no es así; me hubiera explicado: “puedo contarte de mi vida, y así puedes sacar tus propias conclusiones, es la única manera, o podemos teorizar leyendo algunos libros, hacemos resúmenes de los capítulos, nos tomamos un café o una cerveza y hablamos de conceptos y teorías toda la tarde” pero eso no es lo que ella quería, ella quería que me definiera, y tuve que intentar definirme.

En el coche, juntos.

Estoy sentado, rígido, me cuesta hablar, se me atoran las palabras en la garganta, apenas la conozco pero voy mostrándome, abriendo mi pecho con el cuchillo de los recuerdos le cuento quién soy, para que saque sus conclusiones, estoy nervioso, tengo miedo, titubeo, me pierdo, miro su cara.

Camino a casa, solo:

Me he convencido que su cara no decía nada, o nada al menos que se pudiera interpretar de una u otra manera, pero para mí en el coche su rostro tenía algo que me estrujaba las tripas, y me hacía sudar, no estaba riendo, la charla no era divertida, no preguntaba sobre lo que decía, no parecía que le interesara nada de lo que estaba hablando, ella quería una respuesta que yo no le daba.

En el coche, juntos:

No sé qué significa tu rostro, no puedo verlo fijamente, voy manejando, me pierdo un poco en la plática, ¿como he llegado hasta aquí? ¿Cómo dije tanto en tan poco tiempo? ¿Con quien estoy hablando? ¿Donde estoy? ¿Qué significa todo esto?

—Siento que esto último ha sido lo único de verdad sincero que has dicho– arroja esas palabras mientras pasamos lentamente un tope, se alcanza a ver la entrada de su colonia, yo me quiebro, un poquito.

En casa, solo.

¿Eso significa que cree que le mentí todo el tiempo? ¿En donde me perdí? ¿Qué hice mal? No recuerdo mis palabras, ni siquiera sé que dije; pudo haber sido: —era una situación donde no había horizontalidad, pero yo creo que fueron más bien las circunstancias las que así lo hicieron y no que yo lo haya propiciado.– no tengo la certeza siquiera de cuales fueron las palabras que sintió honestas, pero si recuerdo como me sentí durante los segundos en que las dije, estaba relajado, logré asumir por unos segundos que cualquier cosa que dijera en las condiciones que me encontraba no sería divertida, pero me dejó de importar unos segundos que lo fuera, me convencí espontáneamente de que pueden haber conversaciones “agradables” fuera de la risa y del encanto.

No, yo no había mentido en ningún momento ¿por qué lo haría? me resulta difícil decir una verdad no bonita sobre mí a una persona que apenas conozco, eso me parece normal, pero estaba contando la verdad.

En el coche, juntos.

Saber que todo lo dicho (menos eso que cree honesto y que yo no recuerdo) parece una mentira, tomando en cuenta los esfuerzos que estoy haciendo por abrirme y contar mi vida, me altera —he sido honesto con todo lo que he dicho, es solamente que estoy nervioso– digo aumentando mi nerviosismo ante tal confesión, en mi interior supongo que es maleducado decirle a alguien que todas las cosas personales que te ha contado te han parecido falsas, aunque al mismo tiempo para mí significaba una revelación: yo decía la verdad, pero en el fondo me estaba sintiendo un farsante, me sentía como un farsante con miedo de ser descubierto, aunque estuviera siendo sincero uno siempre termina pareciendo eso que cree de sí mismo.

¿Por qué me sentí un farsante?

¿De que tenía miedo?

En casa.

Ha terminado todo, llegué a casa, lo platiqué y me relajé. Quién sabe qué pasó en realidad, al final de cuentas uno no tiene idea de lo que piensa la otra persona o de las razones que tenga para pensar cualquier cosa, estar adivinando y pasándola mal con las especulaciones no es algo que me entusiasme seguir haciendo. Si alguien piensa que soy mentiroso cuando en realidad solo estoy muriendo de miedo, pues bueno, ¿qué se puede hacer?

Camino a casa, solo:

Comienzo a proyectarme, en el futuro y en el pasado “siempre mi vida ha sido así, siempre será así, no sé ser de otra manera, yo y mi miedo yo y mi nerviosismo, mi ansiedad me va a privar de toda diversión de cualquier compañía genial, siempre he sido así, siempre seré así, soy un farsante” pienso en otras personas con quienes he fracasado, no he sabido qué decir, qué hacer, recuerdo mi infancia, mi adolescencia, mi juventud, siempre igual, condenado a estar solo, imagino otras personas que aún no conozco, que son maravillosas y sé desde ahora que con ellas también fastidiaré cualquier convivencia y la pasaré mal, nunca tendré la respuesta que esperan de mí, nunca seré para nadie eso que espera encontrar, condenado a la soledad, al miedo, a la tristeza.

En casa:

No hay certeza de que las cosas vayan a ser siempre igual, bueno, soy un tipo nervioso cuando me preguntan cosas difíciles, entiendo, todos soñamos con conocer a esa persona que tenga “la respuesta precisa” hasta que maduramos y entendemos que la gente es como es y nos queda aceptar como son y no tratar de crear escenarios hipotéticos a partir de nuestros propios deseos.

Llegó un momento en la conversación en que sentí que ella estaba esperando una respuesta precisa, que ayudará a definir lo que pensaba, o que esperaba que yo fuera capaz de sentir lo que ella sentía, una empatía no lograda, no es mi culpa, ella me platicó un ejemplo, pero su ejemplo no era mi ejemplo.

Al final me rendí en mis intentos de dar la respuesta; ella se fue apresurada, —yo te hago esa pregunta por curiosidad, no para juzgarte, piensa entonces la respuesta y luego me la dices – , y desapareció, aún así, el tema es interesante y la experiencia fue enorme, yo no tenía una respuesta, fue difícil lidiar con el fracaso intelectual de un planteamiento interesante, pero haciendo un balance, hubieron cosas buenas, he descubierto que ahora soy capaz de contar cosas de mi vida, antes el miedo me paralizaba, ahora intento ser transparente. No debí intentar adivinar lo que ella pensaba, ni intentar dar una respuesta que no tenía, me hubiera rendido desde el principio quizá y hubiera permitido que ella me diera la suya, intentar leer un rostro y desesperarme al no entenderlo es algo muy poco inteligente.

Al final, me expuse a otra mirada, no huí y eso ya es un triunfo, logré algo nuevo, no fue un fracaso, hablé como nunca, todo el tiempo tuve algo que decir aunque parecía no ser lo correcto, pero lo que decía tampoco era estúpido, ¡lo que contaba eran pedazos de mi vida!

A veces uno dice cosas adecuadas a la persona adecuada, a veces no, ¿que tan grave es decir cosas inadecuadas a las personas adecuadas? Porque decir cosas adecuadas a las personas inadecuadas es un absurdo, si lo que dices es adecuado la persona entonces es adecuada, ¿si lo que dices no es adecuado entonces la persona no es adecuada? Puede ser pero nunca hay que olvidar que uno siempre es el adecuado en su propia vida, siempre.

Soy quien soy, soy quien debo ser.