Paulina

Paulina empieza con una escena muy familiar: un padre y su hija discutiendo sobre el futuro. La cámara pasa de mano a mano en un prodigioso plano secuencia inicial mientras sus dos personajes lanzan ataques, dan marcha atrás, contraatacan, desvían críticas. El padre sabe más; él ha vivido más, tiene experiencia, sabe cómo es el mundo, pero su hija es una idealista. Paulina está empezando en el mundo de la abogacía, pero no consigue ver ningún progreso ni siente que su trabajo esté contribuyendo en ningún modo a la sociedad. Quiere abandonar su vida y empezar una nueva ayudando en las zonas más pobres, enseñando en un pueblo lejos de Buenos Aires. La discusión termina a los pocos minutos, pero cuando Paulina sale por la puerta queda claro que el auténtico debate no terminará hasta que lleguen los créditos. Quizá ni siquiera den una respuesta clara.

Paulina es una extensión de ese mismo debate, una película sobre el idealismo feroz de la juventud, levantarse queriendo cambiar el mundo y entregarse uno mismo a una causa sin que importen las consecuencias. No es la primera vez que nos cuentan esa historia ni tampoco será la última, pero lo que marca la diferencia es que su autor, Santiago Mitre, está dispuesto a llegar hasta el final para realmente explorar los límites de esta ilusión romántica. No es una película agradable ni tiene un final made in Hollywood sino que prefiere enfrentarse directamente al espectador con un personaje que actúa de forma aparentemente irracional. Pero en realidad es sólo que ella cree en algo y no piensa soltarlo. Sería un fracaso para ella, sus ideas, la sociedad.

Paulina no se interpone en el camino del respetable. Es una película rodada cámara en mano, sin filtro, ubicada en zonas marginales con personajes que se mueven por zonas oscuras y viven al margen de la ley. Pero su magia, el secreto de su éxito, no reside en lo que hace sino en lo que evita. Otros habrían tomado la ruta fácil y habrían hilado una historia moralista, sobre cómo hay un límite a los sueños o quizá diciendo que luchar merece la pena si le pones empeño y sigues a pesar de todo. En sus primeros compases parece que nos encontramos ante una edición argentina de Mentes Peligrosas, pero la película no tarda en abrirse para mostrar que es mucho más. No tiene la estructura habitual ni trasunta por los caminos habituales ni tiene un cierre habitual. Vuelve atrás en el tiempo para rebuscar entre las causas y las consecuencias, recordar que el mundo es un lugar complejo y oscuro e injusto. Cuando llegan los momentos más incómodos, mantiene la cámara fija para que luego comprendamos mejor a sus personajes.

Hay un adjetivo que describe a Paulina: “importante”. Es una obra importante porque se atreve a enfrentar uno de los temas menos explorados en profundidad y lo hace sin forzar mensajes o creyéndose más lista que nadie, sino caminando por una tercera vía que lleva a un destino mucho más interesante. Es una obra importante porque se habla mucho sobre cómo el esfuerzo merece la pena y hay que darlo todo pero no se habla lo suficiente sobre los sacrificios que eso implica, los desafíos que realmente ponen a prueba las ideas de un ser humano. Es importante porque hay muchos hombres y mujeres que han discutido a grito pelado con sus padres sobre su futuro, si una profesión merece más la pena que otra, si hay esperanza o no. Es una obra incómoda pero comprometida, irregular y poco convencional, pero potente. Ya desde su plano secuencia inicial está poniendo las cartas sobre la mesa con decisión, y cuesta no querer ver qué mostrará a continuación.

One clap, two clap, three clap, forty?

By clapping more or less, you can signal to us which stories really stand out.