Simulador
Valeria ahora está sentada en el comedor estudiando, como siempre. Repasa los apuntes y escribe nuevos, más resumidos. Algún día llegará a hacer una hoja sola de todas esas fotocopias. Deben variar, pero yo pienso que son siempre las mismas. Ahora fuma, y entre pitada y pitada su mirada se pierde en el ventanal. Ella no es de perderse con la mirada, desde que la conozco su gesto fue cada vez más seguro y convincente, su mirada siempre fue certera y simple.
Está agotada, ayer hablamos. Fue la quinta charla en tres días, todas muy duras. Ya no siento lo mismo, le dije. Primeramente me miró extrañada, como buscando un arrepentimiento inmediato o algo parecido. Luego su expresión se asemejó a la furia, hasta convertirse en hondísima pena. Lloró y golpeó la cama con gritos desgarrados, mientras yo permanecía en el mismo lugar donde escupí la confesión.
Ahora se para y va hacia la cocina, parece estar ralentizando su búsqueda. Abre la alacena, luego el bajo mesada y por último la heladera. No hay patrón de búsqueda coincidente. En ninguno de esos sitios se hallan cosas parecidas. Sin embargo, su mirada sigue fija en un punto indefinido del tiempo. Está en el presente para garantizar una solución de continuidad, pero permanece en algún suceso del pasado. Sus ojos miran ahora la mesada de mármol, siguen su mano que raspa restos de azúcar alojados en el borde de la pileta. Seguramente no recuerde en unos minutos que estuvo tanto tiempo parada en la cocina, posiblemente no haya notado que la estuve observando. Permanece abstraída, repasando imágenes de un pasado, quizás cercano, quizás no tanto.
¿Qué te pasa?, me preguntó. No tengo respuestas, le dije. Lo que ella no sabe es que nunca las tuve, pero eso no puedo decirlo. Tampoco sospecha que creo que nunca las tendré. Mucho menos que, por momentos, creo que no las hay. Que las cosas simplemente suceden. Sin coherencia, sin hilos conductores, sin nudos ni desenlaces. Ella lloró y me abrazó, su bronca se mezcló con pena. Se compadeció de mi desconcierto. Yo la abracé, con culpa. Hubiera querido poder transmitir en ese abrazo, pero estaba en off.
Ahora Valeria mira en el televisor su serie favorita, pero no le hace gracia. Desde aquel instante ya no ríe, su gesto es siempre adusto. Mira sin mirar. Es más fácil perder la mirada en el televisor, lo he comprobado. Uno simula que mira fijamente, con excesiva atención, pero sus gestos no se condicen con lo acontecido en la pantalla. Lo mejor, para que el entorno no lo note, es seguir las reacciones de la persona que está al lado, simular atención a lo que debe ser atendido. Si el otro ríe, reir. Si se enoja, fruncir el ceño. Siempre sumido en pensamientos que atraviesan la pantalla, proyectando escenas propias, sueltas, inconexas. Requiere de práctica, pero es posible pasar desapercibido en cualquier sitio. Valeria no sabe que yo sé lo que está haciendo. No sabe que soy un gran simulador.