Un paraguas que no resguardó la tormenta

Jamás quise involucrarme en asuntos amorosos, no después de que mis padres biológicos decidieran darme en adopción a mí a los cuatro años y a mi hermano con seis años. Recuerdo perfectamente ese día, y los días previos, creían que éramos lo suficientemente inocentes como para entender sus conversaciones, para no darnos cuenta que pronto se liberarían de nosotros, quien sabe por qué. En fin, nunca más volví a saber algo acerca de mi hermano, los psicólogos se encargaron con el tiempo de transformar mis malos recuerdos en buenos, versiones mejoradas, las cuales solo eran producto de mi imaginación y a los trece años cumplí mi última visita y se dio como “superado” el tema. En mi opinión, es algo insuperable en mi vida, sólo aprendí a aceptar y con el tiempo a entender. Supongo que mis padres biológicos tienen el 99% de la culpa de que en mis diecinueve años de vida haya evitado el contacto con hombres. Me daba terror pensar que existía la posibilidad de que me volvieran a abandonar, simplemente era eso, no quería perder nueve años más de mi vida haciendo terapia.

El tiempo pasa y las personas solemos dejar atrás ciertas cosas que decimos que nunca vamos a hacer, y ésta es mi historia, de como por meses tuve un admirador, que me imaginaba de distintas maneras, deseando poder dejar atrás mis miedos y conocerlo.

Desde chica me gustaba escribir, hasta que tuve acceso a internet y pude hacer público mi pasatiempo, mi manera de descargarme, mi refugio. Pasaban los días y cada post que subía a mi blog era comentado por una persona que se hacía llamar “Vertu”, expresaba admiración hacia mí, lo que sea que escribiera, su comentario estaba, motivándome a que nunca pare.

Pasaron dos meses desde que me llegó la notificación de que Marco Vertucci, de veintiún años quería ser mi amigo en Facebook, supongo que me encontró ya que tenía el mismo nombre ficticio que en mi Blog, no me gustaba poner mi nombre real (en lo más profundo de mí ser sabía que era para que nunca me encontraran mis padres biológicos). Dos meses hablando por chat con un desconocido que se volvió un gran conocido, una persona que sabía todo acerca de mí, que me ayudó, que me hizo reír, que se preocupó por mí y que me agradaba. Una persona de la cual me había enamorado por el simple hecho de que nunca me iba a abandonar, porque físicamente, esa persona no estaba.

Acordamos no enviarnos fotos hasta el día que nos viéramos personalmente, esperábamos que fuera especial, que fuera una sorpresa para ambos. Así que así fue, cumplimos con lo acordado, me resistí a lo tentador de apretar el botón de videollamada. Sólo tenía su auto-descripción en mi mente: morocho, ojos oscuros, un metro ochenta. Eso era todo.

En total fueron cinco meses, enamorada de una persona reservada pero comprensiva, que escuchaba más de lo que hablaba (en realidad, que leía más de lo que escribía) y que fue capaz de llenar un agujero vacío y desolado que había en alguna parte de mí.

Había llegado el día. Estaba decidida, por primera vez iba a enfrentar mi mayor miedo, quería a Marco, quería verlo, tocarlo, sentir que existía, que era real. Mentalmente estaba preparada para no darle importancia a los obstáculos que se interpusieran en mi camino. Me perfumé como si nunca más un perfume vuelva a tocar mi piel, desenredé mi largo pelo, me maquillé lo justo y necesario y me predispuse a esperar. A las cinco de la tarde de un jueves soleado del mes de abril por Boulevard Oroño, lo veo venir de lejos, con los jeans ajustados color negro y su camisa a cuadros de la gama del azul, tal cual como me dijo que se iba a vestir. Mis piernas temblaban, miles de pensamientos pasaron por mi cabeza, quería correr hacia él, correr en lado contrario, quedarme, llorar, reír, morirme. ¿Qué estaba haciendo? ¿Y si me abandonaba? ¿Por qué vine? Y eso es todo lo que recuerdo antes de desvanecerme. Mi cuerpo golpeó contra el piso y mi vista se puso negra.

De los nervios me desmayé, desperté en un hospital, no entendía qué pasaba ni cómo había llegado hasta ahí. Desvié mi mirada hacia un extremo de la habitación y encuentro a un muchacho que coincidía perfectamente con los rasgos de Marco, pero no lucía feliz de verme, estaba pálido.

Entre incómodos intervalos de silencio, finalmente, Marco terminó explicándome que cuando me desmayé, me llevó hasta el hospital, pero tuvo que dar mi ingreso y poner mis datos en una ficha. Sólo sabía mi nombre real y mi apellido ficticio, por ende, sin saber con lo que se iba a topar y con ayuda de un enfermero buscaron en mi billetera, encontraron mi licencia para conducir. Marco quedó paralizado cuando vio mi apellido, estaba confundido, abrumado, creía que era algo prácticamente imposible y que no le podía estar pasando a él, intentó convencerse a sí mismo de que no era nada más que una coincidencia, una aterradora coincidencia, pero en ese mismo instante notó que estaba compartiendo una sala con su hermana después de años. Antes de dejarme sola, alcanzó a explicarme que el decidió cambiar su nombre para empezar de cero después de lo que nos tocó sufrir, y por eso Vertucci no coincidía con mi apellido, mejor dicho, nuestro.

Rogué para que me volviera a desmayar, pero no. Me había enamorado de mi hermano y de nuevo me abandonaron.

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