Justo Orozco, defensor de la población LGBTI
El legado de un legislador.
Costa Rica es un país conservador, hemos hecho de la fe un escudo con el cual fundamentamos nuestra buena suerte o desgracia, somos una nación privilegiada por entidades divinas que además de hacernos homogéneos nos ha bendecido con una felicidad que supera índices mundiales.
Este diseño inteligente no se ha generado recientemente, ha sido la norma en la construcción de nuestra identidad nacional, en los últimos años solo hemos tenido una mayor plataforma para observar como los lazos entre política y religión se cruzan a tal punto que se convierten en un ente indivisible, con la misma cara, agenda y discurso.
En muchas ocasiones, para entender la complejidad de un argumento, lo debemos reducir a su elemento más absurdo; solo de esa forma nos podremos quitar el velo de ignorancia que nos impone la costumbre de vivir bajo ciertos principios sociales que hemos aprendido a considerar normales.
Esta actuación en grupo ha legitimado acciones que por muchas décadas consideraron políticamente correctas: las referencias machistas, el racismo, la xenofobia o el menosprecio a cualquier cosa que consideremos diferente.
Ejemplos tenemos todos los días, en portadas de periódicos, chistes o conversaciones con amigos o compañeros de trabajo.
El discurso político no ha sido disonante del accionar social, donde también se ha permitido generar política pública diferenciada, propiciando ciudadanos de diferentes categorías.
Por mucho tiempo el dinero fue un factor, en otras la educación y por gran parte de nuestra vida el género ha sido otra, esto no ha cambiado y solo ha sido maquillado con discursos fundamentados en visiones religiosas o en referencias a tradiciones o costumbres.
Somos una sociedad conservadora, tenemos un Estado confesional, y en nuestra Constitución el artículo 75 todavía nos define como un país con una religión oficial, cuando se jura para comenzar a ejercer un puesto se hace hacia dios.
Por esta dinámica considerada natural y que ha sido socialmente aprobada, se nos ha hecho difícil identificar situaciones que son claras violaciones a los Derechos Humanos, es hasta que los radicalismos entran en juego dónde podemos identificar claramente hechos que nos deberían avergonzar como sociedad.
Es hasta que la atención pública, la indignación, se sitúa en personajes que desnudan lo irracional de ciertas actuaciones.
No podemos definir el último gobierno como un punto de quiebre en la avanzada de la derecha conservadora, pero sí tuvimos una dinámica de mayor presencia de este discurso, esto amparado en una presidenta que se tuvo que refugiar en algún grupo al perder apoyo de una gran cantidad de aliados.
En esta coyuntura se les dio un mayor megáfono a figuras que con discursos arcaicos ganaron atención.
A su vez, mientras un lado utiliza las herramientas institucionales, en nuestro país como en muchos otros lugares del mundo, las redes sociales han dado el espacio para debatir diferentes temas, esta vez de manera más amplia y reticulada, rompiendo una censura previa que antes no era permitida por las cúpulas tradicionales.
Orozco el arquetipo radical
Entre favores políticos que lo llevaron a la presidencia de la Comisión de DDHH, Justo Orozco apareció en la atención de la ciudadanía, su discurso incendiario atacando a poblaciones sexualmente diversas lo colocó en el centro del debate nacional.
Mientras su figura se consolidaba la lucha por la reivindicación de Derechos Humanos se hacía más visible, cada palabra suya representaba un contraargumento a su visión de mundo, cada discurso una marcha, cada entrevista un conservador que se alejaba silenciosamente de sus posiciones.
Orozco demostró que cualquier discurso contra poblaciones sexualmente diversas es radical, que cada posición contra esta comunidad conlleva un ataque contra el desarrollo social como un todo.
Nadie quiere estar en la misma categoría de una persona que usa el rencor como discurso, como primera herramienta, cada vez que Orozco habló le estaba haciendo un gran favor a la comunidad LGBTI.
Durante sus 4 años reactivó y creó diversos grupos que lo enfrentaron, generando mucho apoyo en el camino de otros ciudadanos que por fin comprendían que cuando se ataca los Derechos Humanos se hace para todos, no es una lucha segmentada.
Orozco fue el mejor amigo de las poblaciones diversas porque nos puso un espejo en la cara a todos: ¿Queremos ser relacionado con su figura? ¿Queremos defender sus propuestas?
La visibilización del tema es el mayor legado que Orozco le deja al país, su partido ganó más participación en la Asamblea y eso no se debe entender como un triunfo de su agenda conservadora pero sí nos dice que el problema es estructural, debemos hacer entender a todos que Costa Rica no puede ser considerado el sueño democrático que nos venden hasta que sean respetados los derechos de todos los ciudadanos.
Si logró más representación fue por un manejo pragmático del gobierno anterior que al final fue víctima de ese accionar y que tuvo que lidiar con el repudio ciudadano hacia su entreguismo.
El gobierno actual tiene la capacidad de dejar esos grupos en el lugar que merecen, primero teniendo claro que los partidos monotemáticos no tienen cabida en un sistema partidario moderno, y sobre todo no cediendo a presiones, aunque se equivocaron ya en las negociaciones del 1 de mayo, esperemos que el malestar ciudadano los haga entender el error y visualicen otra forma de hacer política, una donde los Derechos Humanos no se negocian, donde entendamos que las posiciones de Orozco crean grietas sociales que nos privan de tener el país igualitario que todos deseamos.
Aprovechemos para exigir un Estado Laico y sin Concordato, para asegurar la FIV, el matrimonio igualitario, oponerse a todo esto es convertirnos en defensores de la agenda de Orozco.
Celebremos que Orozco se va, a su vez le podemos agradecer que nos abrió los ojos, nos aclaró de manera absoluta que cualquier posición discriminatoria es radical y debe ser denunciada como un acto de odio y un ataque al progreso social.