Hamilton

Debo admitir que Lewis Hamilton nunca ha sido santo de mi devoción, sobre todo a raíz de los conflictos con Fernando Alonso cuando, en 2007, ambos coincidieron en McLaren. Una rivalidad asfixiante, dos gigantes en un espacio reducido que no podían hacer otra cosa que chocar. Pero, quién te ha visto y quién te ve. Dejando de lado a Fernando y sin ánimo de quitarle relevancia al verdadero protagonista, la verdad es que Hamilton ha sabido cerrarme el pico.

A pesar de que siga cayéndome más mal que bien (no es culpa suya, cuando meto a alguien en la lista negra ya puede salvarme la vida para salir) no puedo más que rendirme a su destreza y a su suerte. Sí, suerte. Pero ojo, que destaque su buena relación con la diosa fortuna no quiere decir que le reste talento, los números están ahí, (43 victorias y tres campeonatos en 164 carreras) y no hay más que ver unos minutos de su actuación para darse cuenta de que es uno de los más grandes de su generación. Pero en el deporte, como en la vida, no siempre basta con ser bueno. Ni siquiera con ser el mejor.

Hubo gente (entre las que me incluyo) que pensamos que su fichaje por Mercedes en 2013 era un error, y por qué esconderlo, nos alegramos de ello. Nos reímos, nos burlamos incluso. Pero esa decisión le ha brindado a Hamilton la posibilidad de conducir uno de los coches que más posibilidades de competir ha tenido de la historia y ganar dos campeonatos del mundo consecutivos. Todo ello le ha ayudado a dejar de lado esa agresividad desmedida de la que muchas veces hacía gala en su conducción y asentarse como un piloto maduro y experimentado.

Sea como fuere y obviando que otros no han tenido la misma fortuna, solo quiero felicitar a Lewis Hamilton por alcanzar a Aryton Senna, por su gran estrategia y por su enorme talento. Y por callarme la boca.