Final del Juego — Julio Cortázar (Continuación)

Pasaban los días y Holanda y yo seguíamos escapándonos noche tras noche rumbo a las vías del tren, esperando ver a Ariel por lo menos una vez más. Mientras, Leticia se quedaba en casa, probablemente dormida, o al menos intentando conciliar el sueño. Tal vez el dormir para Leticia resultaba más difícil debido a la condición en la que se encontraba. De vez en cuando, cuando no salíamos a jugar a las estatuas, escuchábamos quejas y gritos de Leticia desde su cama a medianoche, y mamá o la Tía Ruth tendrían que ir hacia ella para poder calmarla. Cada que recuerdo cosas así me siento cada vez peor; mientras nosotras intentábamos lograr algo banal e incluso estúpido como encontrarnos con un completo desconocido, Leticia luchaba todos los días por seguir con vida. Mientras decidíamos en qué extravagante posición acomodarnos mientras jugábamos, Leticia se las arreglaba para por lo menos mantenerse de pie.

Con el paso del tiempo, el ir al borde de las vías no se había convertido en nada más que una simple rutina; nada del otro mundo. Dejamos de jugar a las estatuas y llegó un punto en el que no sabíamos qué estábamos haciendo ahí paradas. Tal vez seguíamos con la esperanza de volver a encontrarnos con Ariel para pedirle que fuera a ver tan solo por unos minutos a Leticia, o yo qué sé. No parecíamos entender que, por mucho que lo desees, ciertas cosas están fuera de tu alcance y nunca podrás hacer otra cosa más que esperar, y esperar… y esperar.

La tercera ventanilla del tren seguía vacía y pensábamos que así seguiría siendo. Pero los planetas parecieron alinearse y, justamente un día que Leticia se sentía mejor y decidió acompañarnos a nuestra rutina — ya no podía llamarle juego; había dejado de serlo desde hace tiempo — ,desde lejos pudimos observar que la ventanilla número tres tenía una silueta de un hombre dentro de ella. Era Ariel.

Ahora que lo pienso, todo pasó en cuestión de segundos, pero la emoción y el asombro me hicieron verlo todo en cámara lenta en ese momento. Como por arte de magia, Leticia se incorporó del pasto quemado y comenzó a correr hacia las vías del tren. En ese preciso instante, Ariel giró la cabeza hacia nosotras y estableció un contacto visual directo con Leticia. Una mirada que mezclaba la sorpresa, el miedo e incluso un poco de amor.

Eran como imanes.

Mi hermana siguió corriendo, mientras Holanda y yo no podíamos ni movernos al ver lo que estaba sucediendo.

Ariel no dejaba de verla fijamente, y ella hacía lo propio.

Siguió corriendo.

Ariel golpeaba la ventana intentado advertir algo.

Leticia hizo caso omiso y siguió corriendo, cada vez con más fuerza.

Él sigue gritando desesperadamente.

Ella mira al frente; decidida, pero flaqueada.

Ariel rompe el contacto visual

Leticia tropieza con una piedra.

Ariel voltea la mirada.

La columna de mi hermana se quiebra por completo.

Los ojos del hombre ya están viendo a otro lado.

Leticia muere.

El tren se va.

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