CIVITA DEMENTIA

¡¡NEVER MORE!!!

“El terror de mis relatos proviene de la densa oscuridad de mi corazón”.

Edgar Allan Poe.

Hablar de Edgar Allan Poe, es referirse a un hombre atormentado, de un alma solitaria, de un genio en declive, de un ser poco comprendido por sus contemporáneos, en fin; no existen calificativos para describirlo, solo queda mencionar que, a doscientos ocho años de su nacimiento, aún hoy se escriben artículos y ensayos sobre su figura literaria pero… nos olvidamos de su figura humana, que se ahogó en sus propios tormentos, en sus propios demonios creados por él. Siempre me ha atraído su infinita angustia en el amor, su perenne vida errante, entre la fantasía y la realidad, por el que no había una línea divisora entre ambas, sino que, se “fusionaron” para dar paso a una IRREAL REALIDAD que lo marcó de por vida, sus constantes cambios de humor, su manera de ver el mundo, a veces tan alejado a su tiempo, que ni CRONOS podía entenderlo, simplemente era y es un ser cuya maldición fue haber simplemente nacido con el estigma de ser genio, cuya genialidad, tampoco lo supo comprender.

Leyendo sus libros, de los cuales, son extensamente conocidos, uno cabe hacerse la pregunta: ¿Estaban ahí las pistas y claves de su agonizante solitaria locura?… cada cual puede sacar sus propias conclusiones, lo importante de todo eso sí, es que toda su vida persiguió ELDORADO de su maldita vida, que lo llevó al abismo de la locura más paupérrima que puede sufrir un individuo; la de no hallar la pléyade de su tranquilidad mortal. Yendo a uno de sus escritos más famosos, podemos antes decir, que es su: DECLARACIÓN DE PRINCIPIOS, su moneda de cambio, con el cual quiso dar a conocer su áspera existencia, en su poema: THE RAVEN, hay fulgurantes luces de su martirizada personalidad, de su austera vida de escritor que nunca quiso perseguir la fama, que jamás pensó que sería recordado, sino que creyó, que, como siempre, sería un pasajero más de este gran TREN llamado: VIDA.

Viendo un poco más de profundis el contenido THE RAVEN, podemos hallar esa terrible “sentencia” hecha por el enviado de HADES al protagonista en la figura de un cuervo, diciendo al oído de su corazón y de su alma: ¡NEVER MORE! (¡NUNCA MÁS!), qué terrible veredicto, para alguien que anhela encontrar el amor de su amada que ya se a ido, extraño caso para un individuo literario que busca afanosamente encontrar a su doncella, aunque ella ya se haya marchado a los confines del INFIERNO, cual FANTASMA DE LA ÓPERA, que deambula por los parajes del subconsciente y que le pide ayuda a CARONTE para que lo lleve a donde se encuentra aprisionada: la flor de sus tormentos. Esto me hace pensar, cuan apesadumbrado se encontraba Edgar en esta vida, tan llena de ataduras humanas, de tantas cadenas sociales que no lo dejaban ser un hombre libre, sino que lo convirtieron en un prisionero de su propio genio, de su propia autodestrucción.

El personaje de THE RAVEN, en la soledad de su living, divaga sobre qué va hacer de su vida sin ella, ¿quizás se le habrá pasado por la mente el suicidio?, eso no lo sabemos, pero en su soledad más oscura, se encuentra ante la posibilidad de seguir recordando su figura tan DIVINIZADA o SATANIZADA de la mujer cuyo nombre era LEONOR, el frío de aquella noche, era el presagio de una incontrolable necesidad de estar con ella, de saber en dónde hallarla, pero, eso nunca sucedió y acontecerá, porque el mismo cuervo, quizás, ¿un enviado por LEONOR?, le marchitaba su espíritu con esa tajante frase: ¡¡NEVER MORE!!… que haría a cualquier mortal enloquecerse de saber tan injusta verdad, pero el personaje, sigue insistiendo ante su pregunta inquisidora y el Ave Del Mal Presagio, le sigue insistiendo: ¡¡NEVER MORE!!

En su catarsis de exasperación, el personaje maldice al EMISARIO DEL INFIERNO, pero se ahoga en su retórica maldiciente, puesto que el cuervo, solamente fue enviado a decirle ese único y fatal DICTAMEN esclarecedor: ¡¡NEVER MORE!!, matando aún más las esperanzas del protagonista, quizás a Poe, muchas veces le dijeron la misma locución, o… ¿cuántos de nosotros, hemos escuchado que nos dicen: ¡NEVER MORE!… ante una realidad que no anhelamos aceptar, aunque sea la más dolorosa, siempre habrá alguien que cumpla el papel del cuervo y nos diga, con firmeza o tristeza: ¡¡NUNCA MÁS!!!… haciéndonos perder la cordura del no poder cambiar el destino de nuestra vida, tejido por las PARCAS?

Volviendo al personaje en cuestión, su errante vida nocturna, lo hace sentirse ante la soledad de no estar con su alma tranquila y pregunta ante el DIOS DEL MAL PRESAGUIADOR, sí podrá volver a verla, pero él insiste a contestar lo único que sabe decirle o que le enviaron a mencionarle: ¡¡NEVER MORE!!!… ya no hay retorno atrás ante tan cruel destino, pero el personaje se aferra a un peldaño a punto de caer, y aún así, sigue gritando por su LEONOR, como tratando que ella lo escuchase desde las fauces del ORCO, pero el AVE RAPAZ DEL MAL AUGURIO, le sigue diciendo enérgicamente: ¡¡NEVER MORE!!

Ya cansado de tanto preguntarle al enviado de LUCIFER, hace la última petición: ¡Deja en paz mi soledad! ¡Quita el pico de mi pecho y tu sombra del portal! y el cuervo, esa ave insolente, le vuelve a decir, casi irónicamente: ¡¡NEVER MORE!!!… ya no hay caso seguir insistiendo con tratar de ir en contra de todo albur, todo ya estaba acabado, todo estaba en su cauce normal, todo había terminado para el desconsolado personaje…

Quizás la única frase que, tal vez, a Poe se le olvidó poner en labios de su alter ego de THE RAVEN, fue decirle a su amada LEONOR, al final del relato: ¡¡CARRY ME PLEASE!!!.. (¡¡LLÉVAME POR FAVOR!!…), dándole por último, la remota posibilidad de reunirse con ella, ¡pero no!, Poe se da el lujo que, cómo había sido su propia vida , el personaje siga sufriendo una miserable existencia, llena de soledades y olvidos, aprisionándolo cada vez más en su locura, que va matando la esperanza de estar junto a la FLOR DE SUS TORMENTOS.

C. Nobili C. - T.

THE RAVEN.

Once upon a midnight dreary, while I pondered, weak and weary,
Over many a quaint and curious volume of forgotten lore,

While I nodded, nearly napping, suddenly there came a tapping,
As of some one gently rapping, rapping at my chamber door.
“‘Tis some visitor,” I muttered, “tapping at my chamber door,
Only this, and nothing more.”

Ah, distinctly I remember it was in the bleak December,
And each separate dying ember wrought its ghost upon the floor.
Eagerly I wished the morrow; vainly I had sought to borrow,
From my books surcease of sorrow, sorrow for the lost Lenore,
For the rare and radiant maiden whom the angels name Lenore,
Nameless here for evermore.

And the silken sad uncertain rustling of each purple curtain
Thrilled me — filled me with fantastic terrors never felt before;
So that now, to still the beating of my heart, I stood repeating,
“‘Tis some visitor entreating entrance at my chamber door,
Some late visitor entreating entrance at my chamber door;
This it is, and nothing more.”

Presently my soul grew stronger; hesitating then no longer,
“Sir,” said I, “or Madam, truly your forgiveness I implore;
But the fact is I was napping, and so gently you came rapping,
And so faintly you came tapping, tapping at my chamber door,
That I scarce was sure I heard you”, here I opened wide the door;
Darkness there, and nothing more.

Deep into that darkness peering, long I stood there wondering, fearing,
Doubting, dreaming dreams no mortals ever dared to dream before;
But the silence was unbroken, and the stillness gave no token,
And the only word there spoken was the whispered word, “Lenore!”
This I whispered, and an echo murmured back the word, “Lenore!”
Merely this, and nothing more.

Back into the chamber turning, all my soul within me burning,
Soon again I heard a tapping somewhat louder than before.
“Surely,” said I, “surely that is something at my window lattice:
Let me see, then, what thereat is, and this mystery explore,
Let my heart be still a moment and this mystery explore;
’Tis the wind and nothing more.”

Open here I flung the shutter, when, with many a flirt and flutter,
In there stepped a stately raven of the saintly days of yore;
Not the least obeisance made he; not a minute stopped or stayed he;
But, with mien of lord or lady, perched above my chamber door,
Perched upon a bust of Pallas just above my chamber door,
Perched, and sat, and nothing more.

Then this ebony bird beguiling my sad fancy into smiling,
By the grave and stern decorum of the countenance it wore.
“Though thy crest be shorn and shaven, thou,” I said, “art sure no craven,
Ghastly grim and ancient raven wandering from the Nightly shore,
Tell me what thy lordly name is on the Night’s Plutonian shore!”
Quoth the Raven, “Nevermore.”

Much I marvelled this ungainly fowl to hear discourse so plainly,
Though its answer little meaning, little relevancy bore;
For we cannot help agreeing that no living human being,
Ever yet was blest with seeing bird above his chamber door,
Bird or beast upon the sculptured bust above his chamber door,
With such name as “Nevermore.”

But the raven, sitting lonely on the placid bust, spoke only
That one word, as if his soul in that one word he did outpour.
Nothing further then he uttered; not a feather then he fluttered,
Till I scarcely more than muttered, “other friends have flown before,
On the morrow he will leave me, as my hopes have flown before.”
Then the bird said, “Nevermore.”

Startled at the stillness broken by reply so aptly spoken,
“Doubtless,” said I, “what it utters is its only stock and store,
Caught from some unhappy master whom unmerciful Disaster,
Followed fast and followed faster till his songs one burden bore,
Till the dirges of his Hope that melancholy burden bore,
Of “Never — nevermore.”

But the Raven still beguiling all my fancy into smiling,
Straight I wheeled a cushioned seat in front of bird, and bust and door;
Then upon the velvet sinking, I betook myself to linking,
Fancy unto fancy, thinking what this ominous bird of yore,
What this grim, ungainly, ghastly, gaunt and ominous bird of yore,
Meant in croaking “Nevermore.”

This I sat engaged in guessing, but no syllable expressing
To the fowl whose fiery eyes now burned into my bosom’s core;
This and more I sat divining, with my head at ease reclining,
On the cushion’s velvet lining that the lamplight gloated o’er,
But whose velvet violet lining with the lamplight gloating o’er,
She shall press, ah, nevermore!

Then methought the air grew denser, perfumed from an unseen censer
Swung by Seraphim whose footfalls tinkled on the tufted floor.
“Wretch,” I cried, “thy God hath lent thee — by these angels he hath sent thee,
Respite — respite and nepenthe, from thy memories of Lenore!
Quaff, oh quaff this kind nepenthe and forget this lost Lenore!”
Quoth the Raven, “Nevermore.”

“Prophet!” said I, “thing of evil! — prophet still, if bird or devil!
Whether Tempter sent, or whether tempest tossed thee here ashore,
Desolate yet all undaunted, on this desert land enchanted,
On this home by horror haunted- tell me truly, I implore,
Is there — is there balm in Gilead? — tell me — tell me, I implore!”
Quoth the Raven, “Nevermore.”

“Prophet!” said I, “thing of evil — prophet still, if bird or devil!
By that Heaven that bends above us — by that God we both adore,
Tell this soul with sorrow laden if, within the distant Aidenn,
It shall clasp a sainted maiden whom the angels name Lenore,
Clasp a rare and radiant maiden whom the angels name Lenore.”
Quoth the Raven, “Nevermore.”

“Be that word our sign in parting, bird or fiend,” I shrieked, upstarting
“Get thee back into the tempest and the Night’s Plutonian shore!
Leave no black plume as a token of that lie thy soul hath spoken!
Leave my loneliness unbroken! — quit the bust above my door!
Take thy beak from out my heart, and take thy form from off my door!”
Quoth the Raven, “Nevermore.”

And the Raven, never flitting, still is sitting, still is sitting
On the pallid bust of Pallas just above my chamber door;
And his eyes have all the seeming of a demon’s that is dreaming,
And the lamplight o’er him streaming throws his shadow on the floor;
And my soul from out that shadow that lies floating on the floor,
Shall be lifted — nevermore!

EL CUERVO.

Cierta noche aciaga, cuando, con la mente cansada,

meditaba sobre varios libracos de sabiduría ancestral
y asentía, adormecido, de pronto se oyó un rasguido,
como si alguien muy suavemente llamara a mi portal.
“Es un visitante — me dije -, que está llamando al portal;
sólo eso y nada más.”

¡Ah, recuerdo tan claramente aquel desolado diciembre!

Cada chispa resplandeciente dejaba un rastro espectral.
Yo esperaba ansioso el alba, pues no había hallado calma
en mis libros, ni consuelo a la pérdida abismal
de aquella a quien los ángeles Leonor podrán llamar
y aquí nadie nombrará.

Cada crujido de las cortinas purpúreas y cetrinas
me embargaba de dañinas dudas y mi sobresalto era tal
que, para calmar mi angustia repetí con voz mustia:
“No es sino un visitante que ha llegado a mi portal;
un tardío visitante esperando en mi portal.
Sólo eso y nada más”.

Más de pronto me animé y sin vacilación hablé:
“Caballero — dije -, o señora, me tendréis que disculpar
pues estaba adormecido cuando oí vuestro rasguido
y tan suave había sido vuestro golpe en mi portal
que dudé de haberlo oído…”, y abrí de golpe el portal:
sólo sombras, nada más.

La noche miré de lleno, de temor y dudas pleno,
y soñé sueños que nadie osó soñar jamás;
pero en este silencio atroz, superior a toda voz,
sólo se oyó la palabra “Leonor”, que yo me atreví a susurrar…
sí, susurré la palabra “Leonor” y un eco la volvió a nombrar.
Sólo eso y nada más.

Aunque mi alma ardía por dentro regresé a mis aposentos
pero pronto aquel rasguido se escuchó más pertinaz.
“Esta vez quien sea que llama ha llamado a mi ventana;
veré pues de qué se trata, que misterio habrá detrás.
Si mi corazón se aplaca lo podré desentrañar.
¡Es el viento y nada más!”.

Mas cuando abrí la persiana se coló por la ventana,
agitando el plumaje, un cuervo muy solemne y ancestral.
Sin cumplido o miramiento, sin detenerse un momento,
con aire envarado y grave fue a posarse en mi portal,
en un pálido busto de Palas que hay encima del umbral;
fue, posóse y nada más.

Esta negra y torva ave tocó, con su aire grave,
en sonriente extrañeza mi gris solemnidad.
“Ese penacho rapado — le dije -, no te impide ser
osado, viejo cuervo desterrado de la negrura abisal;
¿cuál es tu tétrico nombre en el abismo infernal?”
Dijo el cuervo: “Nunca más”.

Que una ave zarrapastrosa tuviera esa voz virtuosa
sorprendióme aunque el sentido fuera tan poco cabal,
pues acordaréis conmigo que pocos habrán tenido
ocasión de ver posado tal pájaro en su portal.
Ni ave ni bestia alguna en la estatua del portal
que se llamara “Nunca más”.

Mas el cuervo, altivo, adusto, no pronunció desde el busto,
como si en ello le fuera el alma, ni una sílaba más.
No movió una sola pluma ni dijo palabra alguna
hasta que al fin musité: “Vi a otros amigos volar;
por la mañana él también, cual mis anhelos, volará”.
Dijo entonces :”Nunca más”.

Esta certera respuesta dejó mi alma traspuesta;
“Sin duda — dije -, repite lo que ha podido acopiar
del repertorio olvidado de algún amo desgraciado
que en su caída redujo sus canciones a un refrán:
“Nunca, nunca más”.

Como el cuervo aún convertía en sonrisa mi porfía
planté una silla mullida frente al ave y el portal;
y hundido en el terciopelo me afané con recelo
en descubrir que quería la funesta ave ancestral
al repetir: “Nunca más”.

Esto, sentado, pensaba, aunque sin decir palabra
al ave que ahora quemaba mi pecho con su mirar;
eso y más cosas pensaba, con la cabeza apoyada
sobre el cojín purpúreo que el candil hacía brillar.
¡Sobre aquel cojín purpúreo que ella gustaba de usar,
y ya no usará nunca más!

Luego el aire se hizo denso, como si ardiera un incienso
mecido por serafines de leve andar musical.
“¡Miserable! — me dije -. ¡Tu Dios estos ángeles dirige
hacia ti con el filtro que a Leonor te hará olvidar!
¡Bebe, bebe el dulce filtro, y a Leonor olvidarás!”.
Dijo el cuervo: “Nunca más”.

“¡Profeta! — grité -, ser malvado, profeta eres, diablo alado!
¿Del Tentador enviado o acaso una tempestad
trajo tu torvo plumaje hasta este yermo paraje,
a esta morada espectral? ¡Mas te imploro, dime ya,
dime, te imploro, si existe algún bálsamo en Galaad!”
Dijo el cuervo: “Nunca más”.

“¡Profeta! — grité -, ser malvado, profeta eres, diablo alado!
Por el Dios que veneramos, por el manto celestial,
dile a este desventurado si en el Edén lejano
a Leonor , ahora entre ángeles, un día podré abrazar”.
Dijo el cuervo: “¡Nunca más!”.

“¡Diablo alado, no hables más!”, dije, dando un paso atrás;
¡Que la tromba te devuelva a la negrura abisal!
¡Ni rastro de tu plumaje en recuerdo de tu ultraje
quiero en mi portal! ¡Deja en paz mi soledad!
¡Quita el pico de mi pecho y tu sombra del portal!”
Dijo el cuervo: “Nunca más”.

Y el impávido cuervo osado aun sigue, sigue posado,
en el pálido busto de Palas que hay encima del portal;
y su mirada aguileña es la de un demonio que sueña,
cuya sombra el candil en el suelo proyecta fantasmal;
y mi alma, de esa sombra que allí flota fantasmal,
no se alzará…¡nunca más!