Romanticismo vs Existencialismo

El existencialismo asfixia. El romanticismo también.

Ambos son la muerte lenta.

Uno es silente asesino. El otro es un fuego que devora.

Uno es frío y envenena. El otro es dulce y corroe.

Así se dividen dos momentos que puedo ver desde aquí: Antes y después de la noche de teatro.

Una noche sin planes, decidí ir al teatro -sola- para ver una función basada en el amor de Hannah Arendt y Martin Heidegger. La filosofía me atrae mucho, el amor más.

La función inicia fría, explicando que la vida no tiene sentido. 
Que creí perfectamente, durante mucho tiempo.

A lo largo de la obra, la barrera helada que construí dentro de mí, se resquebrajaba.

Esa noche, se proclama, que lo único que da razón a la existencia, es el amor. Y lo creo.

Firmemente, esa noche, se derriban dentro de mí, todas las fortalezas de acero que construí para protegerme. O para protegerlos, de mí.

Rompí en lágrimas. 
Me despojé de las ropas pesadas y frías del existencialismo, para correr desnuda por las calles, sin abrigo, sin pudor directo hacia el amor romántico.

Algunos días después, por azar, encontré una pequeña y fuerte razón. Hilarante. 
Por supuesto, duró nada.

Por supuesto fue un fenómeno natural en tierras tropicales y suburbanas, sin acceso a servicios básicos.

Llegó fuerte, haciendo sentir su presencia en cada esquina de mi cuerpo y de mis pensamientos.

Sin saber si era huracán, tormenta o temblor, sucedió.

Mi tierra, sucumbió.

Los pobladores de mi tierra no se escondieron. Ya estaban desnudos, ya estaban sin abrigo, ya no tenían pudor, así que no les dió miedo perder algo más.