Sobreviviendo la ciudad

Traigo una mochila pequeña, está llena de papeles con apuntes y dibujos de clases monocromáticas y ruidosas. Tiene también, mis medias y calzones guardados, de cuando me mudo intempestivamente para estudiar y de alguna forma, superar un día más. Huelen a trajín.

Hay muchas bolsitas llenas de migajas de pan, papa y seguramente quinua, que bebo estrepitosamente por la mañanas, en medio de las calles, en combis amorales o corriendo antes de llegar al trabajo para que no me vea la secretaria o mi jefe.

Tengo otras cosas valiosas en mi mochila: una inversión a largo plazo con cuotas fijas de altos intereses. No he comido muy bien por pagarlas.

Tengo también, una botellita reciclada que lleno de agua o té, para beber en el día. Para cumplir las recomendaciones de mi tío que tuvo insuficiencia renal.

Y claro, para no trabajar más para pagarme los servicios de salud. Para abaratar costos, mi botellita reciclada.

Tantas cosas que caben en mi mochila.

Qué suerte que no quepan todas mis necesidades.