Ulises

Carta dirigida

— Ya no tiene caso,

qué más da si no estás —


Dos corazones rotos que deambulan.

Se encontraron un domingo por la tarde.

Un domingo cualquiera, donde los pajaritos cantan sobre las sillas vacías de los parques.

Uno de esos corazones cayó tan profundo que no tuvo salvación.

Tan profundo que nadie lo pudo recoger.

Así se llaman mis treinta poemas.

Así se llaman todos los ojos negros que encontré en mis caminos.

Así se llaman todas mis malditas lágrimas que me adornan la cara antes de dormir.

Así se llaman mis sollozos después de tomar el baño, antes de ir al trabajo.

Así se llaman mis caminitos de regreso a casa.

Así se llaman todas las frutillas rojas que te comiste alguna vez.

En plural, por que él son muchos.

Así se llama mi tiempo, viva.

Así se llama mi ansiedad.

Él es como un recuerdo que está vivo.

Que quiero enterrar todos los días.

Que quiero cegar.

Que quiero dejar de llorar.

Que reproduzco lento cada vez que puedo.

Que siento detrás de mi cuello cuando descanso.

Que siento adentro cuando estoy sola.

Este corazón estaba vacío. Estaba limpio.

Estaba ansioso.

El otro, no sé.

El otro tenía miedo. Sí.

Tenía miedo de amar. Tenía miedo de ser amado.

Era un ciervo en cautiverio.

Hermoso y noble pero triste y lleno de pavor.

Que yo quise querer.