¡El hombre no viene del mono!

La legislación colombiana permite la contratación del servicio de educación a las entidades territoriales que demuestren la incapacidad para prestar el servicio directamente. En el caso del Urabá cordobés está contratación se realiza con una entidad confesional católica, quien administra algunos colegios de la región.

Una familia conformada por cuatro personas, cuya cabeza es el abuelo, quien trabaja como moto taxista y tiene a cargo a los nietos por los que sus hijos no quisieron responder, es un fiel practicante del movimiento evangélico, su vida gira en torno a la palabra de dios, tan así es que no hay pasajero que no escuche su prédica. Es un consejero espiritual para la gente de su vereda.

Sus hijos han seguido su mismo camino. Una de ellas, cumple un papel muy importante en las celebraciones religiosas de la comunidad, que son las únicas celebraciones que ahí existen. En una fiesta de 15 años jamás se escuchará una champeta o un reggaeton, el único baile permitido será el “vals” y la música que ambienta la reunión es música de alabanza cantada por la hermana Nancy.

La generación más joven de esta familia continúa con la tradición evangélica. Un niño de cinco años se desespera al escuchar a sus compañeros cantando “Mi nueva vecina”, en su impotencia le informa a la “seño” del comportamiento “mundano” de los otros niños.

Por otra parte, otro miembro de la familia en grado sexto, se niega a aceptar la existencia de otras teorías creadoras del universo y a la larga a comprender que hay diferentes puntos de vista y opiniones que no están basadas en el evangelio.

En este panorama, aparece la fundación católica que administra el colegio al que asisten los miembros de esta familia. Impartiendo no solo clases de religión católica, obligatorias y que son objeto de evaluación, sino también realizando ceremonias como la imposición de la ceniza, el vía crucis, la oración diaria, entre otras.

Las escuelas de cobertura son la única opción para estos niños, que tienen derecho a recibir, como lo establece la Constitución, educación laica que apunte a la construcción de competencias ciudadanas que les permitan a los estudiantes convivir y adaptarse a una sociedad en proceso de reconciliación que requiere de personas tolerantes, respetuosas de las diferencias y capaces de resolver sus conflictos de manera pacífica.

La contradicción es que no solo los niños se ven obligados a recibir una educación diferente a sus convicciones religiosas, que de por sí atenta contra la libertad religiosa, sino también que no reciben una educación que responda a las necesidades del país.

¿Cómo logra el Estado formar ciudadanos cuando le confiere esta importante labor a entidades cuya misión se centra en evangelizar y no en educar?. ¿Cómo vigila el Estado efectivamente a las entidades con las que contrata si de antemano se declara incapaz de llegar estos lugares apartados?