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Elecciones a prueba de Spoilers

Sigue abierta la posibilidad de que las próximas elecciones presidenciales en Costa Rica nos dejen un escenario absolutamente inesperado. Lamentablemente, cada vez son menos quienes lo creen posible.

Seamos sinceros. No nos gusta lidiar con la incertidumbre. Hay situaciones en que preferiríamos toparnos con spoilers que nos cuenten, de una vez por todas, cuál es el final de la historia. Las elecciones presidenciales son una de esas situaciones. Dada la importancia del evento, por estos días en Costa Rica muchos andan en busca de la encuesta o el analista capaz de adivinar quién ganará las próximas elecciones.

Por suerte, las elecciones son historias a prueba de spoilers. El que diga que sabe el final de esta trama de las próximas elecciones presidenciales en Costa Rica es o un ingenuo que se lo cree o un mentiroso que nos lo quiere hacer creer a nosotros. No existe, y si lo pensamos con detenimiento está bien que no exista, ni la persona ni el modelo estadístico capaz de darnos una respuesta a esa pregunta con absoluta precisión.

Las encuestas electorales siguen siendo la herramienta de información más valiosa para entender los procesos electorales, pero no tienen la capacidad de predecir el futuro. No fueron hechas para eso. Es por eso que pretender que una encuesta adivine los resultados de una elección es absurdo, y criticarlas porque no lo hacen es aún más absurdo. Puede surgir un único hecho de último momento que venga a cambiarlo todo, es eso lo que hace de las elecciones un evento impredecible.

Dado que no podemos saber el final de la historia pero tampoco nos gusta la incertidumbre entonces buscamos como evitarla, así caemos en otra peligrosa trampa: tendemos a sobredimensionar el impacto que tendrá en el resultado final lo que hasta hoy conocemos a través de los datos. Los estiramos hacia el futuro y aceptamos como cierta la creencia de que lo más probable es que el resultado sea similar a lo que hoy vemos. Como consecuencia directa, dejamos de imaginar otros posibles escenarios porque los consideramos fuera de lo probable y nos restringimos así nuestras opciones a elegir.

Me preocupa que las interpretaciones que estamos haciendo de las encuestas electorales en el país están cayendo justamente en esa trampa. Nos estamos creyendo el cuento de que las elecciones sólo las puede ganar alguno de los que actualmente va liderando la intensión de voto. Cosa que no tiene por qué ser cierta. Incluso, aunque nos resulte difícil aceptarlo, tampoco es cierto que los que van a la delantera sean los que tienen las mayores probabilidades de ganar. En un contexto caracterizado por la alta volatilidad, por la generalizada indecisión y por una cultura de postergación de la decisión electoral hasta el último momento, asumir que el escenario que actualmente nos muestran las encuestas se va a mantener constante los próximos días puede resultar incluso más absurdo que aventurarse a imaginar un escenario alternativo. Pero además de absurdo, resulta contraproducente porque nos limita las opciones que consideramos al momento de decidir a quién daremos nuestro voto.

Ahora bien, no se trata de que empecemos a lanzar escenarios al aire sin ningún fundamento o lógica y esperar a febrero a ver quién lo pega. El reto es un tanto más complejo. Se trata de elaborar un escenario hipotético sobre cómo podrían comportarse los electores a partir de ciertos supuestos válidos fundamentados en lo que hoy conocemos. Implica agarrarnos de frente con la incertidumbre, pero armados con alguna teoría válida, con información y una buena dosis de imaginación.

Para ejemplificar todo esto les planteo un resultado electoral alternativo a los que hasta hoy muchos vislumbran como inevitables para febrero próximo. El resultado puede parecerles absurdo, lo tengo claro. Pero a partir de ciertos supuestos válidos veremos que sigue estando dentro de lo perfectamente posible. Pero no me malinterpreten. No lo hago como aspiración a plantear acá una predicción esperando que se me reconozca mi capacidad de adivinar el futuro con precisión estadística. No se trata de eso. Así que no se lo tomen tan en serio, que el escenario puede finalmente resultar bastante perdido. A lo que le encuentro sentido, y es justamente lo que me motiva a escribir este texto, es dejar claro que hay otros escenarios que hoy ya no estamos considerando pero que perfectamente se pueden llegar a dar. Mi objetivo es impulsarlos a que no nos dejemos que personas o medios con poca imaginación o con muchos intereses nos hagan creer que algunos resultados ya están fuera de lo posible, cuando no es cierto.

En las próximas líneas intentaré justificar mi escenario, que confieso también es bastante antojadizo. Reconociendo que a lo sumo lo que podemos es imaginar como algunos fenómenos que han surgido pueden venir a afectar el comportamiento electoral. Es todo.


Rupturas sociales y su capacidad de organizar los votos

Parto de la premisa de que a pesar de que la superficie de las aguas electorales costarricenses se han mantenido en relativa calma, existen algunas señales que sugieren que a lo profundo se está dando un fuerte reacomodo de placas con la capacidad de generar un terremoto electoral sin precedentes y de último momento. Tanto así que en febrero próximo veríamos un resultado drásticamente distinto al que hasta hoy nos muestran las encuestas. Un final completamente inesperado, incluso más que el de la elección anterior.

El reacomodo pudo haberse originado de muchas formas, pero esta vez las placas se están moviendo motivadas por nuestras más profundas creencias sobre las libertades individuales. Se sacudió una falla de la que surgieron dos corrientes: una más progresista y la otra más conservadora. Si bien no podemos predecir el resultado, hasta ahora lo que vemos es que estas corrientes siguen ganando fuerza y avanzan a toda velocidad en direcciones opuestas, por lo que se espera que choquen el próximo 4 de febrero con consecuencias significativas. Así es, mi escenario alternativo parte del supuesto de que la discusión sobre la mal llamada “ideología de género” vendrá a provocar un terremoto electoral y reorganizará en buena medida cómo se reparten los votos en las próximas elecciones presidenciales en Costa Rica.

La elección de ese supuesto no es ni caprichosa ni novedosa. Existe toda una tradición de investigación desde la sociología política que históricamente se ha interesado en estudiar cómo este tipo discusiones ideológicas que surgen en las sociedades pueden llegar a adquirir una fuerte capacidad para organizar las preferencias electorales en contextos específicos. A este tipo de fracturas sociales se les denomina con el nombre de clivajes, y desde que fueron propuestos a finales de la década de los 60`s han resultado sumamente útiles para explicar cómo se organizan los apoyos electorales en democracias a lo largo del mundo. Es por ello que entender el funcionamiento de estas divisiones sociales resulta fundamental para imaginar lo que podrían ser sus posibles implicaciones.

Nacen de visiones ideológicas encontradas sobre un tema particular, se detonan por algún evento y dividen a los ciudadanos en bandos que se enfrentan en busca de imponer su posición. Cuando estos coinciden con un contexto electoral donde estas visiones pueden verse representadas, pasan a tener una influencia determinante en cómo se organizan los votantes. Los seguidores de cada bando se deciden por alguna de las opciones electorales que comparten su visión y descartan las que se ubican con el bando contrario. Es así como estas divisiones finalmente generan una gran influencia en los resultados electorales.

En Costa Rica, una de las democracias más antiguas del mundo, ya anteriormente se han registrado este tipo de fracturas sociales. Hay estudios que han demostrado que en distintos momentos de nuestra historia han surgido clivajes con la capacidad de organizar el comportamiento electoral y son fenómenos que en buena medida han sido los responsables de explicar la conformación del sistema de partidos. Permítanme irme un poco hacia atrás para hacerles un mega resumen bastante injusto de los episodios donde estos han surgido en Costa Rica y cuál ha sido su impacto electoral.

Don Pepe Figueres — Líder del bando ganador de la Guerra Civil de 1948

Durante varias décadas la principal fractura en la sociedad costarricense y por lo tanto la que organizaba las preferencias electorales fue la que surgió a raíz de la guerra civil de 1948. De esta ruptura surgió como resultados un bando de “Figueristas” o “Pericos” y un bando de “Calderonistas” o “Mariachis”, que posteriormente fueron representados por los partidos políticos tradicionales de Costa Rica: Pastido Liberación Nacional (PLN) y Partido Unidad Social Cristiana (PUSC), respectivamente. A esta ruptura se le conoce como el clivaje fundacional del sistema de partidos de Costa Rica. Fue esa la polarización que dio origen y organizó el comportamiento electoral durante el periodo de bipartidismo, digamos entre 1984 y 2002. En fin, historia antigua. Lo que quiero resaltar es la capacidad de influencia que tuvo esa fractura social, producto del conflicto armado, para organizar las preferencias electorales en las cerca de cinco décadas siguientes.

Con los años, las diferencias entre ambos grupos se fue desdibujando. La lucha era cada vez menos apasionada e incluso fue perdiendo sentido, ejemplo de ello fue el pacto Figueres-Calderón. Además, los jóvenes electores que ingresaban al padrón electoral en su mayoría nunca heredaron ese sentimiento que les movía a sentirse parte de uno u otro bando histórico y en contra del otro, razón por la que tampoco heredaron las lealtades hacia los partidos tradicionales que representaban esta división. Fue así que la grieta se fue cerrando, dando paso para que surgiera un mayor apoyo hacia otras opciones electorales que no representaban ninguna de las posiciones antagónicas del pasado. Este cambio se terminó de consolidar con la irrupción del Partido Acción Ciudadana (PAC) en el 2002 que alcanzó un 26,2% de los votos válidos. Entre otros síntomas ese fue el que más claramente evidenció la ruptura del bipartidismo y el paso a una nueva era donde la fuente de división social tradicional ya no alcanzaba para organizar el voto.

Pero el surgimiento del multipartidismo no supuso el fin de las divisiones sociales que organizan las preferencias electorales. Siempre está abierta la posibilidad de que surjan nuevas fuentes de polarización en la sociedad, a partir de las distintas visiones ideológicas que en ella puedan coexistir.

El país no tardó mucho en enfrascarse en otra discusión con capacidad de reorganizar las preferencias electorales. La elección de 2006 se enmarcó en torno a la discusión entre el “Sí” y el “No” al TLC-CAFTA. Fue este enfrentamiento de visiones respecto a las libertades económicas el que originó una nueva y profunda fractura ciudadana. División que permitió que surgiera un vínculo entre algunos electores con los candidatos que defendían una u otra posición. Cada bando se movilizó e hizo manifestaciones de su tamaño y de su fuerza. Desde el punto de vista sociológico y politológico fue un tema de sumo interés y ampliamente estudiado. Quizás quién trabajó con mayor profundidad el efecto que esta polarización social tuvo en lo electoral fue la investigadora de la UCR (y me alegra poder decir amiga) Ciska Raventós. En su artículo del 2008 “Lo que fue ya no es y lo nuevo aun no toma forma: elecciones 2006 en perspectiva histórica”, hizo un análisis sobre los principales factores que determinaron el voto en esas elecciones y concluye que “el único factor que aparece de forma inequívoca como fractura, debido a que ambos candidatos sostuvieron posiciones opuestas en campaña, es el TLC, donde Arias estuvo de acuerdo con su aprobación y Solís en contra”. Es decir, entre muchos factores que fueron estudiados fue la división social en torno al TLC la que tuvo una mayor capacidad de organizar las preferencias electorales para la elección de 2006. La historia que siguió ya la conocemos. Pero lo que me resulta particularmente interesante para lo que les vengo contando es al hecho de que en ambas elecciones (2006–2007) ganó el mismo bando, en ambos casos por un margen mínimo, evidenciando así la estrecha relación entre esa fractura social y la forma en que se distribuyeron los votos en la elección presidencial entre los representantes de ambos bandos.

Boleta para votar en el Referéndum sobre el TLC-CAFTA en 2007

Pero la aprobación del tratado comercial no trajo ni los beneficios que aseguraban del lado del Sí, ni las crisis que vaticinaban los de No. Fue así como rápidamente esa fuente de polarización social también fue perdiendo su poder para dividir la sociedad y por consiguiente para organizar el voto.

Ahora bien, no en todas las elecciones surge una división con la capacidad de organizar las preferencias electorales. En realidad son fenómenos que suceden solamente si se cumplen una serie de condiciones. De hecho, en los dos procesos electorales siguientes: 2010 y 2014 no hay registro de contextos de polarización en torno a temas ideológicos particulares con la magnitud de explicar el resultado de esas elecciones. En 2010 la principal razón que explicó el resultado electoral era que la candidata era mujer, además de que el Ottón ya no era novedad. En 2014 la ruptura tampoco fue ideológica, sino sobre todo socioeconómica y demográfica. La discusión giraba en torno de la continuidad o el cambio. Los apoyos para el PAC que supo representar el cambio vinieron desde el centro urbano en lo demográfico y de mayor nivel educativo e ingresos en lo socioeconómico.

En ese sentido, los clivajes no son temas o conflictos cualquiera. Son fenómenos muy particulares por su capacidad de generar pasiones a favor y en contra de una posición. Esto no necesariamente implica que deban surgir a partir de los temas más relevantes de discusión nacional. Existen otros temas sumamente importantes y urgentes de discutir pero que por su naturaleza no logran generar este tipo de divisiones en la sociedad y por consiguiente no adquieren la capacidad de organizar de forma significativa las preferencias electorales. Como ejemplos actuales considérese el déficit fiscal, la inseguridad ciudadana, el ordenamiento vial e incluso el mismo escándalo del cementazo, que hasta antes de la discusión en torno a la ideología de género había acaparado prácticamente toda la discusión nacional durante esta contienda electoral. Todos estos temas son claves para el país, pero ninguno ha tenido la capacidad de dividirnos en bandos contrarios ni existen claras posturas a favor o en contra que sean representadas por una u otra de las opciones electorales. Es decir, estos temas aunque relevantes son limitados en su capacidad de organizar las preferencias electorales.

Para dejar clara la diferencia entre un tema de discusión nacional y un clivaje consideremos por ejemplo el cementazo. A pesar de su impacto en la opinión pública este tema no ha dejado un bando de ciudadanos que están a favor y otros en contra del cementazo. No. En mayor o menor medida, pero todos estamos hartos y de acuerdo en que se trató de una movida sucia desde lo político, sucia desde lo judicial y sucia desde lo empresarial; y queremos que se tomen las acciones legales y administrativas necesarias contra quienes se compruebe estuvieron implicados. Así como los ciudadanos, tampoco los partidos políticos se dividen entre los que están a favor y en contra del cementazo. Esperemos. En realidad su diferencia radica en que unos están más embarrados que otros. Entonces, no trata de un tema que genere dos bandos con posiciones encontradas y que permita a los ciudadanos alinearse con una u otra opción partidaria que defienda su visión. Acá la matemática es más simple: los partidos ganan o pierden votos en función de qué tan embarrados los considere la opinión pública. Es por esa incapacidad de generar dos bandos contradictorios que es también limitada su capacidad para organizar los apoyos electorales.

Resumiéndolo a un nivel casi absurdo, las implicaciones electorales del cementazo se reducen, en primer lugar, a una mayor desconfianza y malestar con la política y los políticos en general. Pero ciertamente ha dejado mayores implicaciones para algunos de los partidos. Para el Movimiento Libertario, por su carácter casi unipersonal, todo apunta a que el impacto será letal. Al PAC el golpe le ha dado en su centro, la ética, con lo que ha perdido parte de su identidad y está obligado a representar una causa distinta y así evitar una muy dolorosa derrota del candidato oficialista. El PUSC hasta ahora apenas ha salido con rasguños para lo que le podría haber pasado. El PLN aunque lo intentó no logró sacudirse el tema y siempre se llevó el leñazo. Este ha sido el único partido que durante este periodo en que el cementazo ha acaparado la discusión nacional ha visto una disminución sistemática en su intensión de voto. Por el contrario, el Partido Integración Nacional (PIN) o mejor dicho Juan Diego Castro, ha sido el único candidato que con un discurso simplista anti-corrupción que algunos le han creído ha capitalizado este escándalo. Pero en términos de cómo se organizan los apoyos electorales en estas elecciones, no parece hasta ahora haber sido un tema que ha traído cambios y realineamientos tan abruptos, así al menos lo indican las encuestas.

A menos de dos meses de la elección todo apuntaba a que no iba a surgir nada que viniera a poner orden en esta mejenga electoral, pero finalmente llegó un tema con esa capacidad y rápidamente se hizo campo en la agenda de opinión pública. Lo que sigue es esperar a ver el alcance de sus posibles implicaciones o, como lo intento más adelante, lanzarnos a improvisar un posible escenario.


El inesperado resultado de un terremoto electoral

Advierto que es acá donde me pongo creativo con los números para justificar el escenario que les propongo considerar. Veamos cómo nos va.

Hasta ahora la tendencia más interesante que nos han mostrado las encuestas es la sistemática caída en el apoyo hacia Desanti del PLN a cambio de un mayor apoyo a Castro del PIN. Los datos nos sugieren que entre ambos se disputan cerca de un 30% del total de votos válidos. Apoyo que se ha ido repartiendo equitativamente entre ambos. De acuerdo a las encuestas del CIEP-UCR la relación de apoyos hacia Desanti y Castro era de 25%-5% en agosto, luego pasó a ser de 20%-13% en octubre y alcanzó el 15%-15% en noviembre. Lo que crece uno lo pierde el otro, pero siempre se reparten el mismo apoyo en conjunto. Además, hay otro dato que apunta a que se están disputando los mismos votos. Las encuestas concluyen que ambos son apoyados por el mismo perfil de electores: ciudadanos de mayor edad, de menor nivel educativo y de zonas periféricas, con la única diferencia de que a Desanti lo apoyan más las mujeres y a Castro más los hombres. De todo esto, lo que resulta particularmente interesante para el escenario hipotético es que si entre ellos solamente se reparten ese 30% de los votos válidos la distribución mitad/mitad a la que han llegado es la que generaría para ambos las menores posibilidades de llegar a la presidencia. Ambos quedarían con un apoyo insuficiente incluso para pasar a una eventual segunda ronda. ¿Se imaginan?.

De aceptar esta hipótesis como cierta, la participación de Castro en esta elección nos dejaría como principal resultado la peor derrota del PLN en toda su historia. Si su principal motivación era hacerle la vida imposible a Desanti habría logrado su objetivo. A pesar de que es un escenario dificil de creer, el supuesto no se aleja ni de los números que vemos en las mismas encuestas que ubican a ambos a la cabeza y de la tendencia que los datos nos han mostrado medición tras medición. Se trata simplemente de una interpretación alternativa de esos mismos datos.

Si asumimos como posible el escenario anterior, quedaría un 70% de los votos válidos por repartir. Es acá donde el tema se pone más interesante, queda abierta la posibilidad a escenarios drásticamente distintos a los resultados que hasta hoy nos muestran las encuestas. Es acá donde un tema que tenga la capacidad de organizar cómo se dividen esos votos cobraría la mayor importancia para imaginar otros escenarios posibles. Encontrándose el país dividido en bandos antagónicos, con una acalorada discusión y en medio de una nueva contienda electoral, resulta bastante lógico considerar que sea justamente esa fractura la que venga a ordenar los votos en la siguiente elección.

Como se los adelanté y además es evidente, esta vez la fractura nos divide entre los “pro familia” liderados por las iglesias y los “pro derechos humanos” o grupo en favor de las libertades individuales, por llamarles de alguna forma, porque esta vez ni el nombre de los bandos parecemos estar de acuerdo. Formalmente se define como el clivaje entre progresistas y conservadores. Los de colores contra los de blanco. Los primeros más jóvenes y educados, los segundos de mayor edad y menor nivel educativo. En estos días hemos sido testigos de cómo ambos grupos han expresado sus posiciones y han hecho sus manifestaciones de fuerza en cuanto a su capacidad de movilización, su capacidad de control mediático y su capacidad de decisión política.


Fuente: elaboración propia con datos de la Encuesta de Participación y Cultura Política del CIEP y TSE 2015

Es tal la magnitud que ha alcanzado la discusión en la opinión pública que los candidatos se han visto obligados a tomar partido. Sin embargo, no todos han tenido la misma efectividad para posicionarse como el representante y defensor de uno u otro bando. Veámoslo de forma bastante simplista para aterrizar de una vez por todas en los posibles alcances de esta fractura social y particularmente en el escenario alternativo que les propongo.

Tenemos a un lado de la acera a los progresistas, que representan cerca del 30% del electorado. Fueron estos quienes tuvieron su primera manifestación marchando con la bandera de la diversidad y con la convicción de defender los derechos humanos, especialmente los de las minorías. En esa ocasión fue particularmente notable la participación en la marcha de uno de los candidatos: Calos Alvarado del PAC. Quizás desde antes, pero con mayor fuerza desde ese día quienes pertenecen a este bando han visto en él a un defensor de su causa en estas elecciones, esto a pesar de que Alvarado no ha sido tan contundente en su defensa como algunos de este colectivo lo demandan. Además, los distintos medios de comunicación han insistido en vincular al candidato del PAC con las posturas de este bando. Para ser justos, más recientemente Edgardo Araya del Frente Amplio también ha levantado esa bandera e incluso con menores reparos, pero también con menor efectividad y notoriedad en la opinión pública. Es por ello que entre quienes se ubican en este bando existen buenas posibilidades de que se terminen alineando en favor de Carlos Alvarado en esta contienda electoral.

A la izquierda la Marcha de la Diversidad 2017 con Carlos Alvarado del PAC — A la derecha la Marcha por la Vida y la Familia 2017 con Rodolfo Piza del PUSC

Del otro lado de la acera están los conservadores, que de acuerdo con las mediciones concentraría cerca del 70% del total de votantes. Su movilización vino después, con la bandera de sus creencias e impulsados por la fuerza de organización de la iglesia católica. A ellos se sumaron otros grupos que comparten su visión respecto a los límites que se deben imponer a las libertades individuales para seguir un rumbo de sociedad dentro de lo que consideran moralmente adecuado. A esa movilización, quizás más por conveniencia que por preferencia, se sumaron siete de los candidatos presidenciales. Sin embargo, el que sorprendió y generó el mayor impacto en la opinión pública por su participación en la marcha fue Rodolfo Piza del PUSC. Quién no sólo participó de la manifestación llamémosle física, también creó un espacio para unirse a la manifestación de manera virtual. Además, posterior a esta marcha Piza ha variado completamente su estrategia de comunicación para poner en el centro justamente a la familia. Es por estas razones que sería válido suponer que este sería el candidato que podría empezar ganar simpatía y apoyo entre un sector importante de quienes defiende este bando.

Entonces, saquemos de nuevo la calculadora y repasemos los supuestos sobre los que se sustenta este escenario: 1. asumimos que Desanti y Castro se reparten un 30% de los votos válidos y todo indica que se los repartirán en proporciones similares, 2. quedaría entonces un 70% de los votos válidos que repartir, donde el factor con mayor influencia para organizar esos votos es la actual polarización entre progresistas y conservadores. Agreguemos acá otro supuesto también bastante válido: 3. asumimos que el 30% que se reparten los primeros está compuesto en su mayoría por conservadores, lo que nos dejaría como resultado que el 70% por repartir se compone por 30% progresistas y 40% conservadores, y finalmente de acuerdo a lo arriba planteado, 4. asumimos que la mayoría de esos progresistas terminarán apoyando al PAC (obteniendo más de 20% pero menos de 30% de los votos válidos) y la mayoría de esos conservadores se inclinarán por el PUSC (alcanzando más de 30% pero menos de 40% de los votos válidos), lo que le alcanzaría a ambos para sobrepasar al PIN y el PLN.

El resultado, de este escenario hipotético, simplista y antojadizo sería una segunda ronda entre el PUSC y el PAC que hoy parece fuera de lo probable, pero que a partir de ciertos supuestos que no son del todo descabellados sigue estando perfectamente dentro de lo posible. ¿Cómo les suena?.

Creo que hasta aquí ya he especulado demasiado como para aventurarme a decir quién ganaría esa eventual segunda ronda. Se lo dejo a ustedes, ya vieron que es cuestión de poner atención, juntar unos puntos con otros y algo de imaginación. Lo que sí tengo claro es que en términos de discusión política el escenario alternativo que les propongo podría resultar mucho más interesante que extender dos meses más el pleito personal entre quienes hoy lideran la intención de voto.

Termino insistiendo en que este es sólo uno de los muchos otros escenarios posibles. No espero que me tomen como spoiler porque no tengo idea de cómo terminará esta trama electoral. Tampoco espero que se tomen mi escenario como una predicción seria o a prueba de errores. Prefiero que si algo de todo esto se llega a cumplir se tome sólo como una casualidad a cambio de que si nada se cumple no me lo vengan a restregar. Lo único que sí espero es que este texto los motive a que no se resignen desde ya en aceptar unos pocos escenarios como si fueran los únicos que pueden suceder. Confiemos en la incertidumbre y empecemos a valorar otros escenarios alternativos. Y sobre todo, espero que nunca olvidemos que nuestras limitaciones para predecir el futuro se compensan con el hecho de que mantenemos abierta la posibilidad de influir para cambiarlo y de esta forma evitar un final que no nos guste.