Ecclestone y los pecados que han hundido su modelo

“Otros vendrán que bueno le harán” reza el dicho. En esas andan muchas personas estos días. La desconfianza es el sentir más natural en momentos de cambio y cuarenta años son muchos. Demasiados. Parecía que solo los motivos biológicos iban a derrumbar al gran magnate de 86 años, pero finalmente ha perdido la batalla en su propio terreno, el financiero. Es innegable que la Fórmula 1 necesitaba un cambio en su dirección desde hace años. La disminución global de las audiencias, el desinterés, la falta de espectáculo… ese último aspecto al menos ya estaba en proceso de cambio con el nuevo reglamento, pero faltaba el resto. Una responsabilidad que el grupo Liberty Media ha comenzado a asumir. Bernie Ecclestone era el primer problema y Liberty, de la mano del presidente Chase Carey, no ha tardado en solucionarlo.

Tras las duras declaraciones de Ecclestone en las que confirmaba que cesaba sus funciones como CEO del “Gran Circo”, el grupo estadounidense emitía una retahíla de anuncios en los que oficializaba su compra de la Fórmula 1 y cuáles serían sus nuevos directivos. De la mano de Chase Carey llegan el antiguo vicepresidente ejecutivo de la ESPN, Sean Bratches, y un viejo conocido de la Fórmula 1. Ha tenido que ser un cargo de director general deportivo el que haya despertado a Ross Brawn de sus bucólicos días de pesca y largos paseos por el campo… el mismo Brawn que lleva años rechazando ofertas que le han llovido desde McLaren y, especialmente, desde Ferrari.

“Me han echado. Estoy fuera. Ya no dirijo la empresa. Chase Carey ocupará mi puesto. Ahora seré una especie de presidente honorífico, que no estoy seguro de qué significa. Supongo que iré a alguna carrera”.

¿Qué ha llevado a Ecclestone a ser relegado a un puesto de consuelo como presidente honorífico de la máxima competición del motor? Obviamente, en su larguísima trayectoria son muchos los aciertos que le permitieron convertirse en un personaje imprescindible e icónico de este deporte. Por encima de todos, cómo no, erigirse en responsable de dar forma al campeonato y de vender los derechos televisivos de la competición allá por los 70. Más recientemente, es de agradecer su empeño en expandir una competición eminentemente europea a países sin cultura automovilística, lo que ha permitido plagar el mapamundi de Grandes Premios y llevar la esencia del motor a diferentes partes del mundo.

Sin embargo, uno de sus principales errores llega por este flanco. Con una intención clara de limitar el calendario a veinte carreras, los intereses económicos de los paraísos exóticos han entrado en confrontación con lo clásico, lo de siempre. Silverstone, Spa y, sobre todo, Monza han padecido el tira y afloja constante en sus negociaciones con Ecclestone, al que no le ha importado apretar las tuercas hasta acabar ahogando a Grandes Premios tan emblemáticos como el de Francia o el de Alemania. Estas decisiones controvertidas le han echado a los fans encima, con más razón aún tras ver el fracaso de carreras como las de India o Corea del Sur, recientemente.

Las decisiones del Ecclestone más chapado a la antigua

Qué decir de Internet. Casi equiparable a una pandemia para Bernie. Su obsesión por crear un producto elitista al alcance solamente de unos pocos se ha antepuesto a la masificación del acceso libre, la llegada de las redes sociales y la inevitable circulación de contenidos. Los estrictos derechos de la competición se han llevado por delante miles de vídeos e incluso se han perseguido blogs y cuentas de Twitter por contar con la sigla “F1” en sus nombres. Esa cerrazón, que ha derivado en una cacería innecesaria para proteger la imagen de la competición a toda costa, ha alejado a la Fórmula 1 de sus seguidores más jóvenes, lo cual demuestra que hasta el momento no se ha interpretado de forma correcta el nuevo escenario digital.

Ya sea dentro o fuera de las pistas, la actitud de Ecclestone frente a los últimos avances tecnológicos ha lapidado su estancia en las carreras. Paradójicamente, en una competición que lleva la innovación en su ADN, su mandamás se volvió tradicional y un tanto cascarrabias. Desde la irrupción de los motores híbridos, el británico ha pedido la vuelta de los motores V10 e incluso ha se ha esforzado en avivar el planteamiento de los biturbo, unas pretensiones que encontraron un muro en la FIA, con un poco amigable Jean Todt. Ante estas negativas, tan solo hemos recibido titulares jugosos de un Bernie Ecclestone que, si a algo ha contribuido en los últimos años, es a desbordar los ríos de tinta que se han generado con sus múltiples polémicas y que, en definitiva, han conseguido que también se hable de este deporte en sus momentos menos buenos.

Deberes pendientes en un año de cambio

Hay bastante por hacer y por ello los nuevos jefes no pierden el tiempo. Ya se han hecho públicas algunas de las intenciones en el horizonte. El mayor aperturismo de la Fórmula 1 en internet vendrá de la mano de estadounidenses, garantes de hacer las cosas bien en estas lides con productos como la NFL o la NBA que en los últimos años han crecido a su máximo potencial. Por otro lado, la responsabilidad de la dirección deportiva recaerá en un experto añorado por el paddock últimamente y cuyas lecturas del reglamento se recuerdan como épocas doradas de la historia reciente. Los ingredientes parecen ser los correctos y se añadirán a un producto que ya está cambiando. En tan solo dos meses empezará una nueva competición, la que pedían los pilotos, y que ganará en velocidad y estética para el disfrute de los aficionados. Una competición en la que no estará Mr. E, o al menos no de la misma forma. Solo el tiempo dirá si la Fórmula 1 echará en falta a la que durante casi medio siglo ha sido su mayor autoridad.